Virginie Despentes, un feminismo tan incómodo como necesario.

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Literatura Random House publica Teoria King King

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

FOTO: ASÍS G. AYERBE

“Un manifiesto…. En parte memoir, en parte panfleto político, una airada condena del servilismo de la obligada feminidad”. Así definía Elisabeth Day en The Guardian Teoría King Kong, ensayo -este es otro término que bien podríamos utilizar para referirnos a dicho texto- que Virginie Despentes publicaba en 2007, nueve años después de rodar Baise-Moi, película que en España fue mal distribuida con el título de Fóllame. La reedición por parte de Literatura Random House de Teoría King Kong cuando se cumplen once años de su publicación y cuando resulta prácticamente imposible poder visionar Baise-Moi confirma no sólo la vigencia del texto, sino su autonomía respecto a la obra previa y posterior de Despentes. Sin embargo, aún afirmando la autonomía del texto, que evidentemente funciona por sí mismo, el lector más atento de la realizadora y escritora francesa no puede pasar por alto que Teoría King Kong representa un punto de inflexión dentro de su trayectoria, como ella misma afirmaba en el reportaje de Lauren Oyler para Vice: "Creo que cambié mucho tras publicar Teoría King Kong. (…) Aquí en Francia Teoría King Kong fue leído por muchísimas mujeres, y eso me permitió conectar con muchas, muchas mujeres. Tras este libro, hice por primera vez una película que no contenía una violación y empecé a escribir novelas sin violaciones. No era consciente, pero empecé a trabajar en proyectos que no incluían violaciones reales, de modo que supongo que aquel libro implicó en cierto modo algo de sanación para mí. Ya no pensaba tanto en ser atacada". El tema de la violación ocupa un lugar central en su ensayo no sólo como objeto de indagación, sino como el punto de partida para reflexionar acerca del “servilismo” e, incluso, “paternalismo” que se ejerce por parte de las estructuras de poder sobre el ciudadano, en concreto, sobre las mujeres: “Un Estado que se proyecta como madre todopoderosa es un Estado fascista. El ciudadano de la dictadura vuelve a la condición de bebé: con los pañales bien limpios, bien alimentado y mantenido en su cuna por una fuerza omnipresente que todo lo sabe, que tiene todos los derechos sobre él, y todo ello por su propio bien”. En la actual sociedad capitalista, la infantilización del ciudadano, apunta Despentes, es particularmente evidente en relación a las mujeres, tuteladas por un supuesto “deber ser” que pasa tanto por imperativos estéticos como por imperativos vinculados a la supuesta seguridad física y laboral. Para la novelista y ensayista es, por tanto, imposible llevar a cabo una subversión de los arquetipos sociales vinculados a la mujer sin un cuestionamiento político de la estructura heteropatriarcal sobre la que se sustenta política, económica y culturalmente la sociedad del capital, puesto que la preservación del statu quo es una de las razones últimas para obstaculizar, en parte, desde el falso mito paternalista de la protección y de la preocupación, la completa liberación de la mujer: “Cuando el mundo se viene abajo y no puede abastecerse las necesidades de los hombres, cuando no hay trabajo, ni dignidad en el trabajo, en medio de exigencias económicas crueles y absurdas, de vejaciones administrativas, de humillaciones burocráticas, de la seguridad de que nos engañan cada ver que tomamos algo, se nos toma de nuevo por las únicas responsables. Lo que les hace sentirse infelices es nuestra liberación”.

