Nuevas escritoras latinoamericanas

Hits: 1457

Las voces de mujer tiran de las letras al otro lado del charco

 

 

 

 

Texto: DARÍO ZALGADE

Ilustración: HALLINA BELTRAO

 

Últimamente estamos conversando cada vez con más frecuencia sobre la nueva generación de autoras y autores de América Latina. Figuras ya tan consolidadas como Andrea Jeftanovic, Edmundo Paz Soldán, Mariana Enríquez o Juan Pablo Villalobos van compartiendo gradualmente su espacio con toda una eclosión de nuevas voces nacidas a partir de los 1980 del pasado siglo, un conjunto extraordinario de autoras y autores donde no cesan de aparecer más firmas, más obras, más referencias y más prismas desde los que interpretar un panorama literario que no cesa de renovarse. Si elegimos el prisma del pensamiento transnacional, para comenzar con uno, encontramos que las autoras y autores de esta generación se mueven cada vez más y más libremente por entre las fronteras iberoamericanas. Alia Trabucco Zerán (Santiago de Chile, 1983), por ejemplo, fue alumna de Lina Meruane en la New York University y se está doctorando en el University College de London. Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), que durante su infancia y su adolescencia vivió en lugares tan dispares como Sudáfrica, India o Corea del Sur, es magíster en Teoría Literaria por la Columbia University y reside en Harlem, no lejos del antiguo apartamento de Gilberto Owen. Constanza Ternicier (Santiago de Chile, 1985) dio el salto desde la PUC para doctorarse en Barcelona; Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) está haciendo lo propio en Cornell, Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982) se aventuró hasta la Sorbonne, y Ana Negri (Ciudad de México, 1983) escribe su tesis en Montreal. Si elegimos, entonces, el prisma de la formación académica, es fácil de ver también que se trata de una generación extraordinariamente preparada, donde cabe destacar además a las magíster Brenda Lozano (Ciudad de México, 1980), Daniela Camacho (Sinaloa, 1980), María José Caro (Lima, 1985), Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) y a muchas, muchas otras autoras más. Pensamiento transnacional, entonces, y amplia formación académica son dos ejes más que válidos desde los que leer a estas nuevas figuras, pero quizá lo que esté caracterizando por sobre todo a esta generación tan brillante no sea ninguno de esos dos prismas —aunque sigan estando muy presentes—, sino, y especialmente, la rotunda fuerza histórica con que están emergiendo las voces de las mujeres dentro del campo literario contemporáneo.

A poco que cualquiera abra apenas los ojos en una librería podrá ver que definitivamente están siendo ellas, al fin, las abanderadas con el peso y el liderazgo creativo de un horizonte literario que viene indiscutiblemente signado por su talento y su voz, y esto es algo tan diáfano que sorprende que haya quien no esté dispuesto a darse cuenta todavía. Dejando a un lado los catálogos anticuados de determinados sellos editoriales —poco propensos a hacer lugar a las nuevas voces y, por ende, marcados todavía por una hegemonía masculina más bien propia de un par de generaciones atrás—, hace apenas unos meses nos encontrábamos con la ya infausta lista del Bogotá 39-2017 —sucesora de la también desafortunada Bogotá 39, organizadas ambas por el Hay Festival—, que por alguna razón se había autopropuesto elegir a "los mejores 39 autores menores de 39" de toda América Latina. Amiguismos aparte, el resultado fue un conjunto incomprensible de veintiséis autores y únicamente trece autoras donde quedaban excluidas no solo gran parte de las figuras mayúsculas que están indicadas apenas unas líneas más arriba, sino incluso algunas voces tan claramente obvias para un festival bogotano como, por ejemplo, la de Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980), quien está siendo desde hace años una de las principales referencias de su generación. Podría pensarse que este "olvido" fue casual, pero es que, de nuevo, a finales del pasado 2017, la propia Margarita quedaba excluida de una delegación de diez autores organizada por el Ministerio de Cultura de Colombia para representar al país en Francia. En una muestra de machismo aún más flagrante que la del Hay Festival, la lista que había confeccionado el ministerio dejaba fuera a todas las escritoras colombianas y enviaba a Francia una expedición íntegra de diez hombres que desató una tremenda ola de indignación en el campo literario y cultural latinoamericano, donde, por fortuna, la revista Arcadia alzó rápido la voz con un manifiesto firmado por más de cuarenta de las escritoras excluidas, hermanadas luego en la protesta contra ese sexismo anacrónico que sigue tan arraigado en tantas instituciones culturales a lo largo y ancho de América Latina, Portugal y España. Listas nefastas como la del Ministerio de Cultura de Colombia o la del Hay Festival nos traen, al menos, la oportunidad de concienciarnos sobre hasta qué punto es necesario el movimiento feminista en el campo cultural, y, además, nos ponen también sobre la mesa una discusión sobre literatura contemporánea que en la última década venía estando demasiado tibia, calma como agua en un plato.

