Recordada reina Matute

Hits: 901

Destino reedita Olvidado Rey Gudú

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Ilustraciones: ANA MARÍA MATUTE

 

«Yo no escribo para divertir, escribo para inquietar y con la literatura que me siento afín es con la que me inquieta, con la que rompe el conformismo» comentaba en 1994 Ana María Matute a Alicia Goicoechea Redondo a lo largo de una entrevista. Han pasado justo cuatro años desde que Matute falleciera, el 25 de junio de 2014, pero su obra narrativa sigue viva. Prueba de ello es que la editorial Destino haya decidido reeditar Olvidado Rey Gudú, “la novela que Ana María siempre quiso escribir y que finalmente escribió”, comenta Paz Ortuño, amiga íntima de la Premio Cervantes. Matute comenzó a escribir Olvidado Rey Gudú entre finales de 1969 y principios de 1970, “en 1971, la novela ya estaba perfectamente escrita, sin embargo, Ana María no quiso publicarla entonces”, comenta Ortuño, “creía que no era el tiempo adecuado para libro y no sabía cómo iban a recibirlo sus lectores”. Pasarían alrededor de 25 años antes de que el libro viera la luz, años de un profundo silencio -la última novela que publicó antes de Olvidado Rey Gudú fue El río en 1975- en los que Matute, que ya tenía en sus manos el Premio Nadal, el Premio Café Gijón, el Premio Planeta, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, se había alejado de los focos y de la actualidad literaria, en la que solamente se dejó entrever con la publicación de dos libros de relatos infantiles, Solo un pie descalzo, en 1983, y El saltamontes verde, en 1986.

Fueron años difíciles, años de penurias económicas, en los que Ana María Matute siempre estuvo acompañada de Carmen Balcells, quien fue testigo de las dificultades que la escritora vivía en aquellos tiempos. “No quiero ocultarte que las estoy pasando moradas', le escribiría en 1985 la escritora a su agente, que, en aquellos años, conseguiría reeditar Los niños tontos, libro que le aportaría a Matute algo de solvencia, si bien los problemas estaban lejos de agotarse. “De joven era muy guapa, tenía éxito. Pero también la trituró su tiempo, su sociedad. De nuevo un matrimonio fatal, y la necesidad de separarse cuando nadie lo hacía, y el coste elevadísimo de hacerlo, porque no pudo volver a ver a su único hijo hasta que éste fue mayor. (…) La pena y el ostracismo la fueron echando de la vida. Cuando su segundo amor falleció, ella se dio por muerta… Pero no del todo, porque la protegió su imaginación. Durante años, olvidada, sin dinero, sobrevivió en lo cotidiano en gran parte gracias a la ayuda de su agente, Carmen Balcells, que prácticamente la mantuvo”, escribía en un artículo para El País Semanal en 2014 Rosa Montero, para quien lo que mantuvo con vida a Matute fue fundamentalmente la escritura y, en concreto, la reescritura y la corrección inagotable de Olvidado Rey Gudú. Como comenta Paz Ortuño a Librújula, Matute “escribía muy rápido, pero luego tardaba mucho en el proceso de corrección. Corregía absolutamente todo, todo lo mirada con lupa. Necesitaba encontrar el adjetivo, la palabra y la frase perfectos. El libro nunca estaba acabado”.

Cuando Olvidado Rey Gudú se publicó en 1996, sorprendió, inquietó y, sobre todo, rompió con los estándares literarios de la época. Muchos definieron la novela como un punto y aparte en la obra narrativa de Matute, que tradicionalmente había sido inscrita dentro del realismo social. Y, si bien es cierto que algunas de sus primeras novelas -Los Abel, Primera memoria o Fiesta noroeste- pueden definirse como novelas realistas que abordan temas como las consecuencias de la guerra, el cainismo, la miseria humana y la dureza de la infancia en época bélica o post-bélica, también es cierto que aquel mundo de fantasía que define Olvidado Rey Gudú ya conformaba, en palabras de Ortuño, “el universo matutiano”. No solo hay que tener en cuenta que Olvidado Rey Gudú fue escrito a principios de los setenta, es decir solo siete años después de Los soldados lloran de noche y casi apenas un año después de La trampa, dos novelas que configuran junto a Primera memoria una trilogía. Asimismo, los elementos fantásticos ya habían aparecido en los textos de la escritora barcelonesa, no solo en La torre vigía, publicada en 1971 y donde encontramos elementos que, posteriormente, Matute recuperará para Olvidado Rey Gudú, sino también en sus libros de relatos, en concreto en Tres y un sueño. “El universo de Matute era tanto Olvidado Rey Gudú como Primera memoria”; comenta Ortuño, subrayando que, independientemente de si la narración era en clave narrativa o en clave fantástica, “los temas principales eran siempre los mismo: el cainismo, la incomprensión, el desastre de la raza humana, la infancia… Todos estos temas están presentes en sus obras, aunque siempre de manera distinta”.