Esta liberación, sin embargo, no pasa por una asunción de la mujer como objeto de una historia de violencia, si bien lo ha sido, puesto que dicha asunción sería una forma de claudicación ante ese paternalismo protector cómodo a una sociedad patriarcal para la cual la emancipación de la mujer “sería difícil de soportar”. Asimismo, la liberación de la mujer no pasa tampoco por un deseo de emular el prototipo masculino: “No me interesa el pene. No me interesa ni la barba, ni la testosterona, yo tengo el coraje y la agresividad que necesito. (…) No quiero que me cierren la boca. No quiero que me digan lo que tengo que hacer. No quiero que me abran la piel para hincharme los pechos. No quiero tener un cuerpo esbelto de adolescente cuando me acerco a los cuarenta. No quiero huir del conflicto para esconder mi fuerza y evitar perder mi feminidad”. El no huir del conflicto es la idea de fondo que sitúa el tema de la violación en el centro de gran parte de Teoría King Kong: si en Baise-Moi, Despentes exploraba a través de la ficción la experiencia de la violación, experiencia que ella misma vivió, en su ensayo profundiza sobre dicha experiencia no sólo desde una perspectiva vivencial; en efecto, la reflexión en torno a la violación, estrechamente conectada con su análisis acerca de la prostitución, tiene que ver con la violencia, sobre su legitimidad y sobre el sujeto poseedor de dicha legitimidad: “Se domestica a las niñas para que nunca hagan daño a los hombres. No estoy furiosa contra mí por no haberme atrevido a matar a uno de ellos. Estoy furiosa contra una sociedad que me ha educado sin enseñarme nunca a golpear a un hombre si me abre las piernas a la fuerza, mientras que esa misma sociedad me ha inculcado la idea de que la violación es un crimen horrible de que no debería reponerme. Sobre todo, me da rabia que, frente a tres hombres, una escopeta y atrapadas en un bosque del que no podíamos escapar corriendo, hoy todavía me sienta culpable de no haber tenido el coraje de defendernos con una pequeña navaja”. Como bien apuntaba Katy Guest en The Independent, Despentes cuestiona la lógica de la culpa en las mujeres y la lógica del poder en los hombres, ambas siguen imperando tras “la supuesta victoria del feminismo”. Teoría King Kong es, con respecto a Baise-Moi, la asunción de la no culpabilidad, la afirmación de que una mujer puede superar una violación y, sobre todo, de que no debe sentirse culpable por haber sobrevivido hasta el punto de silenciar lo vivido: “Porque es necesario quedar traumatizada después de una violación, hay una serie de marcas visibles que deben ser respetadas: tener miedo a los hombres, a la noche, a la autonomía, que no te gusten ni el sexo ni las bromas. Te lo repiten de todas las maneras posibles: es grave, es un crimen, los hombres que te aman si se enteran, se van a volver locos de dolor y de rabia (…) Así que el consejo más razonable, por diferentes razones, sigue siendo: ‘Guarda eso en tu fuero interior’. (…) Así se evita la palabra”.

Despentes no sólo no evita la palabra, sino que suscribe la polémica postura de la teórica feminista Camille Paglia, para la cual la violación no sólo no debe ser un argumento para la victimización de la mujer, sino que debe considerarse un “riesgo necesario”. Para Paglia, cuyas palabras reproduce Despentes en su ensayo, la violación “es un riesgo inevitable, es un riesgo que las mujeres deben tener en cuenta y deben correr si quieren salir de sus casas y circular libremente. Si te sucede, levántate, dust yourself, desempólvate, y pasa a otra cosa. Y si eso te da demasiado miedo, entonces quédate en casa de mamá y dedícate a hacerte la manicura”. En opinión de Paglia, ¿debemos, por tanto, asumir el inevitable riesgo de la violación? No ajena a las polémicas, la teórica norteamericana no duda al afirmar que la violación es un crimen que “como crimen que puede ser cometido se cometerá” y, por tanto, la respuesta no debe ser el miedo ni la victimización, sino la asunción del riesgo, que, en el caso de las violaciones, tiene que ver con el abuso de poder.

