El feminismo como proyecto global

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Jessa Crispin publica Por qué no soy feminsita (Libros del Lince)

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Tenía razón Luna Miguel cuando, hace casi un año, escribía en Playground que el ensayo de Jessa Crispin es una patada en el estómago. Lo es, porque incomoda y lo hace desde las primeras líneas de la introducción: “A pesar de lo obvia y sencilla que es la definición de feminismo en el diccionario, a pesar de los años que he pasado colaborando con organizaciones feministas, a pesar de las décadas que he dedicado a defender el movimiento, reniego de la etiqueta. Si hoy me preguntaran si soy feminista no solo diría que no, sino que lo diría además con un gesto de desdén”. Releo a Crispin tras la resaca de los Golden Globes, tras escuchar una y otra ver el reivindicativo discurso de una Oprah, cuyas palabras bien podrías ser objeto de crítica por parte de Crispin, puesto que, como bien señalaba hace unos días en Público Lucia Litjmaer, el discurso de Oprah promueve un empoderamiento sentimental, pero no un empoderamiento resultado de una transformación política y económica de la sociedad. “Oprah es un espejo de la mentalidad meritocrática, que no tiene un espejo real en las condiciones de los trabajadores: su liderazgo se basa en trabajar la autoestima, independientemente de las circunstancias”, apunta acertadamente Litjmaer, cuyas palabras se relacionan perfectamente con lo que señala Crispin en su ensayo y que bien puede aplicarse a la estrella mediática norteamericana: “El feminismo en modo de autoayuda se convierte, pues, en un simple sistema de medida, en un proceso de valoración. De ahí que tengamos libros titulados Feminismo sexy, estudios científicos sobre si las feministas tienen una vida sexual amorosa más satisfactoria o ensayos personales acerca de cómo el feminismo me ayudó a conseguir ese ascenso/mejores orgasmos. Y pese a que existe la vaga noción de algo que nos oprime y que algunas llaman patriarcado, se dan pocas propuestas para neutralizar salvo por medio del logro individual”.

Como, en parte, apunta Litjmaer en su artículo, el feminismo de Oprah no sólo no se opone críticamente e las categorías patriarcales de éxito y de felicidad, sino que, consciente o inconscientemente, termina por suscribirlas. “Oprah nos dice que para superarlo todo y hacer realidad nuestros sueños nos tenemos que adaptar al cambiante mundo y no que hay que cambiar el mundo en el que vivimos. Exigimos poco o nada al sistema, a los aparatos colectivos de poder y a las instituciones. Solo nos exigimos a nosotros mismos. Somos los perfectos sujetos despolitizados y complacientes neoliberales”, escribe Nicole Aschoff en su artículo para The Guardian. Jessa Crispin no quiere el feminismo de Oprah, lo rechaza, llegando a afirmarse no feminista, eso sí, en un libro, cuyo subtítulo es “manifiesto feminista”. El título del libro y, sobre todo, las primeras páginas del libro no deben llevar a engaño: Crispin no reniega del feminismo, sino que se opone a lo que ella llama el “feminismo blanco” que no sólo ha expulsado el feminismo radical de sus filas, sino que sus objetivos “benefician a las mujeres blancas de clase media, y también porque esas mujeres fueron, y siguen siendo, las representantes más visibles”. La crítica de Crispin suscribe, en gran parte, lo afirmado por Aschoff en su artículo, añadiendo en su análisis una dura crítica a la conversión del feminismo en una moda amable que excluye cualquier gesto radical que implique repensar las estructuras sociales, políticas y económicas y, por tanto, que implique una revolución del todo social en su conjunto y no sólo de un sector determinado: “Si queremos que el feminismo resulte aceptable para todo el mundo hay que asegurarse de que sus objetivos no incomoden a nadie, de modo que las mujeres que defendían un cambio radical han quedado fuera. Lograr que la gente se sintiera incómoda era la clave del feminismo”. El discurso de Oprah no incomoda, al contrario, suscita tantos aplausos que no son pocos los que ya la postulan como futura Presidente de Estados Unidos. Sin embargo, ¿qué hay de radical en sus palabras? ¿Dónde están los cambios drásticos que deberían exigirse para una verdadera y profunda revolución del sistema? Me hago esta pregunta al mismo tiempo que me cuestiono si esta “moda” del feminismo no es, en parte, beneficiosa como forma de concienciación, a pesar de la posible superficialidad de muchos de sus gestos.

