¡Ofrece un libro a tu vecino!

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texto ANTONIO ITURBE  foto ARCHIVO

El movimiento internacional de las “Little Free Libraries” pone los libros en la puerta de las casas.

Imagino ser un turista accidental caminando por Minneapolis, en el estado norteamericano de Minnesota. Minneapolis es la ciudad de escritores como Charles Baxter y Anne Tyler, autora de El turista accidental, donde habla de esa idea tan de moda en las reuniones de cuarentones y cincuentones: las segundas oportunidades. Minneapolis es una ciudad doble: el río Misisipi la separa de Saint Paul, donde nació Scott Fitzgerald. De hecho las dos ciudades comparten equipo de fútbol americano —los Vikings—, que es una cosa que une mucho. En la zona, a las dos ciudades les llaman las “Twin Cities” (“las ciudades gemelas”). En la cadena de los lagos, una zona de cuatro lagos con zonas verdes para pasear, el frío muerde.

Extraviarse en una ciudad como Minneapolis significa acabar dando vueltas sin brújula por uno de esos barrios de casas unifamiliares con jardín que, de tanto ver en las series norteamericanas, han acabado formando parte de nuestro imaginario de mundo feliz. Aunque el recuerdo de los relatos minimalistas de Raymond Carver, donde la confortable cotidianidad acomodada del sueño americano genera monstruos, me hace estremecerme más que el frío. Pero, en ese paisaje clónico, algo rompe la monotonía visual: una especie de caseta de pájaros con su tejadillo de madera a la entrada de un jardín, accesible desde la acera. El camión de la basura que pasa ronroneando se detiene enfrente y un empleado de la limpieza uniformado abre la puerta. Temo que se escape algo volando, pero echa la mano dentro y lo agarra. Me pregunto si será un mirlo blanco. No voy desencaminado: es un libro. Veo por el formato que es un libro infantil. El empleado lo ojea un momento, tal vez viendo los rostros de asombro de sus hijos reflejarse en las páginas, sube al camión y sigue su ruta. Parece una caseta de pájaros, pero está llena de libros.

Me saca de mi perplejidad una mujer sonriente, la editora Margret Aldrich. Me cuenta que estoy frente a una “Little Free Library”. Me explica que se trata de un movimiento independiente que cuenta ya con 65.000 pequeñas bibliotecas libres y gratuitas en 84 países y ella se encarga de mantener vivo un blog donde los cuidadores voluntarios de estas bibliotecas y muchos usuarios se mantienen en contacto. Y me asombra cuando me explica que no todas tienen forma de caseta de pájaro: las hay con forma de R2-D2 o de platillo volante: “En 2009, Todd H. Bol construyó en Hudson, Wiscosin, la primera “Little Free Library” en madera. Estaba inspirada en una pequeña escuela y era un homenaje a su madre, una maestra que amaba leer. La puso en la parte más exterior de su jardín y la llenó de libros, con un rótulo donde invitaba a tomar y dejar libros. Sus vecinos se entusiasmaron y también los amigos que lo visitaban. Él construyó para ellos algunas casetas de libros y la idea empezó a expandirse rápidamente. Hasta que, en 2012, “Little Free Library” se convirtió oficialmente en una organización no lucrativa”.

Le pregunto por las reacciones de los usuarios y me dice que “¡Son tantas!”. A Margret le brillan los ojos cuando me cuenta que en Nueva Orleans, por ejemplo, en una “Little Free Library” apareció una nota manuscrita de una persona sin hogar muy agradecida por poder encontrar allí esos libros que le hacían tanta compañía. Me muestra una imagen de la nota, que guarda entre sus fotografías más valiosas.

En https://littlefreelibrary.org/ourmap/ puedes ver dónde está la más cercana a tu casa. Soy un turista accidental por Vilassar de Mar. En una calle veo una caseta y al acercarme veo la placa que la acredita como miembro de las “Little Free Libraries”. Abro la puerta con cuidado. Y ahí están acurrucados. En esa casita del Maresme, viven libros.