Pienso que es bueno aprovechar también este momento para que cada quien vuelque sus lecturas al respecto, porque las nuevas voces que poco a poco han estado incorporándose al mercado editorial, y que lo vienen modificando de unos años para acá, no están encontrando la justa contraparte del eco y el diálogo crítico que ameritan sus obras, de forma que en el último lustro han sido muy pocas —y muy ignoradas— las crónicas culturales que se han aventurado a considerar a estas nuevas voces en tanto que colectivo diferencial. Más o menos desde los años 2000 hasta hoy, la literatura latinoamericana contemporánea parecía condenada a orbitar siempre en torno a los Mario Bellatin, Samanta Schweblin, Rodrigo Fresán, Jorge Volpi y diez o quince grandes nombres más —sin que esto implique ningún demérito literario con respecto a ninguno de ellos—, y no ha ocurrido hasta fechas muy recientes que el nuevo y amplísimo conjunto de voces que las suceden ha comenzado a hacerse visible después de siete o diez años de un injusto silencio mediático que solo ahora, por fin, comienza a quebrarse y a quedar felizmente atrás. Iniciar esta transición no ha sido fácil, sin embargo, y gran parte de este quiebre ha podido darse gracias solamente a que todo un conjunto de nuevas editoriales latinoamericanas ha logrado hacerse fuerte en una apuesta lúcida por estas nuevas voces que les está permitiendo ganar terreno a otros sellos de mayor recorrido, donde ahora, después de una década de estancamiento, resulta difícil encontrar a alguna voz menor de cuarenta o cincuenta años. Frente al envejecimiento de esos catálogos, propuestas renovadoras como las de Sexto Piso (México), Jeckyll & Jill (Argentina), Blatt & Ríos (Argentina) o Hueders (Chile) están siendo ya sinónimos de literatura fresca no solo en sus respectivos países de origen sino también aquí, en España, donde están atrayendo para sí a todo un conjunto de nuevas lectoras y lectores que no pueden encontrar en los sellos más antiguos una sola referencia generacional que les interpele. En paralelo, además, todo un segundo foco de editoriales como Alto Pogo (Argentina), Laguna Libros (Colombia), Almadía (México) o Patuá (Brasil) están siguiendo la misma la estela como referentes de la literatura joven más independiente, apropiándose de nuevo de gran parte del espacio que las editoriales tradicionales no han querido, o no han sabido, aprovechar hasta la fecha.