El hecho de que el feminismo, como reconoce la propia Crisipin, haya sido desde sus orígenes algo marginal no implica que deba seguir siéndolo: la toma de conciencia general de la necesidad del feminismo es esencial para que, posteriormente, se lleve a cabo un replanteamiento global del sistema. En este sentido, la palabra importa y declararse feminista también, a pesar de que Crispin lo cuestione: “deberíamos saber por qué es importante que las mujeres se consideren feministas, importante para las feministas, claro, no para el mundo. No tiene nada que ver con la forma en que las mujeres deciden vivir su vida o conducirse en el trabajo o con sus familias y comunidades. Cuando el feminismo pone el foco en la etiqueta y la identidad en lugar de ponerlo en el contenido filosófico y político del movimiento, las cosas superficiales pasan al primer plano. Cosas como emplear las palabras correctas”. El uso del lenguaje, sin embargo, importa, no es posible desligar el lenguaje del pensamiento y, consecuentemente, de las acciones. No se trata de oponer un lenguaje correcto a un lenguaje incorrecto, sino de ser conscientes de que el lenguaje nos delata como sujetos y como sociedad. Afirmarse feminista, por muy criticable que sean determinadas tendencias o modas vinculadas al feminismo, es radicalmente diferente a afirmar, como han hecho más de una “ilustre” mediática, que no se es feminista. Y, en efecto, Crispin termina abrazando el término “feminista” y lo hace desde dentro.

Desde dentro habla Oprah y también las firmantes del manifiesto francés en contra del puritanismo. No me interesa estar a favor o en contra del manifiesto, sino tratar de comprender desde dónde hablan las firmantes. Aparentemente están a las antípodas de Oprah, pero no hay que engañarse, los dos discursos comparten una misma característica: la perspectiva liberal. Mientras que en el caso de la presentadora estadounidense, el marco liberal de su discurso se expresa en el falso mito del sueño americano y en la idea de que cuánto más te esfuerzas más éxito lograrás, dejando de lado cualquier tipo de consideración material, el liberalismo del manifiesto es un liberalismo moral y ético: “Una mujer puede, en el mismo día, dirigir un equipo profesional y disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre sin ser una ‘zorra’ ni una vil cómplice del patriarcado. Puede velar por que su salario sea igual al de un hombre, pero no sentirse traumatizada para siempre por un roce en el metro, incluso cuando eso es un delito. Puede interpretarlo como la expresión de una gran miseria sexual, como un no-acontecimiento”. Sin embargo, lo que olvida el manifiesto es que, independientemente de las distintas opiniones, nuestra postura hacia determinadas actitudes no es libre, sino inducida. Tras siglos de cosificación de la mujer, la toma de consciencia de que un roce indebido es algo más que expresión de “gran miseria sexual” es más difícil de lo que a priori parece. En otras palabras, cuando a la mujer se le ha inculcado un determinado rol termina por naturalizar determinados comportamientos bastante cuestionables. Cuando la generación de nuestras abuelas y las anteriores “cumplían con el deber marital” no se alarmaban por ello, ni tan siquiera eran conscientes de la violencia que aquel cumplimiento escondía. Siguiendo su lógica, ¿por qué criticar esa costumbre si para ellas no era un acontecimiento?

La crítica al puritanismo, sin duda más que necesario para no caer en paternalismos ni en caza de brujas, no debe, sin embargo, olvidar que aquella libertad que reivindican es, en muchos casos, una libertad mediatizada. La emancipación a la que apelan puede llevarse a cabo solamente tras haber asumido que la experiencia personal no sirve para un proyecto colectivo. Un feminismo paternalista que victimiza a las mujeres puede resultar paralizante tanto como la perpetuación del sistema patriarcal y, al mismo tiempo, es tan contraproducente obviar el sustrato material como el discurso hegemónico que determina, como bien ilustra Laura Bates en Sexismo cotidiano (Capitán Swing) las prácticas y conductas diarias tanto de hombres como de mujeres. En este sentido, el manifiesto contra el puritanismo no está muy lejos de la postura reaccionaria, aunque de estética radical, de Camille Paglia, que, en una entrevista para Letras Libres, no dudaba en afirmar: “Es un hecho que usualmente a las mujeres no les gusta trastornar nada, porque buscan ser apreciadas y queridas. A los artistas hombres no les importa si son o no queridos”.

No se trata de estar a favor o en contra, sino de poner en evidencia las aporías de cada discurso, promoviendo un ejercicio crítico que no caiga en una lucha por la legitimidad del feminismo, sino que tenga como objetivo la consolidación de un proyecto global; como señala Jessa Crispin: “Debemos recordar que nuestro mundo no tiene por qué ser así. No tenemos por qué recompensar la explotación, no tenemos por qué apoyar la degradación del planeta, de nuestras almas, de nuestros cuerpos. Podemos resistir. Tenemos que dejar de pensar a tan pequeña escala”.