Para Paglia, el feminismo “más naive” sostiene que “la violación es un delito de violencia, pero no de sexo (…) Sin embargo, el sexo es poder y todo poder es por naturaleza violento. La violencia sexual es el poder del hombre combatiendo contra el poder de la mujer”, sostiene Paglia, mientras que Despentes, en perfecta consonancia, escribe en su ensayo: “La violación es la guerra civil, la organización política a través de la cual un sexo declara al otro: yo tomo todos los derechos sobre ti, te fuerzo a sentirte inferior, culpable, degradada”. Por ello, para la autora de Vernon Subutex, la solución no reside en la aceptación de la debilidad, sino en la afirmación de la fortaleza, afirmación que pasa, en primer lugar, por la asunción del riesgo y, en segundo lugar, por el rechazo de toda forma de tutelaje: Paglia “era la primera que había sacado la violación del horror absoluto, de lo no dicho, de lo que no debe ocurrir nunca. Ella hacía de la violación una circunstancia política, algo que debíamos aprender a encajar. Paglia cambiaba todo: ya no se trataba de negar, ni de morir, se trataba de vivir con”.

Sin embargo, ese “vivir con” pronto se convierte en un “vivir para cambiar”: si asumimos que la violencia sexual sobre las mujeres es una circunstancia política, el pensamiento feminista solo puede aspirar a ser radicalmente político y radicalmente subversivo con respecto a las instancias políticas. Y esta subversión tiene, para Despentes, como punto fundamental la liberación de la mujer de cualquier tipo de tutelaje, aunque sea por supuestos motivos de seguridad. Si, como sostiene Paglia, la violencia sexual solo puede controlarse con un pacto social, el deber es hacer inclusivo este pacto social, en el que toda mujer pueda participar individualmente aceptando el “riesgo”, sin tener que asumir un papel preventivo de posible víctima futura. “El pacto de la prostitución ‘yo te pago y tú me satisfaces’ es la base de la relación heterosexual. Hacernos creer que ese contrato es extraño a nuestra cultura es pura hipocresía”, apunta Despentes, para quien la prostitución -en ningún momento hace mención a las redes de tratas de blancas- debe ser reconocida como una actividad profesional, sosteniendo que su prohibición y su censura responde a ese mismo paternalismo que reduce a las mujeres en víctimas y perpetúa el actual statu quo, circunscribiendo u obstaculizando la liberación de la mujer. “La relación entre el cliente varón heterosexual y la puta es un contrato entre los sexos sano y claro”, concluye la ensayista, no sin antes subrayar que, “cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres. Echar un polvo cuando tienen ganas no debe ser algo agradable y fácil. Su sexualidad debe seguir siendo un problema. De nuevo, doble imposición: en la ciudad todas las imágenes invitan al deseo, pero el alivio debe seguir siendo problemático, cargando de culpa”.

Frente a un feminismo amable, a veces, excesivamente amable, Virginie Despentes propone un feminismo incómodo, radical, un feminismo fuerte que se defina por ser una revolución estructural de la sociedad capitalista que, por un lado, puede ser definida de la mano de Foucault, como la sociedad de la vigilancia y del castigo y, por otro lado y de la mano de Byung-Chul Han, puede ser definida como la sociedad del rendimiento, donde “el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento”. Si bien es cierto que Han hace hincapié en el “exceso de trabajo y rendimiento”, podría también afirmarse que ese maximizar el rendimiento tiene que ver también con maximizar los roles sociales, con los imperativos, asumidos y naturalizados, de un “deber ser” basado en falsos principios estéticos, morales, de seguridad y de mercado. Si nadie es ajeno a esta lógica de la imposición del “deber ser”, entonces tampoco nadie puede ser ajeno al feminismo, entendido, en palabras de Despentes, como “una revolución” y no como “un reordenamiento de consignas de marketing, ni una vaga promoción de la felación o del intercambio de parejas, ni tampoco una cuestión de aumentar el segundo sueldo”. Para Virginie Despentes “el feminismo es una aventura colectiva, para las mujeres, pero también para los hombres y para todos los demás. Una revolución que ya ha comenzado. Una visión del mundo, una opción” y de lo que se trata es de “dinamitarlo todo”.