Todos deberíamos pasar al menos un día en un campo de refugiados

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Crónica de Ainhoa Rebolledo sobre su visita a un campo de refugiados en Belgrado

 

 

 

Texto: AINHOA REBOLLEDO

Foto: ARNAU P. 

 

Huyen de muchos peligros, si no, no pasarían por esto". Viajar es una de las experiencias más enriquecedoras, como escribió Louis Férdinand Céline: "Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas". En 2016 recorrí Bosnia y Hungría; además, pasé por Atenas. En el Museo del Holocausto de Budapest exhibían reproducciones de las marchas de los judíos por la capital, muy similares a las que había visto meses antes de llegar a Hungría por TV: personas hacinadas en la estación de Keleti-Budapest, cuya única salida era llegar hasta Alemania. "Wir schaffen das", anunció la canciller alemana Angela Merkel y con ese "¡Podemos hacerlo!", en verano de 2015 abrió las puertas de la frontera alemana a todas aquellas personas atrapadas en la zona de los Balcanes. Países como Hungría, a cambio, cortaron la conexión ferroviaria y esas personas tuvieron que caminar unos 600 km para llegar a un lugar seguro. Escapaban de una guerra. No tenían documentación. Llevaban todas sus pertenencias encima. Esas personas, resulta necesario subrayar que lo eran, tuvieron que recorrer una distancia similar a la del Camino de Santiago, desde Roncesvalles, pero no eran peregrinos: Eran refugiados.

Unos días antes de llegar a Hungría, consulté distintos foros de TripAdvisor para planificar mi viaje y leí hilos en los que se hablaba de los refugiados. Sin embargo, no era para ayudarles sino para esquivarlos: "¿Cómo puedo ir de Budapest a Belgrado en tren?". "¿Es seguro visitar Hungría?". Muchos turistas cambiaron Budapest por Praga. Antes de visitar Hungría, recorrí Bosnia. Me interesaba visitar una zona de conflicto, comprobar cómo vivían los bosnios en la actualidad, oler en sus calles si se podía superar una guerra tan brutal como la de los Balcanes en apenas veinte años. Cuando llegué a Sarajevo, conocí a un chaval bosnio, rubio y apuesto, llamado Denis, que me confesó que Sarajevo y, por extensión, Bosnia, eran lugares aburridísimos, y que lo mejor que podía hacer era ir a Belgrado, como hacían él y sus amigos en cuanto ahorraban un poco de dinero. Denis estudiaba cine y llevaba tatuada la hoz y el martillo en el hombro, había nacido en la Sarajevo asediada. Su abuelo había defendido a España del fascismo, luchando con las Brigadas Internacionales. Ese verano España no tenía Gobierno. "Aquí en Bosnia también estamos sin Gobierno", me contó Denis. "¿Y cómo lo solucionaréis?", pregunté. "Pues yendo a una guerra, aquí en los Balcanes tenemos una guerra cada veinte o treinta años y ya va tocando". Denis añadió que, según una encuesta de un periódico de Sarajevo, el noventa por ciento de la población votaría por Tito en caso de que se presentara a las elecciones. El Mariscal Tito dirigió la Yugoslavia comunista con mano de hierro, manteniendo unidos a pueblos muy diferentes, pero ahora está muerto, enterrado en Belgrado. Tras su fallecimiento, Yugoslavia, y en concreto Serbia, pasó de tener un partido único a celebrar unas elecciones que ganó Milosevic de forma fraudulenta, quien además sacó tanques contra su propia población para acallar las protestas. Siguiendo los consejos de Denis, viajé a Belgrado meses después. A pocos metros de la estación de tren se encuentra el antiguo edificio de la radio-televisión serbia, bombardeado por la OTAN en 1999. Se mantiene intacto, como un recuerdo de la guerra. Para llegar a la capital serbia volé a Timisoara, Rumanía, con una aerolínea de bajo coste, y, tras seis horas de microbús, el conductor me dejó en la estación de Belgrado. El conductor, serbio, estaba enfadadísimo conmigo al terminar el viaje: como iba sola, me ofreció su compañía durante mi estancia en Belgrado, que yo decliné amablemente, y a cambio me pidió que tuviera mucho cuidado por la ciudad, especialmente con los refugiados. Cuando le pregunté por qué eran peligrosos, me contó que a su cuñada le habían intentado robar el bolso y se había pasado una semana entera en la cama, en estado de shock. "¿Pero se lo robaron?", pregunté. "No. Pero son muy peligrosos".

