La seducción del vampiro

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“Drácula” muestra la delgada línea roja entre refinamiento y animalidad

 

 

 

 

Texto: SANTIAGO BIRADO

El Conde Drácula es un ser abominable, amoral, despiadado… y, sin embargo, tiene algo que nos cautiva: su encanto, su refinamiento, su sentido de la estética. Pero lo que de verdad nos magnetiza de Drácula es que es el arquetipo de lo arrebatadamente apasionado. Hay en él una perfecta mezcla de delicadeza y animalidad. Con su poder podría abalanzarse de primeras contra sus víctimas, pero no sólo quiere morderlas en la yugular… también quiere seducirlas.

Los vampiros buscan esa sangre que necesitan como el aire para no morir, pero la mordedura es en el cuello. También hay venas accesibles en las muñecas o los brazos. Pero el cuello es una de las zonas erógenas del cuerpo, un lugar donde la piel es de terciopelo y se eriza al contacto de unos labios. El beso en el cuello que causa el estremecimiento… aunque que tras la ternura mullida de los labios se oculta al acecho la fría dureza desgarradora de los colmillos dispuestos a hincarse hasta lo más hondo. El vampiro hace transitar en un instante del placer al dolor, de la subida a la caída al abismo.

Jonathan Harker es un joven de buena formación con una linda muchacha esperándole en Londres cuando termine sus asuntos de trabajo en Centroeuropa. Relata en su diario los extraños acontecimientos de su llegada a los Cárpatos en un viaje de negocios que se enturbia de manera inquietante. Se dirige a visitar a un conde que invierte en propiedades inmobiliarias llamado Drácula, que vive en un castillo al filo de un acantilado rodeado de unos espesos bosques donde aúllan los lobos. Cuando llega, ya de noche, lo recibe el dueño del castillo, un hombre de dientes agudos y modales exquisitos, sumamente atento. Todo en el conde es amabilidad, pero aun así hay algo en él que le produce escalofríos, especialmente cuando roza su mano y la siente helada como el mármol de una tumba.

A la mañana siguiente Harker no encuentra a su anfitrión, nada adicto a la luz del día. Pero todas las puertas de salida del castillo están cerradas y ahí su inquietud empieza a aumentar. Se da cuenta de que no es un invitado sino un prisionero. En la noche, aparecen en su habitación tres atractivas mujeres que tienen algo extraño y perverso. Una de ellas, con una larga melena rubia y labios voluptuosos, va hasta su cama con coquetería y acerca su cara a la suya de manera sensual. Pasa de largo los labios de Harker, rendido al vértigo, y ella acerca sus labios al cuello. Harker cierra los ojos en una mezcla de placer y pavor. Cuando los blanquísimos dientes de ella se posan en su yugular, aparece de improviso el conde Drácula, que la aparta con furia y las aleja de la cama como si fueran lobas.

“-¿Cómo os atrevéis a tocarle? ¿Cómo osáis poner vuestros ojos en él si yo os lo he prohibido? ¡Atrás todas vosotras! ¡Este hombre me pertenece!

La muchacha rubia, con una sonrisa lascivamente provocativa le respondió:

-Tú nunca has amado! ¡Tú nunca amas!”

El Conde Drácula seguramente ignora lo que es el amor. Pero está lleno de pasión. Es capaz de recorrer miles de kilómetros metido en su ataúd con un puñado de tierra transilvana hasta Londres para buscar amantes a las que hacer vampiras. Intentará, como seductor sediento no solo de sangre sino de retos, atraer al lado oscuro a la propia esposa de Harker. Si lo consigue o no… eso deberán averiguarlo en la novela de Bram Stocker, publicada en 1897 pero que se lee con la misma avidez que si hubiera sido escrita ayer por la tarde. No sólo por el sentido del ritmo sino por la moderna manera de estructurarla, en forma de diarios y documentos que le dan un peso de veracidad a la narración. Y, sobre todo, por el dilema en que nos sitúa: la vertiginosa atracción del lado oscuro y la incómoda sensación de que hay besos en el cuello que son tan irresistibles que podemos estar dispuestos a cambiar un instante sublime de placer por una condena para toda la eternidad.