Muertos que hablan

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texto ANTONIO ITURBE  foto ARCHIVO

El irresistible encanto de la literatura forense.

Me espera en su despacho de los Juzgados de Girona el doctor Narcís Bardalet, una institución en el mundo forense, con 33 años de carrera. Una de sus actuaciones más llamativas ha sido la de hacer la autopsia a los restos del pobre Dalí, al que hubo que sacar de la tumba por una estrafalaria petición de paternidad. Atravesamos una puerta y cada vez queda más atrás el murmullo de los juzgados. Se va haciendo el silencio. Bajamos hacia la sala de autopsias, estas cosas siempre están en los sótanos.

Pasamos frente a los armarios metálicos refrigerados donde se guardan los cadáveres y en uno de ellos la temperatura señala -16,8º. ¿Por qué tanto frío? “El juez no autoriza el entierro”. Lleva aquí desde noviembre en una espera glacial. La sala de autopsias me la había imaginado como un quirófano, pero esto es una pescadería. La camilla es una pileta metálica con desagüe, hay una manguera colgada a un lado y, encima, una báscula de pesar boquerón. El metal está mojado. Han tenido autopsia, “un suicidio...”. Al ver mi extrañeza por la modestia del lugar me dice que “es más sencillo que un quirófano porque aquí no es necesaria la asepsia”.

El doctor Bardalet no se sienta detrás de su mesa doctoral, sino que rompe las distancias y se pone a mi lado. Me cuenta casi como si me susurrara al oído y, más que hablar, reflexiona en voz alta. Le pregunto cómo eligió ser un médico que no puede curar. Me explica que su abuelo era juez de paz en Sils y por las noches la Guardia Civil venía a avisarlo. Esas visitas lo angustiaban mucho. Así que a los 14 años, en lugar de pedir un Scalextric, pidió ver su primera autopsia: “Fue la manera de romper una barrera de miedo”. Descubrió que el cuerpo humano por dentro es fascinante. Después, estudió medicina con la especialidad de pediatría... ¿No es lo opuesto?, pregunto. “Hay cierta similitud entre la pediatría y la medicina forense”. No la veo. Sonríe: “El paciente no te habla, lo has de adivinar todo”.

Pocos saben tanto sobre la relación entre la vida y la muerte como el forense. Un personaje magnético para la literatura porque es un médico que no cura pero que hace hablar a los muertos. El novelista Antonio Garrido, en El lector de cadáveres, nos ponía tras la pista del médico y juez chino Song Ci, quizá el primer forense de la historia. Noveliza la vida de este personaje real autor de los primeros tratados de medicina legal en la China del siglo XIII, donde solo los jueces más sagaces alcanzaban el título de «lectores de cadáveres».

En La ciencia en la sombra, el profesor de Biotecnología Criminal y Forense en la Universidad Politécnica de Valencia José Miguel Mulet señala en cambio cómo primer antecedente de caso criminal resuelto por la ciencia forense fue uno del siglo VII, cuando Tie Yen Chen resolvió el caso de un hombre que había aparecido degollado en un campo: “Reunió a todos los sospechosos con sus hoces en la plaza a la hora del mediodía... y el olor de sangre atrajo a las moscas, que volaron hacia la herramienta del culpable”.

El infalible instinto de las moscas verdes para detectar la carne muerta a muchos kilómetros de distancia lo explica con estremecedora precisión un libro publicado por Alba: La granja de cadáveres. Una granja donde lo que se cultivan no son zanahorias sino difuntos. Pero no hay nada morboso, sino un extraordinario trabajo científico del doctor Bill Bass al crear, en colaboración con la universidad de Tennessee, un laboratorio al aire libre donde se descomponen cadáveres para su estudio. Bass cuenta con deportivo sentido del humor que se dio cuenta de la necesidad de ese lugar cuando en 1979 él mismo metió la pata estrepitosamente al datar la muerte de un cadáver de aspecto muy rosado en menos de un año cuando se trataba de un general confederado muerto en la guerra de Secesión más de un siglo atrás.

Los forenses están de moda en la novela: Kay Scarpeta es la forense rubia, divorciada, adicta al tabaco y al café creada por Patricia Cornwell y que va por su libro número veinticuatro en Estados Unidos: Caos, que se publicará en España en 2018. Quirke es el forense del Dublín de los años 1950 de Benjamin Black: un cascarrabias que tiene su despacho principal en la taberna McGonagle y que prefiere la compañía de los muertos a la de los vivos. La forense Temperance "Tempe" Brennan es la protagonista de las novelas de Kathy Reichs. Su personaje —rejuvenecido por exigencias de la televisión— protagoniza la serie de la Fox Bones. Patricia Cornwell trabajó como analista informática en la oficina central forense de Richmond (Virginia) y Kathy Reichs es uno de los únicos cien doctores en Estados Unidos certificados por la Junta Americana de Antropología Forense​ y ha trabajado en exhumaciones de matanzas como la de Ruanda, que superan la imaginación más retorcida.

En estas novelas los muertos nunca están del todo muertos: siempre acaban por susurrar algo al oído atento del forense.