 

Si hubiera que resumir Olvidado Rey Gudú en una única frase habría que recurrir a las palabras de la propia Ana María Matute: “La Edad Media es la infancia de la humanidad”. Con esta novela, Matute no sólo nos lleva a esa infancia de la humanidad, sino que construye una alegoría de lo que es la humanidad y a dónde nos puede conducir su deshumanización. Dedicado a Andersen y a los hermanos Grimm, Olvidado Rey Gudú es un libro de género que transgrede el género: Matute parte de los cuentos de hadas y de la mitología para construir una obra que ni se agota en una primera lectura ni puede resumirse solamente como una historia fantástica que se desarrolla en un país inexistente en un tiempo aparentemente indeterminado, si bien por las referencias culturales que maneja y por la representación podría decirse que es la Edad Media. De esta manera, tan solo describiríamos lo exterior de la obra, su apariencia, tras la cual se esconde una crítica extremadamente dura a la humanidad, a ese cainismo que lleva a la devastación de todo y que tiene su origen en la voluntad de poder, en la crueldad hacia el otro, en las ansias de dominio. En Olvidado Rey Gudú, Matute ya no habla solamente de los años de la guerra ni de la posguerra, sino de la lógica perversa que domina la historia del ser humano y que se repite, una lógica que se concreta en la figura de Rey Gudú, un Rey incapaz de amar e incapaz de llorar, por voluntad de su madre, la reina Ardid. Gudú es solo el último eslabón: Sikrosio, Rey de Olar, es el fundador de una dinastía cruel que siempre se ha regido por las mismas leyes, el deseo de conquista a través de la violencia y el dominio: “Y no era extraño que, en la noche, apagadas casi la totalidad de las higueras (…) Gudú abandonara la tienda y se acercara a la linde de las estepas. Contemplaba allí, al resplandor de la luna, cómo ante su mirada se extendía el extenso y desconocido mundo que tan ardientemente deseaba conquistar y desentrañar”. Frente a Gudú están las regiones por conquistar: al Norte, el mundo mágico del Lago de las Desapariciones; al Sur, la civilización y la cultura y al Este, la estepa todavía por conocer, el territorio de los salvajes.

La historia de la dinastía de Sikrosio es nuestra propia historia o, por lo menos, es la historia del siglo XX, es el retrato de la deshumanización del mundo, donde las historias de amor solo pueden ser historias trágicas. La pregunta que nos plantea Matute con este libro es, ¿adónde nos conduce todo esto? “La contaminación humana es la peor de todas”, escribe la autora en su libro, una contaminación que lleva a que en “aquel racimo crecido en el ramo, donde los humanos albergan el corazón” ya no quede “más que un grano”. Olvidado Rey Gudú es la historia de una devastación y, por tanto, de un olvido: el Rey Gudú olvida todo aquello que pudo ser y todo aquello que pudo hacer, olvida la esencia del ser humano. Matute narra el olvido de lo que significa “humanidad”. Quienes lo recuerdan, Predilecto y Tontina, están condenados a un amor trágico, rodeados de violencia y sangre, porque Matute no evita estas escenas de una crueldad que, como ella misma afirmaba, están presentes en los relatos de Andersen y Grimm antes que el puritanismo los modificara y los convirtiera en inocentes relatos infantiles. Matute no busca la complacencia, busca inquietar y lo hace escribiendo para los adultos, reivindicando, eso sí, la fantasía como base de todo quehacer literario, como elemento fundamental de toda historia.

 

La isla Leonia “de un verde esmeralda”, que observa de niña la reina Ardid, no tarda en perder ese halo en ensueño y, cuando de adulta la reina Ardid vuelve a observarla, la imagen se aquella isla será bien distinta: “Allí no había ancladas naves, suntuosas y doradas, ni vestigios de fiestas ni placer. Un espectáculo desolado, desierto y reseco se ofrecía a sus ojos. Y el sol naciente únicamente arrancaba destellos a un suelo recoso, sembrado de cascotes; trozos de loza o mosaicos que algún día fueron hermosos; trozos de espejo roto, que a los primeros rayos del día semejaban estrellas efímeras, fugaces”. La imagen de la isla, en un primer momento, reflejo de la mirada inocente de una niña y, en segundo momento, reflejo de la mirada algo cínica de una adulta que ya no busca espacios en los que refugiarse no sólo resume el paso de la infancia a la edad adulta -los sueños de la infancia rotos por el mundo adulto, el mundo de fábula y sin maldad que se viene abajo con la constatación de lo que realmente es el mundo de los adultos- sino también resume el devenir de la humanidad y su olvido. El hombre olvida la civilización, el amor, la empatía y se deja llevar por la violencia, a el poder, por el control…. La primera isla es lo que pudo haber sido, la segunda isla es lo que ha llegado a ser de la mano del hombre. No es de extrañar, por tanto, que más de uno haya querido ver en Olvidado Rey Gudú una novela antibélica y, sin duda, lo es, pero Matute va más allá, porque en esta novela no se indaga sencillamente en la guerra, sino en la esencia de la humanidad o, mejor dicho, en la pérdida de esa esencia.

Escribía Pere Gimferrer sobre Ana María Matute: “A ningún otro escritor se parece. Me dirán algunos que a Faulkner; ocurre más bien que su modo de no parecerse a nadie hace pensar en el modo de no pare­cerse a nadie que Faulkner tiene. Le debemos hoscas baladas legendarias, viñetas urbanas o rurales, esquirlas de sagas broncíneas, cuajarones de epopeyas de nuestro tiempo envueltas en papel de periódico ensangrentado”. Olvidado Rey Gudú es una epopeya de nuestro tiempo, es la historia ensangrentada que día a tras día leemos en periódicos. Es alegoría de aquello que olvidamos y de aquello que pudimos hacer y no hicimos como civilización.