"Este mundo de usar y tirar no tiene futuro" Antonio Muñoz Molina

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Begoña Piña entrevista a Antonio Muñoz Molina

 

 

 

Texto: BEGOÑA PIÑA

Foto: IVÁN GIMÉNEZ

 

Un día dejó la bicicleta a un lado y empezó a caminar por la ciudad. Comenzó a escuchar el ruido de alrededor y las conversaciones de la gente por sus teléfonos móviles, a leer los anuncios de la calle, del metro, los letreros… a recoger papeles con mensajes… La obsesión iba creciendo y abandonó una novela que estaba casi terminada para seguir mirando y escuchando a la ciudad. Y entonces recuperó la memoria de esos escritores que le despertaron en su juventud la sensación de la realidad inmediata. Y quiso impulsivamente seguir sus pasos. “Si no hubiera leído a esa gente no hubiera visto lo extraordinario de esa realidad. Thomas de Quincey escribió Las confesiones de un comedor de opio. Edgar Allan Poe las leyó y escribió El hombre de la multitud. Charles Baudelaire leyó a Poe y a De Quincey y los tradujo y creó sus Poemas en prosa sobre París. Y Walter Benjamin leyó y tradujo a Baudelaire”. Y Antonio Muñoz Molina continúa ahora esa caminata que empezó a principios del siglo XIX. Con un lápiz y una libreta, ojos y oídos abiertos, va construyendo su libro-collage Un andar solitario entre la gente, una obra que refleja este mundo “basado en la producción incesante de basura”. Y, con fotografías y recortes de prensa y de publicidad, crea otros collages, poemas visuales que acompañan a otros poemas escritos con titulares de periódicos, a las reflexiones de su único personaje de ficción, a las cavilaciones construidas alrededor de aquellos escritores… Es un ejercicio de “deambulología” de Antonio Muñoz Molina, que, saciada su curiosidad, está lanzado ya a otra aventura literaria.

Este no es un libro convencional. ¿Su origen tiene algo que ver con el deseo de buscar nuevos caminos narrativos?

No, nada que ver. Es una cosa más natural, muy propia del proceso de creación… En realidad, todo esto empezó por una manía. Un día se abren tus oídos y tus ojos al espectáculo que tienes alrededor y al que no prestas nunca atención. Todo a nuestro alrededor está reclamando nuestra atención, pero no se la prestamos, no se la damos porque el mundo es muy ruidoso y también porque hay una gran industria de la distracción, hay muchos reclamos. Y todos viven en su pequeño espectáculo, en un mundo grande se pasan el día viendo fotos de familia. Yo estaba trabajando en otras cosas, en una novela casi terminada que dejé. Me quedé con esto, porque no sabía qué era y me atraía más.

Pero esa manía de la que hablaba…

Los libros, si trabajas con honradez, son cosas inesperadas. Van surgiendo. Un libro es algo que me sucede, que me ocurre. Este ha sido un deseo de dejarme llevar, no, un deseo no, algo inevitable. Dejé de ir en bicicleta, es como una obsesión que te entra. Yo soy muy maniático y me leía todos los letreros del metro, quería escuchar todas las historias alrededor, iba por la calle recogiendo papeles, hojas… Una manía que no sabía dónde me llevaba. Al principio intenté memorizar, pero no podía y empecé a grabar por la calle.

Y, prestando atención a la realidad inmediata, ¿ha cambiado su percepción del mundo en el que vivimos?

El libro es una especie de espejo. Me he dado más cuenta de que este es un mundo basado en la producción incesante de basura. Precisamente por eso el libro tiene una deriva ecologista intensa. Todo ahora consiste en lo mismo, la publicidad que te urge a comprar, las promesas, los mensajes casi siempre eróticos… El otro día vi las servilletas de una cafetería que tenían escrito “cada mañana me enamoras”. Todo es basura de la que se usa y se tira. Todo es un gran río de productos que derivan a la basura. En 2050 habrá más plásticos que peces en el océano.

Pero usted emplea justamente esa basura para crear arte en este libro, ¿no?

