¿A qué huele el espacio?

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En “Resistencia” (Debate) el astronauta Scott Kelly relata su estancia de casi doce meses junto al cosmonauta ruso Mikhail Kornienko en la Estación Espacial Internacional

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Fotos: ASÍS G. AYERBE/ARCHIVO

 

Scott Kelly es un astronauta veterano. Con más de cincuenta años, un cáncer superado y algún kilo de más, incluso la propia NASA parecía darlo ya por amortizado y preparaba su pase a la reserva terráquea tras dos estancias en la Estación Espacial Internacional. Pero Kelly es tozudo, tiene el espacio en las venas, se le ha metido dentro ese olor… Orbitando a 28.000 kilómetros por hora sobre la Tierra, Kelly se siente exhausto pero satisfecho después de haber completado con éxito la delicada operación de acoplamiento a la Estación Espacial Internacional de la nave de suministros de la compañía SpaceX a la que llaman Dragon. El proceso de acercamiento, órbita a diez kilómetros, órbita a dos kilómetros hasta la aproximación final, captura y acoplamiento, requiere de varios días de seguimiento y máxima concentración. Junto con Samantha, la estilosa astronauta italiana, que entre bromas y veras ha hecho que el comandante de la misión tome una clase de peluquería para poder mantener en el espacio su singular corte asimétrico, abren por fin la escotilla de la Estación para acceder a la zona del acoplamiento. Kelly percibe “un olor inconfundible –ligeramente quemado y metálico- el olor del espacio”. Todos los astronautas lo reconocen al momento. Es el olor del infinito. Nunca se olvida.

Aunque Kelly sufrió un cáncer de próstata tras haber estado expuesto allá arriba a una radiación treinta veces superior a la que recibe una persona sobre la Tierra, equivalente a unas diez radiografías torácicas diarias, no se lo pensó un instante cuando vio la posibilidad de volver al espacio. De hecho, la NASA lo hubiera descartado como astronauta de no ser por una baza que el propio Kelly echó sobre la mesa para ganar su partida: tiene un hermano gemelo. Es la persona ideal para comprobar los efectos de la ingravidez y la radiación en un cuerpo humano al poder cotejar los cambios en su salud con respecto a los de su gemelo. En la Estación Espacial Internacional hay muchos ejemplos con ratones de laboratorio. Él es el mayor de todos ellos. La única diferencia es que se ha presentado voluntario y que no tiene pelo. En cada viaje espacial, Kelly se lleva consigo su ejemplar de Endurance, el sufrido viaje de Shackleton a través de la Antártida. En ese libro vemos cómo el obstinado explorador se empeñaba en cruzar de Este a Oeste el continente helado en un afán bastante lelo de que Gran Bretaña tuviera también su propio récord y gloria polar tras el descubrimiento de ambos polos por un noruego y un norteamericano, pero el relato es una delicia, sobre todo porque los que pasan frío son ellos cuando el barco se queda atrapado por la banquisa y han de pasar dos larguísimos inviernos como náufragos del hielo. De hecho, el título de Shackleton ha inspirado el de estas memorias. Aunque él también rinde homenaje a un libro que fue crucial para su vocación como astronauta: Elegidos para la gloria. Lo que hay que tener, donde Tom Wolfe relata la preparación de los pilotos de caza que se apuntan al incierto programa aeroespacial de la NASA, teniendo lo que hay que tener: una curiosidad infinita y poco vértigo. Cuando Kelly se planteó la escritura del libro, de hecho, se puso en contacto con el maestro del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe.

“Supuse que le parecería divertido recibir una llamada desde el espacio. Entre otras cosas de las que hablamos, le pregunté cómo había escrito sus libros y cómo podía yo plasmar mis experiencias por escrito: ‘Empieza por el principio’, me dijo, y eso es lo que haré". No es una gran pauta la que le dio Wolfe, el viejo zorro plateado no comparte sus secretos. Un buen principio para un piloto de caza convertido en astronauta que quiere escribir sus memorias también es contar con un escritor profesional al lado. En este caso, aunque no aparezca en la portada, la mano que ha moldeado las vivencias y reflexiones de Kelly es la de Margaret Lazarus Dean, autora de Leaving Orbit y que, además de profesora de escritura creativa, es una experta en divulgación aeroespacial. En los agradecimientos finales, Kelly señala su buena sintonía con ella. Empieza por el principio y explica cómo la primera fase del viaje al espacio es un vuelo en avión convencional a Rusia, porque desde hace más de una década la NASA no tiene una lanzadera propia para ir y venir a la Estación Espacial Internacional y son los rusos quienes llevan y traen a los astronautas norteamericanos. La Ciudad de las Estrellas, cerca de la capital, es un pueblo que cuenta con su propio alcalde, museos, bloques de apartamentos y una gran estatua de Yuri Gagarin, el primer hombre que se asomó al espacio en 1961. Allí hacen parte del entrenamiento. Hay incluso una hilera de casas diseñadas especialmente para los americanos que llegan periódicamente para su preparación previa al salto estratosférico. El despegue de la nave Soyuz, que hará de lanzadera, se produce desde una remota ciudad en medio de una gélida nada en Kazajstán. Kelly subraya a lo largo del libro su excelente sintonía con sus colegas rusos. La cooperación es total. De hecho, para ser astronauta, uno de los requisitos es hablar ruso. “¿Qué precio tiene ver a dos antiguos enemigos acérrimos transformar sus armas en sistemas de transporte para la exploración pacífica y la búsqueda de conocimiento científico?”. Considera que “la Estación Espacial Internacional es el mayor proyecto internacional en tiempos de paz de la historia”.

