David Hockney, la pasión de ver

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Jean Frémon publica "David Hockney 'Love Life'" (Elba)

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Los libros nos permiten privilegios asombrosos, nos franquean puertas a lugares imposibles. La colección El Taller de Elba nos deja entrar en lugares que de otra manera nunca podríamos ver: esa trastienda de los artistas plásticos donde se dan pinceladas o martillazos a la luz. Hemos podido mirar con los ojos de Hopper, Giacometti, Henry Moore…Elba ha celebrado el 80 cumpleaños de David Hockney enviándonos en forma de libro una invitación doble: no solo por el lugar al que nos lleva, sino por quién nos lo introduce. Es el galerista, marchante y evocador ensayista del arte Jean Frémon el que nos acompaña a visitar la casa y taller de David Hockney, uno de los mitos vivos del arte contemporáneo. Frémon nos abre las puertas de su guarida, pero también de su mirada. El placer es doble: por quien visitamos y por quien lo cuenta. Frémon tiene una manera de narrar sucinta, pero profunda, alejada del ensayo artístico del experto que duerme a las estatuas. Frémon todo el tiempo nos tiene con los ojos abiertos. El afecto entre ellos permite que seamos los invitados del inquieto Hockney, que sigue trabajando febrilmente en su obra con un afán de jovenzuelo.

En 1999, Hockney visita una exposición de Ingres en la National Gallery de Londres y la precisión y verdad de los retratos a lápiz lo dejan perplejo. Escamado. Frémon nos explica que Hockney “sabe perfectamente lo difícil que es atrapar al mismo tiempo la verdad y la vida de un rostro. Fijar en dos dimensiones una realidad fugaz de tal manera que conserve la ilusión de lo vivo”. Tiene una intuición. Recuerda la vivacidad y eficacia de los retratos de Andy Warhol. Warhol proyectaba fotografías sobre la tela o el papel y tomaba los contornos básicos para lograr esa precisión exacta en las proporciones. Nunca lo ocultó, era parte de su juego. Y piensa que Ingres (1780-1867) también utilizó algún soporte óptico. Hockney empieza a investigar y descubre que, en 1806, William Hyde Wollaston, un físico y pintor amateur, descubre la cámara lúcida: un prisma montado sobre un soporte vertical que proyecta las imágenes sobre una superficie. Si buscan en YouTube “pinhole” (y una vez descartados los vídeos de odontología) encontrarán cómo se pueden fabricar proyectores con una caja de madera y sin ninguna lente, basta con que la abertura sea pequeña y haga pasar toda la luz por un ínfimo agujero, porque después volverá a expandirse y se proyectará en la superficie siguiente. Asombroso, casi magia: pero física óptica pura. “Hockney no duda ni un segundo de que los artistas, los creadores de imágenes, inmediatamente procuraron dominar los instrumentos de óptica y utilizarlos artísticamente. No tiene nada de raro que hayan dejado pocos testimonios escritos, que hayan rodeado todo esto de un cierto secreto, y eso explicaría que los historiadores del arte hayan prestado poca atención. Los artistas son por naturaleza reservados sobre sus técnicas”. Hockney le muestra el tarjetón de una exposición del pintor Pieter G. van Roestraten (siglo XVII) donde un burgués neerlandés coquetea con una criada. Hay algo extraño en esa escena: ella es zurda; él es zurdo; incluso un mono que aparece levantando la falda a la criada lo hace con la pata izquierda. Demasiados zurdos. Estadísticamente parece poco probable. Coloca el tarjetón frente a un espejo y todos se tornan diestros. Eso parece más factible. La imagen está pintada volteada porque se usaban proyecciones con espejos desde hace siglos. “La fotografía no es un invento de la óptica sino de la química”. Pero eso no resta mérito a la obra. Hockney indaga, se hace con un aparato, experimenta. No es tan sencillo: la imagen se mueve enseguida, hay que tomar referencias muy deprisa. Le parece que incluso así, si no se sabe mover la mano de nada vale: “Optics don’t make marks”, le dice Hockney a Frémon. Es la mano la que trabaja.

