El asesino dentro de Jim Thompson

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Un perfil de Jim Thompson

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

Estaba chiflado. Entró corriendo en el subconsciente de América con un soplete en una mano y una pistola en la otra, chillando como un poseso”, dijo de él Stephen King. Su nombre completo era James Myers Thompson y vino al mundo el 27 de septiembre de 1906 en Anadarko, Oklahoma. La editorial RBA le rinde honores recuperando sus títulos más emblemáticos.

El padre de Thompson, un sheriff corrupto y más tarde un estafador en el campo de las explotaciones petrolíferas, marcó a fuego su infancia, igual que los paisajes y las gentes de Oklahoma, Nebraska y Texas, es decir, del viejo Oeste. A los 17 años tuvo que ponerse a trabajar de cara a mantener a la familia, entrando como botones en el Hotel Texas en Fort Worth, donde al poco ya estaría introduciendo alcohol de contrabando y prostitutas. La lista de empleos que desempeñó antes de volcarse en la literatura es tan prolija como chocante: jornalero itinerante, detonador de nitroglicerina en pozos petrolíferos, raspador de yeso en una fábrica de aviones, articulista para revistas agrícolas… En paralelo, su conciencia social lo condujo a afiliarse al Partido Comunista de Oklahoma, llegando a programar películas antifascistas y recaudando dinero para la República Española.

El autor no debutó propiamente en la novela negra hasta los 43 años con Solo un asesinato. Entre 1942 y 1973 publicaría veintiséis novelas -todas, excepto tres, directamente en bolsillo- y centenares de relatos, pero fue a lo largo de diecinueve meses de producción febril, entre septiembre de 1952 y marzo de 1954, que alumbraría las doce novelas que cimentarían su leyenda, entre ellas El asesino dentro de mí, Noche salvaje y Una mujer endemoniada, la mayoría nacidas por encargo, a partir de sinopsis sugeridas por sus editores. Antes del salto a la ficción, Jim Thomson encontró en los artículos sobre crímenes reales no solo un sustento económico inmediato, sino una inspiración temática y un laboratorio formal (y productivo) que resonaría en sus futuros trabajos narrativos. En los años 1930, la revista pulp True Detective -la más popular de las 65 de carácter mensual que llegarían a existir en el momento álgido del género, fue fundada en 1924 por Bernard Macfadden, un culturista, educador sexual, magnate de la prensa y ocasional candidato presidencial, y su tirada llegó a alcanzar los dos millones de ejemplares- pagaba unos generosos 250 dólares por textos de 6.000 palabras. Thompson facturó centenares de piezas (la mayoría bajo seudónimo) en docenas de publicaciones de este tipo para las que reclutó a su hermana y a su madre como ayudantes -de cara a que rastrearan casos por ciudades y pueblos, pues él odiaba tener que hacer entrevistas a resultas de su timidez, al tiempo que, gran ironía, era sumamente aprensivo a la violencia-, y no dudando en posar como sheriff o cadáver si no disponía de ninguna fuente gráfica con que ilustrarlas. Aunque su responsable calificaría estos artículos de “pura bazofia”, volvió a ellos cuando atravesó apuros económicos y, aún más determinante, su biógrafo resalta que “Jim Thompson fue el único novelista criminal de primera fila que aprendió el oficio principalmente en las publicaciones de casos reales (…). Le enseñaron a relatar una historia complicada en pocas y bien definidas páginas, le permitieron experimentar con personajes, lenguaje, atmósfera, cadencia y ritmo sin la carga de tener que inventar una trama”. Pocos autores han protagonizado un ostracismo tan cruel.

El último tercio de su vida fue una caída en barrena. Recrudecido su alcoholismo crónico y con el mercado del libro de bolsillo languideciendo, fue tirando a base de royalties en el extranjero, guiones para series policíacas y del Oeste en la pequeña pantalla, clases de escritura creativa en la universidad de Carolina del Sur… Atrás quedaban hitos como su colaboración con Stanley Kubrick en el guion de Atraco perfecto o el honor de ver cómo 1280 almas era escogida como título centenario de la mítica Série Noire de Gallimard. A su muerte, en Huntington Beach en 1977, no había ningún título suyo en circulación en Estados Unidos. ” Espera y verás -le dijo Thompson a su mujer-. Me haré famoso diez años después de muerto”. La profecía se cumplió y en los años 1980 comenzó un resurgimiento póstumo que se ha mantenido incólume hasta hoy.