Teorema de los lugares raros

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Ángel Minaya publica Teorema de los lugares raros

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

Leer a Ángel Minaya (Madrid, 1964) en su primer poemario, Teorema de los lugares raros (El sastre de Apollinaire), ha sido encontrarme con versos conectados por procesos metafóricos, analógicos: o sea es una creación poética, este libro, por pura inducción analógica. Vamos, que de hecho su escritura poética se hace errática: aparece, desaparece y gira donde menos te lo esperas. Se hace múltiple, cual piedra lanzada al tranquilo lago donde desata diversas ondas concéntricas. No obstante y a primera lectura es puro fragmento de fragmentos esta escritura poética; con, si se quiere, un asunto discontinuo donde tiene cabida todo el pensamiento, desde el coloquial al filosófico, pasando por la publicidad, lo cotidiano, la naturaleza animal: “unos fuertes hilos tiene el campo la cierva se confía en la casa/ vecina abre la boca ya pidas mi destierro// te preguntas por qué escribo no creas que los versos// caí y todo el mundo huyó de la ruina”.

Creo que todo vale para este poeta licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, con estudios de doctorado en Lingüística en la Universidad Autónoma de Madrid y enseñando Lengua y Literatura en un instituto de ecuación secundaria de la Comunidad de Madrid, pues casi en cada poema cambia de asunto diríase, para retomarlo después y que encuentre su verso en esa variedades del habla, tonos y registros, donde los sistemas semióticos quedan integrados. Con lo que me recuerda a Pierre Reverdy, a Miguel Labordeta y a Agustín Fernández Mallo, grandes ‘modernos’ que serían un posible precedente, tal vez: “en este poema/ las acciones del ojo y del oído/ se escriben al final de la palabra”. Pienso que nada de lo poético le es ajeno a este poeta que sabe lidiar con el cambio social, cultural, político y religioso del momento en esos 70 poemas repartidos en cuatro capítulos: la máquina no sufre compañía, diferencias de las vacas, mundo menor, el tiempo existe en diez mil pieles rojas y una interpretación o dos, donde da por supuesto que si todo ha cambiado luego la poesía debe hacerlo también y más en la era de la posverdad. Eso sí, sin negar ni la poesía tradicional, ni la de vanguardia. Es mejor sumar que restar: “hace oscuro en una falsa geografía/ es un campo una ciudad una casa?”

lugar es una casa para poner un codo no deja de dañar

la mesa también sobre los huesos un palo sus balances

lugar es una puerta para esconder la carga perdura en la cabe-

za aislada el rastrillo de la deuda tatúa las membranas

lugar es una ventana para poner un caballo un libro alguna

cosa

Me gusta cómo utiliza los signos ortográficos, con absoluta libertad, donde brillan por su ausencia. Pero es innovador, al igual que en el pulso filosófico con el lenguaje. Todo es necesario, nada está proscrito, qué grande Wittgenstein. El lector de este poemario, poemas en verso y prosa, donde todo es temor y temblor, azar y necesidad, debe tener en cuenta que su lectura será activa, el poeta busca la complicidad cultural de la persona que lee, y le pide que se deje llevar en y con esta poesía; no nueva, pero a la que no estamos acostumbrados. Es una poesía potente, libre y nada cursi. No busquen otra cosa: “pues al niño le hemos puesto gafas/ qué nombre tan feo!” No creo que Minaya sea muy leído, aunque sea necesaria y justa su lectura, pues es un asombro de vivir y de traducir esas vivencia en versos; pero que es un poeta imparable de eso estoy seguro. Es su escritura del todo impactante, objetiva y esencial. Son poemas instantes, fragmentos de tiempo. Son como la huella del tiempo en el espacio. Son versos luz en una realidad de sombras. ¡Enhorabuena, poeta Ángel Minaya!