Cuando Europa miró hacia otro lado

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Éric Vuillard publica en castellano "El orden del día", novela con la que el autor ha conseguido el Premio Goncourt 2017

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“Eran veinticuatro, junto a los árboles muertos de la orilla, veinticuatro gabanes de color negro, marrón o coñac, veinticuatro pares de hombros rellenos de lana, veinticuatro trajes de tres piezas y el mismo número de pantalones de pinzas con un amplio dobladillo. Las sombras penetraron en el gran vestíbulo del palacio del presidente del Parlamento; pero muy pronto no habrá ya Parlamento, no habrá ya presidente y, dentro de unos años, no habrá ni siquiera Parlamento, tan solo un amasijo de escombros humeantes”. Es el 20 de febrero de 1933 y un grupo de veinticuatro empresarios alemanes se reúnen con Hermann Göring y Adolf Hitler; en aquella están los principales empresarios alemanes, cuyos apellidos son todavía hoy bien reconocibles: ahí están Krupp, Siemens, Bayer, Telefunken, Opel…. Todos ellos dispuestos a financiar la campaña electoral del partido nazi en nombre de una necesaria “estabilidad” del país. “La mayoría de los invitados desembolsó de inmediato unos centenares de miles de marcos, Gustav Krupp donó un millón, Georg Von Schnitzler cuatrocientos mil, con lo que se recogió una suma considerable”, escribe Eric Vuillard en El orden del día (Túsquets/Edicions 62), un libro que desborda cualquier circunscripción genérica que se le quiera imponer y que se mueve con habilidad entre la novela y el ensayo, entre la ficción narrativa y la narración histórica de unos hechos comprobables, pero rodeados de vacíos que la palabra literaria trata de rellenar.

Como hizo en su momento Spengler, Vuillard se adentra en las estancias privadas, en aquellos espacios que permanecieron a la sombra del relato histórico y que, sin embargo, cuán momentos estelares, iluminan el presente, mostrando dinámicas que, lejos de haber cambiado, se repiten. En efecto, escribe Vuillard: “Esa reunión del 20 de febrero de 1933, que cabría calificar de momento único en la historia patronal, de compromiso inaudito con los nazis, para los Krupp, los Opel o los Siemens no es más que un episodio bastante habitual en el mundo de los negocios, una trivial recaudación de fondos. Todos ellos sobrevivirán al régimen y financiarán en el futuro a numerosos partidos a tenor de sus beneficios”. Aquellas empresas siguen hoy financiando a más de un partido, pero no son las únicas. “Basta pensar en el caso de Grecia”, comenta Vuillard, “en las reuniones del ministro de economía con los empresarios y otros cargos financieros, estaba prohibido tomar notas, porque no se quería que se conociera lo que sucedía ahí dentro”. Como de la reunión del 20 de febrero de 1933, “apenas hay documentos” y solamente la literatura es capaz de iluminar a través de la ficción aquellos espacios que permanecen fuera de los registros historiográficos. “Además”, añade Vuillard, “el pasado nos permite comprender el presente. El pasado nos explica, en parte, aquello que sucede en el presente y de lo cual no siempre tenemos noticia”.

En 1958, los judíos de Brookling reclamaron una indemnización a Krupp por su implicación en la Shoah; tras dos años de negociaciones, la empresa alemana no solo rechazó dar indemnización alguna, sino que no tuvo problemas en el momento de afirmar que “los judíos habían costado demasiado caros”. Sin embargo, fue todo lo contrario, a aquellas empresas les costó muy barato colaborar con el nazismo y, tras la Guerra, encontraron pronto nuevos aliados. “El negocio es el negocio. Solo importa el dinero”, apunta Vuillard, que con El orden del día no sólo se interroga acerca de la responsabilidad de estos empresarios, sino también se pregunta de cuán conscientes eran los testigos de aquellos días de lo que estaba sucediendo en Alemania y de lo que significaba la victoria de Hitler. En la segunda parte del libro, Vuillard cuenta los momentos previos a la firma por la anexión de Austria a Alemania -ayer se cumplían justamente 80 años del Anschluss-, momento clave que permite al autor cuestionar el papel de Lord Halifax y Neville Chamberlain con su política de apaciguamiento. El cuestionamiento de Vuillard tiene que ver con una pregunta clave: ¿Cuán capaces somos de entender nuestro presente, de comprender aquello que está sucediendo? Puede que Lord Halifaz y a Chamberlain no lo fueran, puede ni a Inglaterra ni a Francia les interesara observar qué significaba la anexión de Austria, qué estaba pasando en las calles de la capital austríaca y cuáles eran las consecuencias de aquella política de falso apaciguamiento, pero los judíos austríacos eran bien conscientes de que la historia estaba dando un giro y que ellos iban a ser las primeras víctimas: “justo antes del Anschluss, se produjeron más de mil setecientos suicidios en una sola semana. Muy pronto, anunciar un suicidio en la prensa se convertirá en un acto de resistencia. Algún periodista osará aún escribir ‘súbito fallecimiento’; las represalias no tardarán en hacerlos enmudecer (…) Y así, el número de personas que pusieron fin a sus días sigue siendo desconocido y sus nombres ignorados”.

Y si bien, durante los primeros días, en más de un periódico se escribió que no había razones para dichos suicidios, las había: “aquella gente supo ver aquello que estaba sucediendo”, comenta Vuillard, “aquellos suicidios no eran una cuestión personal, sino social”, pues aquella gente vio, como vería poco tiempo después Zweig, que el mundo de ayer se derrumbaba y que no había otra salida. Aquel 12 de marzo “las democracias europeas opusieron a la invasión una resignación fascinada. Los ingleses, que estaban al tanto de su inminencia se lo habían advertido a Schuschnigg, Fue todo cuanto hicieron. Los franceses, por su parte, no tenían gobierno, la crisis ministerial había sobrevenido muy oportunamente”. La voluntaria ceguera de los otros Estados europeos es la misma “ceguera” de los empresarios: en ambos casos, “el negocio es el negocio” y los intereses de mercado y político prevalecieron ante el interés de la gente. Poco o nada importó que en Viena se vivieran “escenas de locura, agitadores asesinos, incendios, gritos, judíos arrastrados por el pelo en las calles cubiertas de escombros por el pelo en las calles cubiertas de escombros”. Entonces pareció que “las grandes democracias” no vieron nada, pero ¿acaso hoy la ceguera no continúa siendo la misma? ¿Acaso hoy no podemos hablar de la ceguera de las “grandes democracias” ante la llamada “crisis de los refugiados? ¿Acaso hoy Europa no duerme y ronca tan apaciblemente como dormían y roncaban, con “hermosos sueños”, Francia e Inglaterra en 1933?

Si el pasado, como dice Vuillard, sirve para iluminar el presente, El orden del día es el retrato más cruento de una historia que, con escenarios y rostros distintos, se repite. La mal llamada ceguera sigue siendo cómoda indiferencia, los negocios siguen careciendo de escrúpulos, la senda de la historia sigue decidiéndose en despachos cerrados y las víctimas siguen siendo las mismas, aquellas que llenan las calles y, desgraciadamente, a veces no encuentras otra salida que el suicidio, convertido en Vuillard en símbolo de una derrota que parece no tener posibilidad alguna de revancha.