Paco Camarasa se despide

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Nos ha dejado uno de los grandes activistas culturales de los últimos años

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Paco Camarasa y Montse Clavé abrieron en 2002 una pequeña librería en una calle recóndita del barrio de la Barceloneta. Había tardes en las que no entraba nadie y él, de manera metódica, elaboraba las fichas de sus libros mientras escuchaba Time on my Hands de Ben Webster. Hubo tiempos duros, pero eran gente resistente. Habían plantado cara en grupos opositores clandestinos de izquierdas y resistido a la dictadura de Franco, así que estaban dispuestos a resistir a la dictadura del capitalismo con su negocio imposible: vender libros de género negro en una callejuela perdida del barrio del puerto de Barcelona. Puso en la librería un altar para rezarle a Dashiell Hammett , un archivador donde recopilaba minuciosamente recortes de prensa, un mueble donde se guardaban discretamente las botellas de whisky al gusto de los diferentes autores que visitaban la casa y una cocina equipada para resistir inviernos mejor que la del despacho de Pepe Carvalho, de la que parecía que en cualquier momento parecía que iba a salir Biscuter. Más que una librería era la oficina de un detective privado de novela esperando el cliente lector que llegaría in extremis y daría sentido a la larga espera. Nos pasamos la vida dando vueltas arriba y abajo, viajando a veces a lugares lejanos y no conseguimos encontrar nuestro lugar en el mundo; hemos de fundarlo. Paco y Montse fundaron su lugar en el mundo en la calle de la Sal de la Barceloneta.

A todos nos encantaba esa cruzada romántica pero la mayoría comprábamos los libros en Amazon o en la gran superficie de al lado del trabajo: “No supimos luchar contra la comodidad de la gente” me dijo una vez, tomando una cerveza en el Bar Jai-Ca. Como el barrio se había puesto de moda y estaba lleno de turistas en chancletas, en el Jai-Ca Paco se sentaba en el rincón de los de la Barceloneta, donde te ponían la copa más grande por un precio más pequeño. En ese mundo infantilizado en el peor sentido de la palabra, la gente cree que con poner un “like” en Facebook ya han colaborado a mantener eso que llamamos cultura. En 2015 ya no pudieron más con tantas años de remar a contracorriente, de mucha gente dándoles palmadas en el hombro y muy pocos comprando libros. Incluso después de que tuvieran que cerrar los portones verdeazulados de la librería Negra y Criminal, pasabas por la calle de la Sal y veías luz adentro. Paco estaba tecleando en su ordenador con ese sentido proletario del trabajo que tenía. Él era librero, seguía siéndolo. Era de lo único que presumía. Si le decías que era un intelectual se ofendía, o se reía: “Yo, librero”.

Fue el comisario del festival de novela policiaca de Barcelona BCNegra desde su arranque en 2005, hasta el año pasado, cuando el motor empezó a fallarle. Convirtió BCNegra en un evento de un éxito ciudadano extraordinario, con 10.000 personas asistiendo a unas jornadas literarias en esta ciudad de muchos prodigios pero casi ninguno cultural. Era un director de festival tan caótico como genial. Formó el equipo A con la gente del Institut de Cultura de Barcelona, como Neus Junquera o Rosa Xabé, y lograron que a día de hoy sea un festival literario a imitar. Paco era lo contrario al aburrimiento, lo opuesto a la rutina. Un maestro de la improvisación. Cuando faltaban tres o cuatro días para la fecha de entregar el programa, en el Institut de Cultura sólo tenían unas notas dispersas y mucho vértigo, pero Paco en un pis pas se ponía a sacar conejos de la chistera (libros, autores, direcciones, contactos, temas, moderadores…) y armaba un programa asombroso. Su cabeza era una agenda. Con él nada era corriente. Incluso algo tan aparentemente rutinario como la deliberación de un premio literario se volvía algo imprevisible. Lo comprobé siendo miembro jurado del Premi Crims de Tinta siendo él presidente, en una reunión (cómo no, en el restaurante Segons Mercat de la Barceloneta) digna de una rocambolesca novela de intriga que ha de quedar en el secreto de jurado pero que fue lo que nunca he visto en 20 años en jurados y no creo que vuelva a ver. Una de las cosas que nos ha enseñado la novela negra es que no siempre coinciden ley y justicia. Y en ese jurado se tomó una de las decisiones más justas que he visto tomar nunca.

Su aspecto bonachón y despistado, y su humildad militante podían engañar a quien lo conociera superficialmente. Pero era una persona de una erudición asombrosa. Un sabio con pantalones de pana. Sabía los trucos de todos los investigadores y las flaquezas de los grandes autores, pero le gustaba hablar sobre todo de la fortaleza de los autores más minoritarios u olvidados. Sabía demasiado de literatura para ponerse a escribir novelas. Y vivía la vida tan intensamente, que no era sencillo sentarlo en una mesa a escribir y que se estuviera quieto un rato. Cuando la editorial Destino le pidió que escribiera sus memorias, lo que hizo fue trazar una enciclopedia de la novela negra personal y sui generis titulada Sangre en los estantes: es el curso más completo, divertido y apasionado sobre la novela negra que se haya impartido nunca. Una pacopedia donde están de la A a la Z todos los grandes autores, los de culto, los incultos, los carcelarios, los de los enigmas, los del espionaje con rusos y sin rusos, los escandinavos, los polares, los mediterráneos… y todo regado con esa mítica ironía suya, siempre desenfadada.

Encontró en la Barceloneta su lugar y allí ha estado hasta el final. Tanto ha hecho por expandir el virus de la novela negra por estos territorios, que hasta la doctora que lo ha atendido en el hospital en los últimos momentos había sido clienta de su librería. En el momento de aplicarle la sedación paliativa para el último trayecto el pasado domingo, en compañía de Montse, a su lado siempre, todavía Paco perfectamente consciente estuvo hablando con su doctora de libros y autores, de toda la gente que pasó por la librería en esos años. Ha sido el comisario Camarasa hasta el último suspiro. El hueco que Paco deja no se puede llenar. Pero nos deja unas cuantas lecciones de vida extraordinarias. Un ejemplo de agitador cultural, de ciudadano, de persona. Yo no lo voy a olvidar nunca.