Belgrado. Al fin estaba Belgrado. Había leído que Belgrado pronto se pondría de moda como Barcelona, y es verdad, sigue el mismo modelo de turismo: historia, arquitectura y diversión. Como la capital catalana, también tiene una catedral en obras: el templo de San Sava se dejó planificado antes de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi (Belgrado es, junto a Rotterdam, la única ciudad europea que fue bombardeada y destruida tanto por los Aliados como por las potencias del Eje), pero Tito no permitió que los trabajos se terminaran. Con la llegada del Capitalismo, las obras se reanudaron y actualmente esta catedral ortodoxa se encuentra llena de andamios. En 2017, Belgrado ya está totalmente colonizada por europeos borrachos, tiene restos otomanos que visitar y el río Danubio con playas artificiales, que es más impresionante que el mar Mediterráneo. Actualmente, una empresa qatarí, Eagle Hills, está construyendo con petrodólares rascacielos de lujo, un gran centro comercial y un sinfín de comodidades en la ribera del Danubio, precisamente en la zona donde se alojaban los refugiados, y de la que fueron expulsados por la fuerza, impregnando los barracones con pesticida para que no regresaran. Qatar, además de Arabia Saudí, es, según WikiLeaks, uno de los países que más financia el Daesh.

Disfruté de Belgrado veinte horas, mi felicidad en esa ciudad hermosa y barata duró hasta que, después de cenar un goulash delicioso en el restaurante Zavicaj, me encontré en el parque Finansijski con la guerra de frente: parecían niños mendigos, pero una señora serbia me indicó que eran refugiados afganos. Me contó que todas las tardes bajaba a pasar un rato con ellos. La señora me dijo que lo hacía porque no había podido tener hijos y que, además, nadie entendía su solidaridad: recibía desprecios por parte de su entorno más cercano, incluso de su marido, a quien culpaba por no haberle dado descendencia. "Ahora, que se aguante si no estoy en casa a la hora de cenar". Recuerdo todas y cada una de las frases que me dijo, pero no su nombre. Los niños, tenían entre 14 y 18 años, reían nerviosos, pues no estaban acostumbrados a que una mujer les hablara. Hablaban muy buen inglés. Al rato, apareció un catalán, Arnau, que venía con un grupo de españoles y un cargamento de tortillas para que cenaran. Hablé brevemente con Arnau, pero me invitó a acompañarle al día siguiente al campo de refugiados que estaba a las afueras de Belgrado. Esa noche fui a dormir a mi hostal, pensando mucho en lo que había visto, pero no sabía que a partir de esa noche no volvería a poder dormir en paz nunca más. Al día siguiente, compramos el material para fabricar cometas (varillas de madera, bolsas de plástico de colores, hilo de coser y varias tijeras, "Ya verás cómo se vuelven locos con las tijeras", me advirtió Arnau) y cogimos el autobús hasta Obrenovac, un pueblo de la periferia a treinta km. de Belgrado. Tras desmantelar los barracones de la ribera del Danubio, el gobierno de Serbia habilitó dos campamentos a las afueras de la capital: los 3.000 refugiados de los barracones se dividieron aleatoriamente y muchos amigos y familias se fragmentaron. Del campo podían entrar y salir, podían comer a la una y cenar a las ocho, pero, el día que Arnau y yo pasamos allí, ninguno fue a cenar. Quise visitar el campo por dentro, pero Arnau dijo que no era el mejor día porque UNICEF lo estaba visitando y a la ONU no le gustaba que la observaran.

