Escribir para sobrevivir a una cadena perpetua.

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Curtis Dawkins, condenado a cadena perpetua por asesinato, publica Hotel Graybar (Seix Barral)

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“La noche que maté a un hombre fue un trance terrible, en particular para su familia, para la mía… para todos los que sufrieron un trauma por mis acciones. Tendré que lidiar con la culpa y el dolor”, escribe Curtis Dawkins desde una prisión federal de Michigan. Podríamos decir que todo empezó la noche de Halloween del 2004, pero, en realidad, no fue así; la escritura no apareció en la vida de Dawkins entre las rejas de la prisión, sino mucho antes, antes, incluso, de estudiar en Western Michigan University, donde realizó un “Master of Fine Arts” y donde conoció a su mujer, Kimberly Knutsen, escritora y profesora universitaria. En efecto, como recuerda la propia Knutsen para The Observer, Curt, como ella lo llama, consiguió una plaza en la Universidad de Michigan tras ganar el Illinois Arts Council con un relato.

La cárcel, por tanto, no convirtió a Dawkins en escritor, si bien, como él mismo reconoce y como recuerda Knustsen, tras terminar sus estudios en Michigan, Dawkins abandonó la literatura y comenzó a trabajar como comercial de envolturas cárnicas, trabajo que le obligaba a estar muchos días fueras de casa. Como cuenta en uno de sus relatos más biográficos, “573543”, fue entonces cuando comenzó a consumir y a beber: “Me decía a mí mismo que no pasaba nada por tomar relajantes; no lo hacía para colocarme, al fin y al cabo. Pero poco a poco, como las estrellas encendiéndose de noche, los fuegos lejanos regresaron. Pronto me descubrí al frío cielo nocturno sin comprender que la noche había llegado”. A diferencia del personaje de su relato, Dawkins no optó por la ketamina, sino por el xanax, el alcohol y el crack.

La noche de Halloween de 2004, tras consumir crack y alcohol, completamente alterado, Dawkins mantuvo una discusión con Thomas Bowman. La discusión, comenzada en la calle, terminó en el apartamento de Bowman, que murió asesinado por Dawkins, que le disparó con un revólver Smith & Wesson del calibre 357. Tras asesinar a Bowman, Dawkins mantuvo secuestrado como rehén a uno de los vecinos del bloque de apartamentos hasta que un negociador en compañía de Knustsen consiguieron que depositara el arma y se entregara. En 2005 se celebró el juicio y fue condenado a cadena perpetua. Ya en prisión, Dawkins no tardó en escribir su primer relato, “La prisión del condado”, donde narra, como también lo hace en “El chico que soñaba demasiado”, la cuarentena, el periodo de tiempo que pasan los presos de Michigan en una institución especial antes de ingresa en la prisión del Estado: “Dedicamos la hora de trayecto hasta Jackson, Míchigan, a soñar en voz sobre las ventajas de la cuarentena frente a la prisión: cómo sería salir a tomar el aire cada día, fumar y ver café, porque eso era lo único que sabíamos de la cuarentena, aparte de que era el periodo de uno o dos meses entre la prisión del condado y la cárcel en el que se nos evaluaría (….) para determinar a cuál de las cuarenta y tantas cárceles de Michigan (y de qué nivel: 1, 2 0 4) se nos iba a enviar.”

