Eleanor Roosevelt por derecho propio

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Lumen publica Lo que aprendí viviendo, un libro de reflexiones de Eleanor Roosevelt.

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“Eleanor Roosevelt es uno de mis ídolos. Probablemente, hasta el momento es una de las más grandes Primeras Damas, por su activo compromiso por este país y por ser capaz de cambiar algunas normas realmente importantes. Cuando comenzamos, por tanto, a imaginar cómo sería tener un huerto en toda regla en South Lawn, la influencia de Eleanor Roosevelt fue, sin duda, en gran medida determinante”. Con estas palabras describía Michelle Obama, durante la entrevista con Hunter Lewis, la influencia que ha ejercido sobre ella la figura de Eleanor Roosevelt, una mujer que, lejos de ser la sombra de su marido, se implicó activamente en la transformación de una sociedad norteamericana extremadamente conservadora y todavía golpeada por las consecuencias de la crisis económica de 1929. No es casualidad que la ya ex-primera dama reconociera que en su apuesta por construir un huerto en South Lawn tuvo una gran influencia Eleanor Roosevelt, que, si bien por motivos radicalmente distintos, durante la Segunda Guerra Mundial y a pesar de la oposición de su marido, el presidente Franklin D. Roosevelt, había tomado la misma decisión, consciente, como era la propia Michelle Obama, de que cultivar un huerto no era simplemente plantar y recoger unas cuantas hortalizas ante la atención de una cámara.

En un momento de recesión económica, el gesto de Roosevelt resumía el lema con el que Voltaire cierra su Cándido, “debemos cultivar nuestro jardín”, y convertía aquel pequeño huerto, llamado posteriormente el Jardín de la Victoria, en símbolo de toda la nación, de ese jardín del que todos, comenzando por ella misma, debían ocuparse. Con el llamado Jardín de la Victoria, Roosevelt, convencida liberal, asumía su propia responsabilidad, su deber de trabajar para la recuperación del país y, a su vez, invitaba a los estadounidenses a trabajar en y por su tierra. “Ser útil justifica en cierto modo la propia existencia. Lo difícil tal vez es aprender a ser útil, reconocer las necesidades e intentar cubrirlas”, escribiría Roosevelt tiempo después, reafirmando su convicción de que la iniciativa y el trabajo individual eran esenciales en la recuperación del País; el ciudadano, sostenía la por entonces Primera Dama, debía implicarse activamente en la sociedad, que no podía ser dejada solamente en manos del gobierno. “Ser útil, sea cual sea la forma que adopte, es el precio que deberíamos pagar por el aire que respiramos, los alimentos que comemos y el privilegio de estar vivo”, afirmaría Roosevelt años después, haciendo particular hincapié en el sentimiento de felicidad que produce el haber podido contribuir al beneficio colectivo y el haber ayudado al prójimo: ser útil “es también nuestra propia recompensa, porque es el comienzo de la felicidad, como la autocompasión y la retirara de la batalla son el comienzo de la infelicidad”. Como apuntaba Hunter Lewis, Eleanor Roosevelt comprendió la importancia simbólica de aquel huerto y, consecuentemente, la importancia simbólica de la Casa Blanca, que no sólo debía representar al Gobierno estadounidense, sino a la sociedad en su totalidad: como le diría Eleanor a Gore Vidal, cuando éste era candidato demócrata para la Cámara de Representantes del distrito 29 de Nueva York, “si te explicas con claridad, puede que la gente se sienta inclinada a votar por sus propios intereses”. Y ella asumió, desde el primer momento, que sus intereses no podían ser otros que los intereses del país; por ello y por su convicción de que todo estadounidense debía trabajar para ser útil al país, se comprometió, en ocasiones, defendiendo posiciones contrarias a las de su marido, en la lucha contra la pobreza, el racismo, la desigualdad de sexos y a favor de los derechos humanos. En efecto, tras la muerte de su marido, en 1945, Eleanor Roosevelt presidió la Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, jugando un papel clave en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948.

