El cazador de mentes (perversas)

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Sobre Mindhunter: cazadores de mentes

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

 

E n el transcurso de una charla con Ian Rankin en el marco del festival Getafe Negro, el novelista escocés comentó que había descartado la oportunidad de entrevistar a un asesino en serie por temor “a que se quedara dentro de mi cabeza para siempre”. [En cambio, sí solicitó audiencia con la mayor autoridad mundial en exorcismos, a sueldo del Vaticano. “Había practicado 10.000 a lo largo de su vida y me confesó que solo en cuatro ocasiones se le había presentado el diablo. Conmigo estuvo apenas un minuto y debo reconocer que luego me sentí muy relajado”]. En el espectro diametralmente opuesto se hallarían los agentes Holden Ford y Bill Tench, protagonistas de la serie televisiva Mindhunter, quienes en los años 1970 visitan penitenciarías a lo largo y ancho de Estados Unidos para entrevistarse con criminales psicópatas con el objetivo de entender sus motivaciones, deseos, fantasías, impulsos, recompensas…

Mindhunter se basa en la introducción de la técnica del psychological profiling, es decir, la elaboración de perfiles psicológicos en el ámbito de la investigación policial por parte de John E. Douglas, fundador de una unidad especial del FBI consagrada al estudio de los asesinos en serie -concepto que, por cierto, también fue acuñado por él. En las tres patas de toda investigación criminal, o MMO -siglas en inglés de means (medios), motive (motivo) y opportunity (oportunidad)-, el motivo, seguramente el más crucial de los componentes, quedaba tradicionalmente ventilado con la simple constatación de que el criminal estaba enfermo o loco, descartando escarbar en las experiencias vitales que lo habían abocado a un comportamiento tan aberrante. Douglas apostó por descifrar su psique desde la intuición de que sacar a la luz el auténtico porqué conduciría al (próximo) quién. La idea era revolucionaria: penetrar en el bosque tenebroso de esas mentes sádicas y retorcidas quizá podía dar pistas de cara a evitar futuros asesinatos (expresado de otro modo, si un niño comienza a torturar animales, mucho ojo). La idea era un escándalo: ¿aquella escoria que solo merecía pudrirse en el infierno ayudando a la policía? El propósito de entender al monstruo fue recibido de forma abrumadora como una majadería y una falta de respeto a las víctimas y sus familiares. La iniciativa de Douglas y su reducido equipo despertó tanta hostilidad que se vieron obligados a arrancar con sus estudios en secreto, pasando a engrosar lo que en la jerga administrativa-empresarial se conoce con el término de “backroom boys”, esto es, aquellos miembros de una organización que trabajan en un cuartucho o búnker, a resguardo de las miradas de sus compañeros.

El célebre profiler explicó sus esfuerzos por implementar la psicología en la lucha contra los asesinos en serie a partir del contacto directo con asesinos en serie en unas memorias, Mindhunter: cazador de mentes (ed. Crítica) donde cifraba buena parte de su éxito en su don para conseguir que sus temibles interlocutores se sintieran cómodos en su presencia y acabaran bajando la guardia hasta confesar más de lo que inicialmente habían pensado hacer. Douglas compartió celda por un rato con asesinos de tan macabra popularidad como Charles Manson, Ted Bundy o Edmund Kemper, a quienes les inflamaba el ego que el FBI mostrara interés por su persona y agradecían un descanso de tanto abogad y terapeuta. Entre los patrones más destacados que encontró en ellos se contaron los abusos en la infancia y viciadas relaciones de amor/odio con sus madres, al tiempo que detectó señales tempranas de alarma en mojar la cama hasta avanzada edad y la afición a quemar cosas y a maltratar animales. No deja de ser irónico que el policía que osó abrir las compuertas del cerebro criminal tuviera que jubilarse de forma anticipada por culpa de una inflamación de su propio cerebro (encefalitis viral), derivada del estrés, las pesadillas y el insomnio. Pero entonces empezó una segunda (y muy bien remunerada) vida para John E. Douglas como asesor para el cine y la televisión, destacando su ayuda a Thomas Harri a la hora de escribir El silencio de los corderos (la enfermiza relación ente Hannibal Lecter y Clarice Sterling se basa en la que él mismo tuvo con el necrófilo Ted Bundy, a quien recurrió con éxito para dar con el culpable de los bautizados como “Green River Murders”).