Fabricamos y volamos las cometas, bueno, yo lo intenté, pero ellos eran unos genios: volaban el Patang desde su más tierna infancia en Afganistán, las cometas para ellos eran como el balón de fútbol para un niño español. Sin embargo, es improbable que un niño español vaya a ser agasajado con juguetes en un continente extranjero. La fiesta culminó cuando compramos una sandía, que por supuesto no me dejaron pagar, y la cortaron con una navaja. A mí, la sandía ("the red thing", como ellos la llamaban) nunca me había gustado demasiado, pero desde ese día además me pone muy triste comerla. Pasé un día en un campo de refugiados, en azúcar de sandía, con un montón de niños afganos que me enseñaron todos los privilegios que tengo. Pasamos todo el día hablando, de tonterías y de cosas serias: me explicaron que, en Afganistán, al cumplir los 18, el ejército (Al-Qaeda o Daesh, no supieron nombrarlo) acude a buscarlos a su casa y por eso sus padres reúnen dinero antes de que cumplan la mayoría de edad para enviarles a Europa. Hablamos de música, de la muerte y de Facebook, yo les hablé de Madrid y contesté varias veces a la pregunta de si estaba casada. Horas después, me preguntaron si había bares en Madrid y yo, de forma inesperada, rompí a llorar porque claro que había bares en Madrid, que ellos no podrían disfrutar jamás. Más tarde, Arnau me reprocharía entre risas que, a pesar de que me contaran que habían matado a su familia delante de ellos, que no tenían nada, que escapaban de la muerte, a mí lo que me conmovió realmente fue pensar que nunca podrían entrar en los bares que yo frecuento con naturalidad. Al terminar el día, recogimos los restos de las cometas, pero no había ni rastro de las tijeras: "Se las quedan para cortar la alambrada de la frontera", me contó Arnau. "Siempre hacen lo mismo y tengo que volver a comprarlas una y otra vez". Dos días después, viajé a Zagreb y de allí a Madrid, me pasé dos semanas llorando. En Zagreb pude conversar sobre los refugiados con la chica de la oficina de cambio de divisas, quien me explicó que los refugiados eran terroristas, que querían tomar Europa para convertirla al Islam. Siempre que he hablado con alguien de lo que vi y sentí, me he sentido incomprendida. En Madrid me han dicho que "ya se me pasará".

Jani llegó a Belgrado a través de Irán, Turquía y Bulgaria. "En Turquía se estaba mejor que en Serbia, pero aquí estamos cerca de Europa". De Bulgaria no hablan nunca, porque es un infierno. La peor policía es la croata y la húngara. Jani me enseñó un video en el que cruzaban Irán quince personas dentro de un coche, más otros cuatro en el maletero. Ahora, su plan era entrar en Europa a través de Italia. Meses después, cuando escribo estas líneas, lo sigue intentando. Lo intentó cruzando Rumanía, pero al llegar a Hungría lo deportaron a Serbia. Lo intentó a través de Croacia varias veces. Cada intento es mucho dinero, puesto que hay mafias que trasladan a los refugiados. Jani me contó que le ofrecieron llegar directamente a Austria a cambio de 4.000 euros: un billete de avión de Belgrado a Viena cuesta unos 100 euros. Samiulhaq era un afgano guapísimo: siempre aseado, se peinaba todo el rato. Desde Belgrado, llegó a París en octubre de 2017. Dormía en un parque y estaba solo. Pasó once meses en Belgrado. En invierno, hacía mucho frío y nevaba, no tenía comida ni donde ducharse. En los barracones, prendían hogueras para calentarse con sus compañeros, que la nieve apagaba. Entonces, las encendían en el interior del barracón, pero luego no podían dormir porque todo estaba lleno de humo. Me dice que decidió dejar Afganistán porque quería vivir en paz. De París, llegó a Calais y desde entonces ya no me escribe. Sajjad, también, llegó a través de Bulgaria. Cruzó la frontera pocas semanas después y llegó a Alemania. De allí viajó en autobús hasta París y ahora vive en la banlieue a la espera de que le concedan el estatus de refugiado, el asilo. El proceso para pedir el asilo es muy largo y complicado, además, casi siempre lo deniegan. Sajjad me dice que va al colegio y está estudiando, pero sé que me lo dice para que no me preocupe por él, para que no esté triste. Los refugiados me consolaron a mí, y yo lo único que sé hacer a cambio es enviarles palabras de aliento por el Messenger del Facebook. "Huyen de muchos peligros, si no, no pasarían por eso. Aquí en Serbia están bien", me dijo Arnau mientras yo lloraba, consciente de que estos refugiados afganos nunca llegarían a nada. Estos son solo tres, hay muchos más, no se sabe el número exacto de refugiados que intentan llegar a Europa, pero en los últimos dos años han sido más de dos millones. A los 3.000 que murieron intentando cruzar el Mediterráneo no les pude conocer.