Eleanor Roosevelt una mujer de acción

“Con los años he reflexionado mucho sobre la cuestión de amoldarse o no amoldarse, de cómo saber cuándo hay que hacer y cuando no. Como las circunstancias proyectaban un feroz e ineludible foco publicitario sobre cualquiera de mis palabras o acciones, que tal vez habrían pasado inadvertidas de haber venido de otra persona, tuve que afrontar el hecho de que hasta las acciones más triviales y las palabras más despreocupadas, bajo ese potente foco, parecen tener dimensiones mayores a las reales”, escribió Eleanor Roosevelt en un breve texto, publicado ahora por Lumen bajo el título de Lo que aprendí viviendo, en el que, a partir de su experiencia personal, reflexiona sobre el papel de la mujer, la responsabilidad individual y política, la defensa de la propia individualidad o la educación de los hijos.

Si algo definía a Roosevelt era que no necesitaba a nada ni a nadie para que la definieran: si bien en sus memorias Gore Vidal afirma que los mejores años “de vida de Eleanor fueron los de su viudez. Actuaba sola, no como adjunto de la carrera de él”, la independencia la había conseguido mucho antes del fallecimiento de Franklin D. Roosevelt. El carácter y las opiniones de Eleonor pronto se desligaron a las de su marido y no sólo no titubeó en el momento de oponerse abiertamente a la pena de muerte – “¿Qué derecho tiene un grupo de seres humanos a quitar la vida a otro ser humano? Hay que juzgarlo y, si existen pruebas que lo justifique, tomar medidas para proteger al público de cualquier reaparición del peligro. Pero la pena capital me parecía tan errónea como ahora”- sino que no dudó visitar las fábricas, donde las condiciones laborales “eran tan atroces que los obreros a menudo corrían un verdadero peligro físico”, promover la acogida de los judíos que huían de la persecución nazi y defender la consolidación de un sistema de educación pública, algo que para Roosevelt había sido el gran logro de la Unión Soviética: “Este es el desafío que el gobierno soviético ha afrontado de forma efectiva. En el pasado al grueso de la población se le negaba la educación. Hoy en día es uno de los principales logros que se han obtenido. La educación no solo está al alcance de todos, sino que goza de gran prestigio. Tener libros es un signo de ascenso en la escala no solo social sino también cultural. Los logros intelectuales y una cultura en constante crecimiento son el camino para una vida mejor y más plena”.

Consciente no solo de que el mundo estaba cambiando, sino de que debía cambiar, Roosevelt defendió, en clara oposición a su marido, los derechos civiles, oponiéndose a las leyes raciales y, si bien nunca renegó de sus opiniones, fue tras la muerte de su marido, liberada del peso del cargo de Primera Dama, cuando participó más activamente en los movimientos que reclamaban los plenos derechos para la comunidad negra, llegando a formar parte de la National Association for the Advancement of Colored People, cuyo líder W.E.B Du Bois, hizo un llamamiento a las Naciones Unidas alertando de la “negación de los derechos civiles a las minorías de color en Estados Unidos“. El llamamiento de Du Bois no tuvo respuesta, no sólo porque, por petición de la comisión norteamericana, en la que estaba Roosevelt, se opuso a la cláusula de obligatorierdad en la Declaración de derechos del hombre, sino porque, tras la Guerra, Roosevelt se negó a internacionalizar el conflicto racial, bajo la premisa de que ningún otro país debía implicarse en las cuestiones internas de Estados Unidos. Para muchos fue decepcionante la actitud de Roosevelt, que por paradójicas razones de estado no quiso exponer a Estados Unidos a un juicio internacional, si bien esto implicaba borrar en parte de la agenda la lucha por los derechos civiles. A pesar de ello, como sostiene el politólogo Rainer Huhle, no puede cuestionarse el hecho de que “Eleanor Roosevelt estaba profundamente comprometida con los derechos humanos y especialmente con la Declaración Universal, a pesar de las muchas concesiones que tenía que hacer a la política. Con Truman de presidente había visto suficiente voluntad política de mejorar la situación de los derechos humanos y universalizarlos. Pero cuando los republicanos radicales con Eisenhower de presidente y Dulles de Secretario de Estado desde 1953 definieron finalmente su polí­tica exterior, Eleanor Roosevelt dimitió de su cargo”.

