“Me gustaba el ballet y esto me convertía en un raro” Rafael Gumucio

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Literatura Random House publica la nueva novela de Rafael Gumucio, "El galán imperfecto".

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto 2: ANDRES FIGUEROA

 

“Tu cuerpo rechaza a tu pene, compadre”. Con esta frase comienza El galán imperfecto, la última novela de Rafael Gumucio (Literatura Random House), y con esta frase comienza también el drama, más psicológico que real, de Antonio, el protagonista creado por el escritor chileno. Definir a Gumucio como un autor irreverente, cómico y, en cierta medida, polémico no es nada nuevo, pues son adjetivos que suelen acompañar a este autor tanto en su faceta literaria como en su faceta periodística y radiofónica; sin embargo, sería también un error por parte de quien aquí escribe limitarse a esos adjetivos que, si bien describe determinadas declaraciones y posicionamientos públicos del escritor,, corren el riesgo de convertirse en muletillas recurrentes que poco o nada dicen de su obra narrativa. En efecto, de aquellos tres adjetivos, el que mejor describe El galán imperfecto es el de “cómico”, pues, como el propio autor reconoce, “quería escribir una novela como si se tratara de una comedia romántica de Hollywood, prescindiendo del andamiaje social y político”. Y, ciertamente, su novela responde a este propósito, pero va más allá, puesto que Gumucio utiliza el género ligero de la comedia romántica para darle una vuelta de tuerca a través de un humor donde el chiste y la ocurrencia se entremezcla con la ironía, tras la cual encontramos algunos de los temas que el autor chileno ya abordó en libros como Contra la belleza o Milagro en Haití. “Lo que ha cambiado con respecto a mis anteriores trabajos”, apunta el autor, “es la manera de escribir: antes era muy cerebral Ahora soy un escrito más físico y solo ahora comprendo a Donoso cuando hablaba de encerrarse y dejar que los demonios le mostrasen el camino”.

La historia de El galán imperfecto es relativamente sencilla: Antonio se somete a una circuncisión mientras su novia está realizando en largo viaje por Oriente. Antonio no se atreve a contar a su novia la operación que ha padecido y, por su parte, su novia viaja ajena a todo aquello que visita, como si el viaje fuera un enorme resort donde todas las complejidad históricas y sociales de los países que visita quedan fuera de la vista de un turista que solo busca ser complacido. Esta trama, resumida algo esquemáticamente, sirve a Gumucio para reflexionar sobre el concepto de masculinidad y para retratar, a pesar de su insistencia en dejar de lado el andamiaje social y político, la sociedad chilena, a la que el autor no duda en definir como “más conservadora que religiosa”. Para Gumucio, “Chile es un país falsamente católico y la prueba está en la poca gente que acudió a ver el Papa en su última visita al país”, una visita polémica por la actitud indiferente del pontífice ante las acusaciones de pederastia al obispo Juan Barros; “dijo que no tenía pruebas y, por tanto, no hizo nada”, comenta Gumucio, cuyos personajes son reflejo de esta sociedad conservadora de clase media: si, por un lado, la novia es una joven de clase media que, siguiendo con la moda y las tendencias, se embarca en un viaje a Oriente en busca de distracción y se escandaliza cuando, al llegar a Camboya, descubre la historia de los Jemeres Rojos. “¿Cómo no me lo habías dicho?” le recrimina por carta la joven a Antonio, que, por otra parte, desde su postoperatorio se pregunta acerca de las consecuencias que puede tener la circuncisión. “En realidad, no es una operación nada complicada”, comenta Gumucio, confesando que la trama de la novela está basada en su propia experiencia: “Hace algunos años fui circuncidado y, como al protagonista, mi médico también me dijo que mi cuerpo no reconocía mi pene”. Como ya había hecho en Milagro en Haití, donde narraba la liposucción que se había realizado su madre –“a veces pienso que las personas hacen las cosas que hacen para que yo las cuente, aunque luego descubro que no es así”- y, sobre todo, en Memorias prematuras -con tan solo 29 años, Gumucio irrumpía, sin dejar indiferente por su gesto, en el panorama literario con esta biografía-, el escritor chileno parte de su vida y de su experiencia personal. “Gumucio siempre hace autoficción”, comenta el crítico Ignacio Echevarría, para quien aquello que define al escritor es “la falta de pudor”. Aparentemente, Gumucio lo cuenta todo, sin embargo, este todo está el servicio de una idea que va más allá de lo experiencial y de la primera persona -de otra manera, hablaríamos de un desahogo personal y no de literatura.

En este caso, la circuncisión permite al escritor abordar el “drama del sexo”: el drama que implica no sólo para el adolescente el cambio físico -el autor reivindica la inocencia que precede al sexo, que lo cambia todo: “al respecto, recuerdo el episodio de Verano Azul en el que Bea tiene la regla. La regla para las mujeres como el crecimiento de la barba o el cambio de voz para los chicos son momentos dramáticos, porque representan la irrupción del sexo”- sino también para los adultos: un cambio físico, sobre todo si relacionado con la sexualidad, puede ser un drama, lo puede cambiar todo. Antonio, en efecto, sufre una crisis de masculinidad: la circuncisión no sólo pone le hace preguntarse sobre su virilidad -de ahí el miedo a contarlo a su novia, que se entera por la madre de él-, sino también su autonomía -se pregunta cómo es posible que con 30 años viva con su madre. Gumucio reflexiona así sobre cómo determinados tópicos propios del heteropatriarcado son dañinos también para el hombre: “¿Qué pasa cuando no respondes a lo que teóricamente el heteropatriarcado dice que debes hacer?”, se pregunta Gumucio, quien reconoce haber sufrido de adolescente ese problema de encaje. “Yo hacía ballet y no voleibol. Me gustaba el ballet y esto me convertía en un raro”, prosigue el autor, que reconoce que, en más de una ocasión, no se ha sentido cómodo con el modelo que el discurso heteropatriarcal impone. En este sentido, para el autor chileno el discurso patriarcal imperante debe ser contestado tanto por hombres como por mujeres, pues el falocentrismo es una concepción del hombre y de la sociedad que no solo afecta a las mujeres y a la igualdad entre sexos, sino también a los hombres, que se ven abocados a responder a unos esquemas impuestos que, además, en muchas ocasiones, no tienen relación alguna con la realidad, pues hay muchas maneras de ser hombre y no todas tienen que ver con lo que el patriarcado impone.