Elogio de la literatura incómoda

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Anagrama publica Amor Fou de Marta Sanz

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“¿Qué son las cicatrices? Heridas que han curado. Derramamientos en el abismo, de lo que se sale indemne y solo queda el regusto del vértigo en el estómago”, escribe Raymond en su diario y sus palabras parecen definir involuntariamente la obra que las contiene, porque Amor Fou es una cicatriz o, mejor dicho, es un libro que deja una cicatriz a sus lectores que, sin embargo, contradiciendo a Raymond, no pueden, no deben, salir indemnes de la lectura. Y no se puede salir indemnes, porque lo que relata Amor Fou es una herida abierta, una herida que, a pesar del tiempo transcurrido desde la primera redacción del texto, no solo sigue estando ahí, sino que seguramente sangre hoy más que nunca. La historia de Amor Fou desborda el propio libro y es una historia de censura: se escribió en el 2004, pero las dos editoriales que la compraron, no quisieron publicarla. ¿El motivo? Lo incómodo y complejo que resultaba el texto que, como afirmaba la propia autora al periodista Peio H. Riaño, se dirige a aquellos que no quieren ver: “Sabemos que las otras fotos existen –las de los apaleamientos públicos, las de gente con la cabeza metida dentro de un saco de arpillera rasposa- y, sin embrago, elegimos mirar las fotos bonitas”. Cuando el mundo cultural se convierte en una industria cultural -ahora los grados universitario, ofrecen precisamente esto: titulación en industria cultural, poniendo, como es obvio, el acento en la industria antes que en lo cultural-, cuando el rédito comercial se impone al carácter crítico propio de toda expresión cultural, cuando lo que interesa es vender mucho y, para ello, vender productos masticados, moral y estéticamente cómodos y autocomplacientes, la voz crítica, la voz que busca ir más allá del discurso oficial, que busca las grietas de una sociedad donde la apariencia se ha convertido en la única realidad asumida, queda fuera. Parapetados tras los números y las cifras de ventas, el mundo -perdón- la industrial cultural ejerce la censura, a la que no denomina tal, pero, ya lo dice el refranero, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Y no son pocos, de hecho, los que afirman que, hoy en día, es todavía peor que la censura económica que la censura ideológica, pues siempre se pueden cambiar los principios si el dinero así lo exige.

La suerte -fácil decirlo retrospectivamente- fue no solo que Marta Sanz no dejara de escribir Amor Fou, sino que encontrara en Miami una pequeña editorial, La Pereza, que apostara por este libro que, releído hoy, 14 años después de que fuera escrito, goza de una vigencia inaudita. Sin embargo, su vigencia va más allá del hecho de que en la novela se hable explícitamente de o, de la gentrificación, de la violencia económica, de la aporofobia o de las limitaciones del sistema democrático, porque, si bien es cierto que todos estos aspectos no sólo están en la novela, sino que ocupan gran parte de los debate actuales, el tema último que vertebra todo el libro es el de la violencia y, en efecto, es precisamente la violencia aquello que no sólo permite afirmar la actualidad del libro, sino también su dimensión histórica, abrazando los tres tiempos verbales. En el prólogo de la nueva edición de Amor Fou que ahora publica Anagrama, Isaac Rosa apunta: “Marta Sanz es una novelista de considerable violencia, aunque a primera vista no lo parezca. En sus novelas hay pocos asesinatos, poca sangre, pocas amenazas gruesas, apenas se muestra esa violencia convencional, para la que estamos preparados como lectores, que no tememos y no nos daña. La de Sanz es otro tipo de violencia, más imprevista, más dolorosa”. Rosa termina definiendo la violencia de Sanz como una violencia moral, “propia de quien no escribe desde la amoralidad ni la inmoralidad, sino desde la impugnación de esa hipocresía que solemos llamar moral”. Al adjetivo “moral” podría añadirse el adjetivo “estructural”, porque la violencia que se narra en Amor fou, como en Daniela Astor y la caja negra, en Lecciones de Anatomía o en Clavícula, es una violencia que lo impregna todo, que se ha depositado en la base de la estructura social y que asumimos como una lógica inherente a las relaciones humanas, laborales y sociales. En efecto, Amor fou es una historia de amor, pero una historia en la que el amor está rodeado de violencia, de una violencia que viene de fuera y que lo pervierte, lo trasforma en algo obsesivo, en una explosión descontrolada de sentimientos, de deseos de posesión y de alienación de la persona. Frente a este amor romántico de anuncio televisivo, están Lala y Adrián, los protagonistas, los resistentes, aquellos que, como afirmaba Marta Sanz hace apenas unos días, defienden un amor “centrado en la empatía, en el proyecto común y la amistad, ese que pasa sin sentir porque está pasando bien”. Y sí, la violencia se manifiesta también en el amor, en la configuración discursiva de un sentimiento que ya no pasa por la empatía desinteresada, sino que se convierte en expresión palpable de la fuerza del poder, del poder político, el de clase, el económico o el sexista –“Los hombres puedes fascinarse ante una doña Inés blanca que se les diluya entre los dedos en el momento de meterle la lengua entre los labios. Los hombres pueden contraer matrimonio con Venus negras o hembras esteatopígicas que les den hijos y les inoculen alucinaciones de fecundidad. La mujer para el hombre puede ser carne y tierra. Fútil elegancia. Sin embargo, las mujeres no podemos satisfacernos solo con la carne de un hombre, porque alguien nos mirará por la calle y nos señalará con el dedo para murmurar que estamos enchochadas, que somos sucias, viciosas, que nuestro clítoris es un pellejo alargadísimo que refregamos contras las esquinas de los sanitarios del cuarto de baño”- Por ello, acierta Isaac Rosa al comentar que Amor fou es una historia de amor en la que el lector se enfrenta a aquello en lo que poder pervertirse el amor: “Entendiendo el amo también como conflicto, resentimiento, culpa, doble moral, alienación y violencia, podemos afirmar que Amor fou es una novela de amo. El amor como posibilidad llena de trampas, el amor como dolor, como enfermedad y locura”.

Como en Clavícula, el cuerpo y la fisicidad se hacen presentes en cada momento, pues es en el cuerpo donde se plasma la violencia ejercida por otros e, inconscientemente, autoejercida por nosotros mismos, que adoptamos pasivamente el discurso violento y lo trasladamos a nuestro físico, que ya no es un tapiz en blanco, sino un tapiz garabateado donde se pueden reseguir la confrontación entre el discurso de poder -lo hegemónico- y la voluntad de una individualidad libre, entre la esclavitud al discurso impuesto y la libertad de un yo autosuficiente. Y esta dialéctica se plasma también en la propia escritura de Sanz, una escritura cortante, directa, que no busca adornos, sino crudeza en su manera de decir y de decirse. La superposición de géneros y el cambio constante de voces narrativas, acentuado también por el ir y venir entre el pasado y el presente- permite a la autora contestar al relato único, desquebrajarlo trayendo a la luz sus contradicciones inherentes y sus constantes perversiones. La escritura de Marta Sanz es una escritura de resistencia, una escritura que no se amolda al discurso hegemónico y para no amoldarse escapa, ante todo, de los clichés narrativos impuestos por una industria que busca el beneplácito de un público lector al que se le presupone incapaz de asumir la complejidad, lo incómodo y lo crítico. Marta Sanz es una autora que quiere mostrarnos aquello que molesta, aquello que nos violenta y su literatura, como toda obra merecedora de dicho apelativo, deja cicatriz, testimonio de una herida que no podemos olvidar, sobre todo si esta herida, como es el caso de este presente que vivimos, sigue sangrando y mucho.