La manera en que Frémon y Hockney relatan este episodio velado de la historia de la pintura, atravesado por cuestiones técnicas sobre la luz de alta complejidad, resulta enigmático. Porque la luz es el misterio de los misterios. Viene y va. Y los pintores se afanan en atraparla en sus telas como el que intenta atrapar una racha de viento con un cazamariposas. A eso dedican sus vidas. Visitamos el laboratorio de Hockney. Su estudio. Frémon nos abre la puerta a su casa de Mulholland Drive, en Los Ángeles, donde dormitan sus teckels sobre la alfombra y hay libros por todas partes: “Ya estamos en el mundo de David Hockney, el reino de la representación”. El lugar es una segunda piel de Hockney, en una obra más. Observa un cuadro que retrata la vista desde la casa, pero en el cuadro hay mucho más de lo que se ve desde el ventanal. El pintor no cree en el minimalismo del “menos es más”. Prefiere el “más grande es mejor”. En algunos de sus cuadros no solo está la perspectiva frontal, sino también lo que vemos si giramos la cabeza a uno y otro lado o si alzamos la vista hacia el cielo. Dice Frémon que “lo traduce todo a Cinemascope”. En sus obras la vida crece, se desborda, se multiplica. A Hockney siempre le ha encantado el juego. El artificio que cuenta más de lo que se ve. Le sugiere a Frémon la lectura de un libro de David Freedberg, The Eye of the Lynx. Allí, Freedberg habla de un asunto que interesa mucho al pintor. También a Frémon. A todo artista de cualquier disciplina que trabaja con la plastilina de la imaginación: “No decir la verdad para poder decirla”. Entronca con esa idea suya: “Ver mejor, ver más grande, dilatar los límites de los posible”.

En los últimos años, ese niño eterno que es Hockney, fascinado cada día de Reyes por los juguetes nuevos, se ha entusiasmado con las herramientas gráficas del iPad. Sus obras con la tableta digital han levantado no pocas controversias. ¿Es eso arte? Hockney, una vez más, expande las perspectivas del arte, incluso aunque las costuras estén a punto de reventar: estira las perspectivas de las cosas como si fueran chicle. Experimenta con su tableta. Algunos echan pestes. Hockney sonríe a Frémon: “La gente cree que la técnica sustituye a la mano. No está tan claro, abra los ojos, mire, es todo un mundo que se ofrece. Mire, este dibujo está hecho para la pantalla, con los medios de la pantalla, la luz de la pantalla, y ha sido realizado por completo en la pantalla. No es una ilusión, es realmente lo que es”. Y es que hay algo que fascina sobremanera a Hockney: en esos aparatos la luz no viene de afuera, sino desde dentro, y eso abre posibilidades nuevas, distintas, insospechadas, tentadoras. Hockney, que lleva desde el siglo pasado persiguiendo luces y espantando sombras, observando y jugando, buscando… es dueño de un secreto que Frémon comparte con nosotros en estas páginas llenas de recovecos: “Todo el secreto de la luz consiste en hacer que la luz entre en la superficie pintada, o sea: hacer que el espíritu entre en la materia”. La tecnología, precisamente, me permite interceptar a Frémon en medio de uno de sus constantes viajes como galerista, marchante, escritor, curioso empedernido… y plantearle si un cuadro, cualquier cuadro de la historia del arte, que hace ver lo imposible -congelar el movimiento y parar el tiempo- es algo más que una broma del artista. Le planteo que, según él afirma en el libro, el mundo de Hockney es el de la representación. Pero la representación… ¿es un sucedáneo de la realidad? ¿Un artificio? ¿Es la realidad misma?: “La realidad es inmensa. La realidad es un caos. Un caos en cuatro dimensiones y una variable: las tres dimensiones del espacio y la del tiempo. La variable es movimiento, pues nosotros no estamos inmóviles en el planeta. Realizar un cuadro que 'represente' un aspecto del mundo que nos rodea, es encontrar una nueva y creíble solución para llevar a las dos dimensiones de una superficie plana la extraordinaria complejidad de la naturaleza”. No podemos atrapar la inmensidad de la naturaleza ni asistir en directo a los miles de millones de conversaciones, movimientos, estallidos de colores, sonidos, olores, sabores e inputs que se suceden en el planeta a cada segundo porque si todas entraran a la vez en nuestro cerebro lo harían estallar como un cartucho de dinamita en una sandía. Pero el arte merodea sobre la realidad y nos la sirve en bandejas como las de Hockney, que se despliegan una sobre otra, que se iluminan desde dentro con un iPad o que le cambian la perspectiva para que nuestro ojo se convierta en periscopio. A sus 80 años, Hockney sigue buscando. Estas páginas crean la ficción de que podemos acompañarlo por un rato en sus juegos.