La íntima inmensidad de Iain Sinclair

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The last London, los ensayos de Iain Sinclair

 

 

 

Texto: JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA

 

No es justo juzgar la letra sin la música que la acompaña. Tal vez la mejor forma de considerar una pieza de prosa sea leerla como un poema. Como en un take de John Coltrane o Miles Davis, en algunos libros las ideas surgen al azar, como ejercicios en la nostalgia colectiva de imágenes públicas, complementados con elegías para poetas y amigos, artefactos que revisan su relación con la historia de la literatura. Pero un erudito es rara vez un elegista ingenuo: anhela estar donde no se halla y se deleita en imaginar escenas casi reales como accesorios para la psique.

En The Last London: True Fictions from a Unreal City (Última Londres: ficciones reales desde la ciudad irreal, mi traducción, al igual que las restantes, Oneworld Publications, 2017), el escritor y cineasta galés Iain Sinclair (1943) es el paradigma de la imaginación furtiva: grabado en el corazón del creador o en la solapa de su libro, el recordatorio de una Londres que no está presente salvo en la estrategia lírica que emplea el autor. Una dulce tristeza, de modulación típicamente inglesa, emerge del platonismo de algunos capítulos, donde lo físico es emblemático de la existencia o se yuxtapone en piezas de epifanía: lo recordado ideal, tomado de la realidad obstinada, la reificación de lo abstracto, que permea lo numinoso. La interacción de lo real y los procesos mentales mora en el centro de la prosa sinclairiana. En su poesía. Cualquier paisaje nombrado en la sección “Perder” es un pasaje en el recuerdo: “Medianoche. Una estación de tren. Una estación de autobuses. Estaciones de la cruz. Siente al corazón delator latir. Escucha cómo la luz de Londres recuerda al océano”. En el capítulo “A imitación de Sebald” la imagen es la invención de algo descrito tanto como la excitación de un acto puramente virtual, relacionado con el lenguaje y la sensualidad como con el objeto, que no tiene que describirse en tales términos; o no tiene que describirse en absoluto: “Y siempre, a la espera de ese encuentro único que la justifique, la puerta falsa de la retrospectiva, la cita hurtada. El eco recordado a medias de un texto en traducción. La página a la deriva a través de la superficie del canal urbano”.

Lugares imaginarios pueblan los escenarios reales del apartado “Encontrar”. El novelista de Downriver (1991) glosa los eventos, mientras encuentra en ellos súplicas: “El Buda Vegetativo de Haggerston Park me ha enseñado la importancia de quedarse quieto, de echar raíces, como un arbusto. Londres necesita de sus testigos especializados, de sus imparciales monjes adiestrados en el silencio”; “Pescar palomas”). En “Voz de las chozas”, una paráfrasis clásica adquiere una dimensión trascendente. El extremo de imaginar consiste en domesticar los espacios sobrenaturales: “La última Londres es una ciudad desaparecida, una urbe fracturada, en fuga”. En la sección final, “Caminar”, la descripción de lo cósmico en términos de lo hogareño es un ejemplo de lo que el crítico Gaston Bachelard llama “inmensidad íntima”, la fusión de la grandeza en una apariencia humilde, algo que, como también observa Nabokov en Habla, memoria, puede ser intrínsecamente poético: “El negro flujo de la catedral de Wren conserva su dignidad: la melancolía de una congregación que contempla la mortalidad y la pérdida bajo una cúpula resonante. La culpa de los supervivientes. La marca de los años. El reconocimiento de estar contribuyendo a un evento históricamente significativo. El fin de la inocencia”. (“Río abajo”).

Al igual que sucede en Swimming To Heaven: Los ríos perdidos de Londres (The Swedenborg Society, 2013), la narración se traduce a sí misma a medida que avanza. Las oraciones a menudo se enfrentan frasalmente con sus contrapartes metafísicos. Prolongadas improvisaciones dan lugar a una expansión de carácter baudelaireano en breves apartes, con una economía en los largos entrenamientos, que alcanzan un equivalente lírico. Un poeta con tal imaginación necesita equilibrarse con un entusiasmo por lo real: ese acto de equilibrio raramente se logra tan bien como aquí, en estos textos interpretativos. Cuando se emplean todas las facultades necesarias, un conjunto de palabras puede, para decir lo obvio, tener un efecto totalmente diferente, mucho más cautivador, que el obtenido de una mera lectura. Con Última Londres, uno debe imaginar la evocadora escritura de una pieza de jazz para evocar el oscuro ambiente de la ciudad sugerida en palabras.