Dentro de un cambio de sesgo a tan gran escala, entonces, la cantidad de nuevos nombres y propuestas de lectura es lógicamente inmensa. El creciente entramado en red de las nuevas autoras y autores favorece su fuerza colectiva y desalienta las figuras individuales aisladas que caracterizaron, en parte, el panorama literario de las décadas anteriores, de forma que en el México actual, por ejemplo, los nombres de Valeria Luiselli, Brenda Lozano o Laia Jufresa (Ciudad de México, 1983) aparecen con frecuencia muy próximos entre sí en diferentes antologías y propuestas literarias, mientras que en Argentina las figuras emergentes de Natalia Rozenblum (Buenos Aires, 1984), Carolina Giollo (Haedo, 1982) o Luciana Reif (Avellaneda, 1990) —reciente ganadora del premio Loewe de Creación Joven— tampoco están muy distantes unas de otras, y así sucesivamente en la mayoría de las capitales y nodos culturales de América Latina. Dentro de esta línea de lectura, además, ameritan una mención muy especial algunos proyectos aglutinadores que están surgiendo en países donde la tradición editorial históricamente siempre ha sido muy exigua. Esto lo ilustra como pocos el ejemplo de Uruguay, donde trabajos de visibilización generacional como el llevado a cabo por la editorial Irrupciones son, sencillamente, dignos de ovación. Entre este aplauso se destaca particularmente la antología de cuento contemporáneo 22 mujeres 3, donde, sin apenas recursos económicos, Irrupciones consiguió divulgar la obra de veintidós autoras jóvenes como Lorena Giménez (Stockholm, 1977), Josefina Piñeirúa (Montevideo, 1988) o Sofía Ponce de León (Salto, 1990), cuya literatura, de otro modo, habría sido imposible que se diera a conocer.

Lucía Marín (Granada, 1985) es testigo de que la idea general y el compromiso que me habían pedido que asumiera para este artículo eran los de trabajar a cinco o seis autoras contemporáneas de América Latina, no más, para tratar de plantear con ellas un reparto más o menos representativo entre los diferentes epicentros del campo literario latinoamericano contemporáneo. Pienso, sin embargo, que asumí un propósito muy difícil de cumplir. Es conocida mi afición por destacar la obra de Valeria Luiselli allá donde puedo, sobre todo en función del contenido que libros como Papeles falsos o Los ingrávidos incorporan en torno a la metaficción y la intertextualidad en un campo literario que poco a poco se va sintiendo más y más suelto en su autorreflexividad y su diálogo interautorial, pero es que también son insoslayables el impacto mediático de Lolita Copacabana (Buenos Aires, 1980), la narrativa impecable de Claudia Ulloa (Lima, 1979) o la fuerza poética de Yuliana Ortiz (Esmeraldas, 1992), por citar solamente a tres ejemplos. Yuliana, además, es una de las nuevas voces más comprometidas con el feminismo, la creación de colectivo literario y la visibilización de las nuevas autoras y autores, una labor que en gran parte lleva a cabo desde su revista digital El Cráneo de Pangea, una de las muchas cuya efervescencia también habría cuanto menos que mencionar. Ahí están, entonces, Julia Raiz (São Paulo, 1991) con Tótem & Pagu, Inés Kreplak (Buenos Aires, 1987) con la Red Federal de Poesía, Clared Navarro Cejas (Valencia, 1992) con La Caída, Ileana Bolívar (Bogotá, 1980), Gabriela La Rosa (Caracas, 1993), Lisa Alves (Araxá, 1981), y así podríamos seguir, seguir y seguir. Bien sea como autoras, comunicadoras, editoras o todo a la vez —caso de Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985)—, parece más que evidente que las mujeres son hoy, ya, y de forma indiscutible, las más que justas conductoras de esta nueva etapa de la literatura latinoamericana.

Pienso que esto constituye un momento histórico sin precedentes en nuestro campo cultural, y pienso que quizá no somos del todo conscientes del privilegio extraordinario que nos supone vivirlo. La confluencia global de tantas autoras tan tremendamente formadas, viajeras, autoconscientes y con talento me parece un acontecimiento único que ya está marcando un antes y un después en nuestra forma de leer, pensar y sentir, y por eso creo que este nuevo paradigma está llegando para quedarse, que los cambios que trae son rotundamente para mejor, y que debemos celebrar, estudiar y defender el horizonte cultural tan hermoso que se extiende ante nosotros en los años que tenemos por venir.