Con un comandante ruso a los mandos de la Soyuz, Kelly y su colega también ruso, Mikhail Kornienko, parten en la Soyuz hacia la Estación Espacial Internacional. Las 280 toneladas de carburante de la nave, en caso de estallar, los convertirían en menos que polvo. Pero llegan sin novedad tras un viaje en la angosta cápsula amenizado con música de Coldplay, Bruce Sprinsgteen o Roberta Flack. Cuando por fin, tras un laborioso acoplamiento que tiene algo de apareamiento cíborg, ponen por fin pie en la Estación Espacial Internacional, Kelly reconoce enseguida el olor característico. Una mezcla de plástico como de tapicería nueva de coche y sudor: allí no se puede duchar nadie en meses (han de limpiarse con toallitas húmedas) y la basura, aunque se deshidrata, también tarda meses en poderse evacuar, hasta que llega la lanzadera que viene a traer y llevar astronautas. Hay la idea general de que los astronautas se pasan los días en la estación paseando por el espacio sideral, embelesados por esas espectaculares imágenes donde los vemos unidos a la nave por un cable a modo de cordón umbilical. Pero los paseos espaciales son laboriosos de preparar y arriesgados. De hecho, se realizan con cuentagotas: Kelly hará dos en un año. En realidad, están metidos en una caja hermética y hacen una vida atareada de currantes de laboratorio, atrapados en ese espacio cerrado, que en total sería como un campo de fútbol, con un módulo ruso y uno estadounidense. Los astronautas disponen de un camarote propio del tamaño de una antigua cabina de teléfono: “El espacio es apenas lo bastante grande para que quepa yo con el saco de dormir, dos ordenadores portátiles, algo de ropa, algunos objetos de higiene personal, unas fotos de Amiko y mis hijas, y unos libros de bolsillo”.

No esperen en su relato aventuras alucinantes, sino un día a día con horarios de 9 a 5 en una caja a 400 kilómetros de altura alrededor de la Tierra, tan llena de cables que corres el riesgo de electrocutarte y donde la máquina más difícil de manejar es el retrete. Es verdad que allá arriba hay mucho trabajo y que la falta de gravedad y el exceso de dióxido de carbono en el aire que respiran pueden resultar agobiantes, pero aun así se echa de menos en el relato un poco de poesía. Cuando cuenta que hay una puesta de sol cada noventa minutos uno no puede evitar acordarse del Principito, que corría la silla de un lado a otro de su minúsculo planeta para ver ponerse el sol. A Kelly le motiva más la cena comunitaria de los viernes, cuando se juntan con los colegas del módulo ruso y cada uno aporta alguna cosa a la comida de hermandad. Kelly se congratula de llevar a bordo a una astronauta italiana “porque, cuando hay europeos en la estación, se toma buen café”. Sin embargo, ni el rocoso comandante Kelly escapa a la ternura de ver el viejo planeta flotando en medio de una inmensa oscuridad: “Siento como si conociera la Tierra de manera más íntima que la mayoría de la gente: el litoral, la orografía, las montañas y los ríos. Ciertas regiones del mundo, en particular en Asia, están tan cubiertas de aire contaminado que parecen enfermas, necesitadas de tratamiento, o al menos una oportunidad de sanar. La línea de nuestra atmósfera en el horizonte se ve tan fina como una lente de contacto sobre un ojo, y su fragilidad parece pedir nuestra protección”. Incluso Kelly, atareado con sus experimentos con cobayas y la reparación del crucial aparato de renovación de aire o del retrete (no menos crucial), de vez en cuando se acerca a una ventanilla que hay en la Cupola, un módulo formado enteramente por ventanas desde el que asomarse a la Tierra. Kelly ha estado de visita en España y, en una rueda de prensa en la Fundación Telefónica de Madrid –donde se está exhibiendo una seductora exposición sobre Marte–, se mostró como el comandante de aviación que es: marcial, cortés y distante. No se inmutó ante la pregunta del redactor de una revista ufológica sobre si había visto extraterrestres allá arriba: “Nada en absoluto”. Y respondió con educado sarcasmo cuando le preguntaron si no sería mejor, en vez de poner tanto dinero en la exploración del espacio, invertirlo en nuestro baqueteado planeta: “Toda la ingeniería espacial y la fabricación de sus componentes se hace en la Tierra y es aquí donde se invierte ese dinero. Yo allá arriba, en el espacio, le aseguro que no he visto ningún dinero flotando”.

Se relajó más cuando se le preguntó por la política de Trump, al que lanzó varios rayos cósmicos por su empeño en cerrar el grifo de la inversión en el viaje a Marte, como piden todos los científicos, y empeñarse en un nuevo viaje a la Luna, que a los profesionales les parece tan estéril como nuestro satélite: “Es una maniobra propagandística”. Respecto a si se apuntaría al viaje a Marte, respondió ya con una sonrisa: “Desde luego que sí… ¡pero siempre que sea un viaje de ida y vuelta!”. Los que solo podemos viajar a lugares remotos con la imaginación tenemos la fortuna de subirnos a las páginas de Scott Kelly y vivir con precisión y realismo absolutos lo que experimenta un astronauta: el trabajo sin gravedad que obliga a ir armado de velcros para que no se vayan flotando los bolígrafos o los tornillos, sufrir sus dolores de cabeza por el exceso de dióxido de carbono, sentir el café con leche bebido con pajita o contemplar la enternecedora soledad de la Tierra en medio de una inmensidad inquietante. Y tratar de oler el espacio, eso que solo es privilegio de los que se han asomado allá afuera.