Ahora todo es una catarata continua de cosas que se tiran, entonces mi idea era que los materiales empleados para expresar este mundo de basura fueran también materiales de desecho. La obra de este tiempo tendrá que hacerse con materiales de desecho.

Hay reflexiones literarias, poemas construidos con titulares de prensa, collages… y menciones al fenómeno de los payasos asesinos. ¿Qué tienen estos de especial en este retrato que usted construye?

Es la paranoia universal. En medio de un mundo en el que hay muchas noticias, es una cosa siniestra.

Vivimos en un mundo en el que nos asustan los islamistas y de pronto aparecen payasos asesinos, un idiota gasta una broma en San Sebastián de los Reyes y cunde el terror. Este es un mundo en el que hay propensión apocalíptica. Los poemas hechos con sucesión de titulares dan una sensación de amenaza y de catástrofe.

Y, en medio de toda esa atmósfera apocalíptica, del miedo, de todo ese horror, están sus escritores, paseando por ciudades, escribiendo libros ambientados en ciudades… ¿por qué?

Es una reflexión sobre la genealogía del arte y la literatura moderna. La literatura con la que seguimos viviendo es la de la ciudad, la de la caminata por la ciudad. Los escritores aquí salen al hilo real, no me lo he inventado yo. Es una continuación de esa caminata de principios del siglo XIX. De Quincy escribe Las confesiones de un comedor de opio, Poe las lee y escribe El hombre de la multitud, Baudelaire lee a Poe y a De Quincey y los traduce y crea sus Poemas en prosa sobre París y Walter Benjamin lee y traduce a Baudelaire. Hay como una caminata, la que yo hago es una continuación de esa caminata que empieza a principios del siglo XIX.

Y con estos escritores termina el libro en un capítulo curioso…

El último capítulo es chocante, es una vuelta a los 1980. Pero es que mi visión de la literatura y de la vida está inspirada por esta gente. Intento cambiar la sensación de despertar a la realidad inmediata, y por ellos por primera vez yo tuve esa sensación, fundadora en mi vida. Iba por la calle y vi que eso era extraordinario y no lo hubiera visto si no hubiera leído a esta gente. En mi primer libro ya hablo de estos escritores. Hay un deseo de trazar esa historia, mi caminata, la prolongación de algo, de esa procesión del XIX, entre el Bronx y Madrid.

Esas ciudades por las que caminan sus escritores eran distintas unas a otras, pero hoy hay una homogeneización en el mundo. ¿Qué siente ante ello?

Esto es algo que ya empezó entonces, el desarrollo de la ciudad coincide con el estallido del capitalismo, que es lo que lleva a esa homogeneización. Eso produce sobre todo desolación. Vivimos en el reino de lo mismo. Miras los aeropuertos y son iguales los anuncios en Barajas que en Singapur.

No todo es desolación en Un andar solitario entre la gente…

No, también hay una parte en el libro de celebración. Para asomarte al mundo tienes que salir de ti mismo, de tus obsesiones. Es una celebración pudorosa, el relato de la salida del ensimismamiento de la depresión, porque si estás metido radicalmente en ti mismo, estás en un estado de depresión. Es una reivindicación de la libertad personal y de la capacidad de plenitud. Por eso en el libro hay varios ejemplos de artistas dedicados a su arte. Y hay una conversación con un amigo pintor, que tiene 81 años y que cada día se levanta a las cuatro de la mañana a pintar. Y me dice: “No tengo miedo”. Es la felicidad de entregarte a lo que te gusta.

A propósito de las artes plásticas, usted ha incluido unos cuantos collages en el libro: ¿imágenes y palabras que mezcladas se transforman?

Sí, es el sentido del collage. Las cosas al mezclarse revelan algo fundamental que estaba por debajo.

Y, volviendo a sus escritores, ¿cómo cree que el lector conectará con ellos?

