Entre magos y exploradores árticos

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Sten Nadolny escribe sobre los lentos que llegan más lejos que los rápidos

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Sten Nadolny dedicó muchos años a rescatar al explorador polar perdido entre los hielos John Franklin. No ha participado en ninguna de la decena de expediciones que se organizaron a partir de 1847 para tratar de localizar a este capitán de la Marina británica y los 128 miembros de la tripulación de los dos barcos que comandaba en busca del ansiado paso del Noroeste, que permitiría circunvalar la Tierra por el norte atravesando la maraña de islas árticas canadienses. Nadolny ha rescatado a Franklin de una manera mucho mejor: reuniendo documentación y trazando una novela de no ficción, El descubrimiento de la lentitud, que es ya de referencia. La editorial Plataforma publica a Nadolny por partida doble: recupera este clásico contemporáneo publicado en los años 80 y edita su nueva novela: La dicha del mago. En este nuevo libro, lleno de asombro y encanto, Pahroc, tras 106 años de vida alucinante en que ha llegado a dominar el arte de atravesar paredes, decide contar todas sus peripecias en unas cartas que deja escritas para que las lea su nieta muchos años después.

El descubrimiento de la lentitud es la historia, desde la infancia hasta su desaparición en el Círculo Polar ártico, de John Franklin, pero fijándose de manera muy especial en un detalle crucial de este marino británico: su lentitud. Ya desde pequeño, no participaba en las actividades deportivas más que de utillero de sus compañeros de juegos y no era capaz de hacer nada a ritmo ligero. Alguno abusones se burlaban de él, le arrebataban su pelota o se reían. Franklyn no era rápido, pero era tenaz: cuando siendo aún un niño decidió que su manera de ser él mismo sería haciéndose marino y se fugó de casa, lo hizo con pasos muy lentos, pero que le llevaron caminando toda la noche hasta la ciudad vecina, donde empezó a buscar un barco en el que enrolarse. La aventura acabó cuando llegó su padre a buscarlo y le dio una buena zurra. Él acató el castigo, pero insistió en ser marino hasta que su padre lo autorizó a alistarse en la Royal Navy. Aprovechando la visita a España de Sten Nadolny, y traductora alemana mediante, nos sentamos a charlar con él. La nueva edición está prologada por Carl Honoré, escritor francés que alcanzó relevancia a principio de los 2000 con su libro Elogio de la lentitud. Cuando Honoré visitó España, me llamó la atención que el gurú de la Slow-life iba estresado, saltando de una entrevista a otra como un muelle, a punto del infarto. Nadolny sí es un hombre pausado. Habla despacio, habla lo justo y sonríe con abundancia.

Cuando usted publicó El descubrimiento de la lentitud hacía un alegato hacia la importancia de actuar lentamente. Sin embargo, treinta años después la gente practica el multi-tasking y rinde culto a la rapidez. ¿Se equivocaba usted o se equivoca el mundo?

¡Está claro: se equivoca el mundo! (sonríe). No creo que rindan culto exactamente a la rapidez sino que la forma de vida nos hace entrar en una dinámica cada vez más y más veloz. Pero yo creo que sí hay gente que tiene añoranza de vivir una vida más sosegada y poder llegar de manera más profunda a las cosas.

Dice en el libro que “cuando un lento logra convivir con un oficio rápido, es mejor que cualquiera”… ¿Es así?

En el caso de Franklyn sucede así. Él no actúa lentamente porque sea un plan o una mentalidad, sino porque esa es su naturaleza. Sin embargo, llega a ser capitán de la Royal Navy, comandante de algunas de las expediciones más importantes de la época e incluso gobernador de Tasmania. ¡No le va nada mal!

Como gobernador, tampoco le fue bien. ¿Era demasiado bondadoso para ser gobernador?

Eso creo.

¿No es triste que no se pueda ser un gobernante político si se es bondadoso?

Forma parte de la tragedia del ser humano: nunca podemos lograr todo lo que nos proponemos, las buenas intenciones no bastan. Él era una persona con un elevado sentido de la dignidad, pero la política es un juego complicado y hacen falta otras habilidades para jugarlo. Sin embargo, como capitán de barco, que es un entorno menos complejo, le fue muy bien. Fue un capitán muy querido por sus tripulaciones principalmente porque era una persona justa.

Vivimos en un mundo donde hay fascinación por lo complejo. Se reivindica en el libro la importancia de las letras como la base fundacional. Dice que “representaban en la escritura lo verdadero”…

Franklyn aprende a leer con lentitud, letra por letra. Las letras permanecen en su cabeza, él empieza aprendiendo frase de memoria. Yo creo en la importancia de cada letra, de cada palabra una por una. Yo entiendo la literatura estrechamente ligada a la retórica, donde cada palabra es crucial. Un mal orador es mal orador cuando no respeta las palabras. Eso hace que no llegue al público ni a ninguna parte.

Nos habla en su nueva novela de la magia entremezclada con la vida. Leemos: “no sé si ayudar a los demás forma parte del sentido de la magia, pero sí es consustancial al sentido de la vida”. ¿Es un leitmotive para usted?

El sentido de la magia o de la literatura no es ayudar a los demás. Mi protagonista en el libro trata de ejercer de “salvador” y hacer florecer a la gente como si fuera la Madre Teresa de Calcuta, pero tal vez debería preguntar primero a la gente si desea ser salvada. No se puede imponer la ayuda a la fuerza. Es al final de la vida cuando entiende que lo importante es ayudar cuando es necesario y alcanzar la serenidad.

Usted de jovencito devoraba los atlas, se fascinaba con las aventuras polares de John Franklyn y estudiaba la costa norte de Canadá con ahínco. Sin embargo, en vez de dedicarse al viaje y la exploración ha elegido una profesión tan sedentaria como la de escritor… ¿se arrepiente?

No, no me arrepiento. Claro que con 15 años no tenía intención de sentarme a escribir sino que lo que quería era lanzar me al norte y cavar con una pala en medio del hielo hasta encontrar los restos de Franklyn que jamás aparecieron. Pero luego la vida te va mostrando otros caminos. Yo trabajé para el mundo del cine, en la enseñanza y en la literatura y me di cuenta de que era para eso para lo que estaba dotado. Ese ha sido mi camino. Si hubiese insistido en hacer otra cosa no habría llegado a ninguna parte.