Páginas en blanco

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El poeta Álex Chico rinde homenaje a Nicanor Parra 

 

 

 

Texto: ALEX CHICO

 

 

Hace un par de años viajé a Santiago de Chile y una editorial de la ciudad, Andesgraund, me propuso publicar una pequeña antología de mis poemas. Recuerdo que no me costó demasiado seleccionar los textos que incluiría en el volumen. Lo que sí me resultó más difícil fue la elección de un título para el libro. Después de darle muchas vueltas, di con uno. Tres palabras que surgieron como una epifanía: Páginas en blanco. No creo que exista algo tan estimulante para un escritor que bautizar con un buen nombre a su propia obra. Más si ese título me resultaba sugestivo, digno, elocuente, ajustado. Hasta que caí en el error. Ese título pertenecía a Nicanor Parra. Me di cuenta revisando en mi biblioteca los libros de literatura chilena. Allí estaba: una edición que había publicado la Universidad de Salamanca muchos años antes, con motivo de la concesión de un premio del que casi fui testigo, el X Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Digo casi porque Nicanor nunca llegó a recogerlo en persona. Por entonces, yo cursaba el cuarto curso de filología en Salamanca y formaba parte del consejo de redacción de una revista hoy desaparecida, Kafka. Para esa publicación, las tres personas que andábamos en la revista nos preparamos unas cuantas preguntas que pretendíamos hacerle a Parra, en algún momento de su visita por la ciudad. Recuerdo perfectamente la primera de ellas: «¿Un premio de poesía para un antipoeta?». Ignoro cuáles eran las treinta o cuarenta preguntas restantes, pero sé cómo se redactaron: desde la admiración a un escritor que nos había abierto un enorme universo creativo, nada más y nada menos. Porque el encuentro con su obra fue un golpe de aire fresco que no habíamos previsto, una de esas lecturas que cuando llega la recibes con todo el entusiasmo del mundo. Por su versatilidad, por su transgresión, por su humor, por su espontaneidad y antihermetismo, por la forma en que anuló al creador como sujeto poético egocéntrico y al libro, como lugar de la poesía. Esas cajas de pandorra, como definió con gran ingenio Enrique Lihn a sus poemarios, poco tenían que ver con los libros y los autores a los que estábamos acostumbrados. Uno de los méritos de su poesía, escribió Mª Ángeles Pérez López, es haber sabido construir un espacio de escepticismo e ironía frente a los códigos poéticos tradicionales. Por eso se le podía considerar uno de los primeros poetas propiamente posmodernos. Al fin y al cabo, según él mismo le reconocía a Leónidas Morales, tenía orden de liquidar a la poesía.

Recuerdo más cosas. Recuerdo que, a partir de entonces, sus poemas nos acompañaron al final de cada cena. Había algo subversivo en el hecho de recitar sus textos, como si invocáramos un conjuro o pretendiéramos enseñar al resto de nuestros amigos que la escritura también podía ir por otra parte. La poesía bajaba del Olimpo y se quedaba ahí, con nosotros, acompañándonos toda la noche.

Con el tiempo he aprendido que por todo hay que pagar un precio. La poesía bajó del Olimpo, pero se la dejó sola, me dijo una vez Raúl Zurita. Tal vez por eso nunca he vuelto a leer a Parra con tanto entusiasmo como cuando tenía veinte años y estudiaba en Salamanca. Sin embargo, la noticia de su fallecimiento me recuerda de dónde partí y a quién le debo una parte fundamental de mi educación literaria. Estoy convencido de que la muerte de Nicanor Parra nos ha dejado un poco más huérfanos a muchos escritores.   

 

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