Su dimisión 1953 es solo una prueba entre tantas otras de la coherencia de Roosevelt, que, desde el primer momento, se opuso a la persecución contra los comunistas llevada a cabo por McCarthy, apoyó las protestas de Martin Luther King y sostuvo hasta el último momento que el trato que en Estados Unidos dispensaba a la comunidad negra era comparable a “como trataban los nazis a los judíos”. Eleanor nunca se quedó al margen - “Quedarse al margen no es ninguna solución, sino simple cobardía”, escribiría en sus memorias- y, precisamente por esto, siempre fue incómoda: fue declarada por J. Edgard Hoover, director del FBI, como “el más peligro de los enemigos” y, tras la muerte de su marido, se le abrió un expediente, fruto del espionaje del que fue víctima. Roosevelt no se equivocó cuando definió a Hoover como “el creador de la Gestapo Norteamericana” y, a pesar de ser consciente de que el director del FBI no la espiaba, ella siempre supo que era indispensable “proteger la propia individualidad”, no traicionando nunca los principios en los que firmemente creía: “Debemos vivir de acuerdo con nuestros propios criterios, nuestros propios valores, nuestras propias convicciones acerca del bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo importante y lo trivial. Cuando uno adopta los criterios y los valores de otra persona, de una comunidad o un grupo de presión, está renunciando a su propia integridad. En la medida en que renuncia a ella, se empequeñece como ser humano”.

Una mujer con voz propia

“Una mujer no puede cubrir adecuadamente as necesidades de sus más allegados si no tiene ocupaciones, amigos e intereses propios. Sin ellos corre el riesgo de volverse tan dependiente de sus hijos que continuará siéndolo cuando estos se hayan ido de casa”, escribió Roosevelt, que, en sus últimos años de vida, presidió la Presidential Commission on the Status of Women, creada por John F. Kennedy. La vinculación a los movimientos feministas de Roosevelt fue muy temprana y quedó patente en los años en los que ocupó el cargo de Primera Dama, no sólo por la apretada agenda que mantuvo hasta sus últimos días, sino por importantes gestos, entre los cuales, seguramente, el más destacable y el que más críticas suscitó fue su decisión de permitir que solo las mujeres periodistas asistieran a sus ruedas de prensa, muy frecuentes dada las consecuencias que la poliomielitis había dejado en su marido, que desde 1921 iba en silla de ruedas. En una época en la que la política era cosa de hombres, Eleanor Roosevelt abrió las puertas y, aunque deberían pasar años hasta que una mujer formara parte del Parlamento de Estados Unidos, demostró que no hacía falta ostentar ningún cargo para hacer política y para transformar la sociedad: desde su columna de opinión, que comenzó a escribir mientras residía en la Casa Blanca y que mantuvo hasta poco antes de morir, Roosevelt fue un importante altavoz para distintas causas, reivindicando, al mismo tiempo, el papel de la mujer en la sociedad y, en concreto, en ámbitos por entonces tan masculinos como el periodismo. “No sólo la prensa americana no encontró motivos para la controversia, sino todo lo contrario, gracias a estas crónicas que escribió hasta que murió, Eleanor se convirtió en una mujer muy popular”, afirmó Valerie Trierweiler, periodista y ex – Primera Dama francesa, para quien Roosevelt fue también una referencia ineludible: “Esta madre de seis hijos acepta que en ocasiones tiene opiniones distintas a las de Franklin Roosevelt y se niega a permanecer en silencio”.

Sus relaciones extra-matrimoniales han ocupado más de un titular en la prensa, que no ha dudado en destacar su homosexualidad y su larga historia de amor con la periodista Lorena Hickok, cuya correspondencia se hizo pública hace algunos años. Eleanor Roosevelt mantuvo su vida privada en la intimidad, en parte, porque imaginaba el escándalo que podrían suscitar dichas revelaciones. Era, sin embargo, un secreto a voces como también lo eran las amantes de Franklin D. Roosevelt, quien, en efecto, moriría en el lecho de una de ellas. Eleanor no solo nunca permaneció en silencio, sino que no dejó de amar a quien quiso y lo hizo desde el secretismo que imponía la época, pero también desde la naturalidad de quien sabía que lo último que debe hacer una persona es traicionar sus ideas y sus sentimientos. Sus relaciones son un apunte más en su biografía, sin embargo aquello que la convierte en una figura indispensable tanto de la historia política estadounidense como de la historia de las mujeres en el siglo XX fue su implicación social y política, su reivindicación de los derechos raciales y de los derechos de la mujer, su lucha contra el racismo y su defensa de la educación como herramienta social para combatir la desigualdad.