Escritos principalmente en primera persona, los relatos reunidos en Hotel Graybar narran la realidad de las cárceles norteamericanas. Sin embargo, lejos de quedarse en la mera descripción del lugar y del ambiente y lejos de caer en el morbo al que nos tienen acostumbrados determinadas series o reportajes, donde solamente se hace hincapié en los aspectos más violentos y más escabrosos de la vida carcelaria, Dawkins opta por poner el foco en los personajes, centrándose no tanto en el escenario, cuanto en la experiencia de quien ahí vive. Como apuntaba Sandra Newman en su reseña para The Guardian, Dawkins nos narra a lo largo de sus relatos una serie de aburridos y claustrofóbicos días, a los que los presos se enfrentan en una constante lucha entre el deseo de sobrevivir o el abandonarse. En la cárcel, enloquecer y soñar se vuelven dos caras de la misma moneda: son dos formas de evasión, dos maneras de proyectar una vida que es imposible vivir, dos maneras de mentir a uno mismo y al otro sobre una vida y una identidad que no solo nunca se ha tenido, sino que ya no es posible tener, porque en la cárcel ya no hay nombres, solo números. “Cuando la gente pirada acaba en la cárcel puede ser lo que se le ocurra. Un yonqui se convierte en un antiguo proxeneta de lujo. Un evasor de impuestos, en un maestro de la falsificación y campeón de póquer. Hay golfistas de la PGA y pilotos de NASCAR”, cuenta el narrador de “Acorralado”, que se hace pasar por guionista de algunos capítulos de Seinfield. Así como Dawkins reconoce que la escritura es su flotador, la ficción es, en gran medida, el flotador de los personajes de sus relatos. Sus historias nos evocaciones de un pasado que recuperan desde el arrepentimiento, pero también desde la nostalgia, conscientes de que ya no hay un afuera para ellos, sino solo un adentro, el adentro de la prisión: “Algunos reclusos se pasan treinta años sin ver dinero de verdad. Vi aquella moneda como una buena señal, la froté entre los dedos para sacarle brillo y la lancé al pozo de los deseos del váter el día que partí hacia Pensilvania”, cuenta uno de los personajes.  En la cárcel, se imita a la vida, pero la imitación siempre termina agotándose por sí sola. La ficción, es decir, el fabular o, si se quiere, el mentir es la forma de huir de ese agotamiento, de seguir proyectando una existencia cuando, en realidad, no hay nada que proyectar. De ahí que los personajes de Dicker pasen algunas de sus horas frente a destartalados y viejos televisores, a través de las cuales no solo tienen contacto con el exterior, sino que entran a formar parte de historias de las que no son partícipes. Así, uno de los reclusos se enfada porque no entiende por qué no le han invitado a él al programa de Oprah o el pobre loco de otro de los relatos termina sustituyendo con sus interpretaciones a la serie del mediodía. 

¿Es, como dice el New York Magazine, Hotel Graybar “el mejor libro de relatos escrito por un titulado universitario condenado a cadena perpetua que leerás este año o, probablemente, que leerás nunca”? Los superlativos son siempre complicados en términos literarios; lo cierto es que los relatos de Dawkins son más que notables, sobre todo porque, si bien la experiencia en prisión es el punto de partida, indagan en temas que van más allá de la experiencia en prisión: la culpa, la desesperanza, los sueños y las ansias de supervivencia. A pesar de ellos, todos los relatos -el último es, relativamente, una excepción en cuanto narra el regreso a casa de un preso- tienen el mismo trasfondo, todos comparten los “mismos” personajes y sus mismas problemáticas. Es decir, todos los relatos repiten un mismo patrón narrativo. De ahí que haya que preguntarse si, tras Hotel Graybar, será capaz Dawkins de seguir escribiendo y crear un mundo literario independiente de su experiencia en prisión. Pero, ¿cómo escribir cuando se sabe que se está condenado de por vida? Y, sobre todo, ¿cómo juzgar cuando el solo hecho de buscar en la literatura una forma de salvación es de por sí una proeza?

En febrero, The Guardian publicaba que Hacienda le reclama a Dawkins parte de las ganancias obtenidas con la publicación del libro, afirmando que esas ganancias no podían ser entregadas a su familia. Asimismo, Kenneth Bowman reclama que el dinero ganado por Dawkins debía ir a la familia de la víctima. Lo cierto es que la discusión sobre las ganancias obtenidas por el libro nace del hecho de que Michigan es uno de los más de 40 estados donde los detenidos puedes ser obligados a pagar por el coste que supone su encarcelamiento. Prueba de ello es que, siempre según The Guardian, la prisión de Michigan obtuvo en 2017 3, 7 millones de 294 detenidos. Lauren-Brooke Eisen, autor de dicho estudio, subrayaba hace algunos meses que la exigencia de estos pagos es una forma cruel e inusual de castigo. Lo cierto es que, hoy y aquí más que nunca, es necesario creer en unas instituciones penitenciarias cuyo objetivo último es la reinserción. En el caso de Dawkins, la literatura es mucho más que un flotador, es una forma de reinsertarse en esa sociedad de la que él mismo se expulsó. “A menudo siento tanta tristeza y tanta amargura en mi corazón que parece que me vaya a explotar. Pero veinticuatro horas después de oír cómo se cierra la puerta de la cárcel ya has descubierto que o mueres arrepintiéndote del pasado o aprendes a vivir en el presente. Para mí, la ficción es una parte muy importante de ese presente”, escribe Dawkins. Poco más se puede añadir.