Por sus vidas, las vidas de estos escritores. Son los profetas de la modernidad, gente que ha tenido vidas desgraciadas porque el trabajo que hacían no tenía sitio en el capitalismo. Son personas que intentaron tener una vida en los periódicos. En el libro cuento una noche de insomnio de Baudelaire que se pasó calculando el dinero que había ganado en la vida. El siglo XIX es el del estallido de la revolución industrial, de la ciudad y del capitalismo. Es fácil reconocernos en esos artistas porque el mundo que ellos vieron nacer es el mundo en el que vivimos nosotros hoy.

¿Pero vivimos la ciudad de la misma forma?

Para ellos, la ciudad se va convirtiendo en un espacio de experiencia humana. Ellos mencionan la iluminación, porque con ella se cambia la percepción del mundo. La noche se llena de claridad y se pueden ver los escaparates, a las prostitutas, vas más seguro por la calle. El gas está en todas sus obras… Otra vez, el arte siempre trabaja con los materiales que tiene a mano. Baudelaire, el inventor de la palabra modernidad, decía que la belleza tiene una mitad eterna y otra, actual. La tarea del creador es encontrar ese equilibrio. El de la belleza que corresponde a su tiempo.

¿Siente como artista la responsabilidad de advertir sobre este mundo "de la basura"?

La responsabilidad que tiene un artista no es más que la de hacer su trabajo lo mejor posible.

En su libro propone al lector que se pregunte cuál es su relación con el mundo. ¿La suya cuál es?

Nuestra relación con el mundo en muchos casos está adormecida y eso es muy fácil porque las tentaciones de adormecimiento están por todas partes. En realidad, es difícil no dejarse arrastrar por esa distracción permanente. Pero también todos tenemos momentos de percepción plena de las cosas y eso es lo que le da sentido a la propia experiencia, ver las cosas como son. Estar presente en el sitio donde estás en el momento. Mirar y escuchar lo que tienes alrededor. Es como la palmada del satori.

¿Se ha llevado alguna sorpresa haciendo este libro? ¿Ha descubierto algo?

Me ha sorprendido el nivel de ruido. Empecé trabajando con el iPhone, dictándome, grabando pregones callejeros -una gitana que vendía melocotones-, gente hablando por teléfono… Escuché a un hombre en una cafetería, estaba conmovido, y decía: “¿De verdad que te lo has puesto?”. Imagínate la historia que hay detrás de eso… Al escuchar lo que había grabado lo asombroso era el volumen horrendo del ruido, no era consciente de ello. Por eso también hay momentos de silencio en el libro.

Y trabajó con un lápiz, ¿un anacronismo para un libro que retrata la sociedad de los móviles, de la rapidez…?

El lápiz no es un anacronismo, hoy las artes manuales están volviendo, mira a la gente que se dedica a colorear... Muchas cosas de las que decimos que parecen anacrónicas son cosas del futuro. Antes lo decíamos de los tranvías, las bicicletas, de la austeridad, de caminar… Hay que reconocer los propios límites y usar lo de antes. Este mundo de usar y tirar no tiene futuro. Lo que sí lo tiene es la contención, el cuidado de las cosas, volver a usarlas…

¿Un andar solitario entre la gente podría considerarse una especie de continuación de Todo lo que era sólido?

Bueno… es que uno quiere contar el mundo, dar testimonio de lo que tiene delante. Por eso los libros de memorias, los diarios, son valiosísimos, porque con ellos podemos ver cómo era percibir las cosas en el momento. Porque todo desaparece muy rápido…y luego además están las retrospectivas falsas, interesadas.

¿Ha saciado la curiosidad que sentía con este libro?

Lo que pasa es que yo siempre estoy en estado de inquietud, la inquietud se me acelera mucho. Ha sido un año de trabajo, ahora ya estoy en otra cosa.

Pero ¿este libro ha cambiado su perspectiva de alguna manera?

Me ha vuelto más crítico con las cosas concretas, más entusiasta por una parte y por la otra, más disidente.

¿Más entusiasta de lo local, por ejemplo?

Lo específico y lo local es lo más valioso. Vivimos en el horror de lo mismo, pero yo no quiero comer igual en todo el mundo, no quiero ver las mismas películas… Quiero disfrutar lo concreto, que está ahí, lo específico de cada ser humano y de su sitio.