Herman Melville huye del paraíso

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Un relato del verano de 1842

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Dibujo: ALFONSO ZAPICO

 

“Es mejor fracasar buscando la originalidad que triunfar en la imitación.”

 

 

Nuku-Hiva, verano de 1842

Al avistar, en mitad de la bahía, a una milla de la costa, el barco con las velas acuarteladas para tratar de permanecer lo más quieto posible sobre el agua, da un suspiro de alivio. Los nativos de las islas del Pacífico que bogan con fuerza lo siguen observando de reojo con curiosidad: la barba y el pelo muy crecidos y la túnica de tela a la manera de un lugareño de las Marquesas, pero con la piel blanca, le daban un aspecto singular.

Han sido unos meses agitados desde que decidiera abandonar el barco en el que se había enrolado, impelido por un afán de escapar de la vida mediocre que llevaba en Estados Unidos. Desde que su padre falleció cuando él tenía 12 años, todo había sido arduo en la subsistencia familiar y de una grisura que no podía soportar. La Navidad del año anterior se había embarcado en el ballenero Acushnet, pero después de quince meses dando tumbos por el mar, decidió echar pie a tierra en cuanto tocaron las islas Marquesas. Abandonó el barco en Nuku-Hiva sin tener muy claro cuál era el plan. Los vagabundeos por el interior de esa isla exuberante lo llevaron al Valle de Taipí. Lo malo es que siempre hay alguien que ha llegado al paraíso antes que tú. Mientras el bote lo aleja de la costa y lo pone a salvo –o al menos abre un nuevo ciclo de aventuras–, rememora cómo fue hecho cautivo por los lugareños. Pero sonríe al pensar que fue un prisionero de lo más confortable, y no le faltaron todo tipo de placeres en esos meses. Pero, cuando llegó el bote de una nave que precisaba tripulantes con un traductor para negociar con el jefe de los taipianos, vio que era su oportunidad de volver a lanzar los dados, salir de la modorra y ver a dónde lo llevaba el destino. No esperaba que sus benévolos captores fueran tan reticentes a dejarlo marchar, y la cojera producida por una herida que se hizo al llegar a la isla tampoco ayudó en el momento en que decidió acelerar los trámites y echar a correr hacia la playa.

Nuku-Hiva queda atrás. Ve el barco hacerse cada vez más grande a sus ojos y por fin puede distinguir con claridad los contornos. No es de gran tamaño, la arboladura se nota algo desmañada y las velas descoloridas hacen pensar que no pasa por la mejor situación. Aun así, no le desagrada el porte que tiene, le parece un barco de líneas desenfadadas, una de esas naves recicladas que han sufrido varias reformas tras haber sido utilizadas en diferentes cometidos. Pero hay algo que lo distingue de manera inequívoca: cuelgan por la borda los botes. Y al verlo esboza un gesto que no es ni malo ni bueno, sino de aceptación. Esos botes preparados para ser arriados al agua de manera rápida le hacen saber que va a embarcar nuevamente en un ballenero. Desde el alcázar de popa observan su llegada con un catalejo y él alza la mano a modo de saludo. Al subir a bordo de ese barco de casco oscuro la tripulación, mayoritariamente indígena, lo recibe de manera afable y ruidosa. Reina en la cubierta la suciedad y un cierto desorden, pero el ambiente no parece hostil. De hecho, encuentra a un par de marineros a los que había conocido en otros puertos. Había en esa vida errante de los marineros una camaradería desapegada que le agradaba: amistades sin amarras ni obligaciones. Por eso, cuando el capitán lo invita a su camarote para que firme el contrato de enrole en el barco, él lo mira con amabilidad, pero también con resolución.

-Le ofrecemos un contrato de larga duración en nuestra compañía. ¿Va usted a firmarlo?

-Prefiriría no hacerlo –le contesta.

Sabe que se quiere ir de ahí en ese barco y así se lo hace saber educadamente al capitán, pero Melville le pone una sola condición: que figure en el contrato que será libre de abandonar el barco y su vinculación a la compañía naviera en el primer puerto que toquen, si ese es su deseo. El capitán suspira con resignación. Tampoco le sorprende. Está acostumbrado a tratar con esa escoria de vagabundos del mar, inadaptados sociales incapaces de echar raíces siquiera en la cubierta de un barco. Cuando el contramaestre lo acompaña para mostrarle sus ocupaciones, va pensando en que, de alguna manera, el destino insiste en llevarlo a un buque ballenero sin que él le vea el sentido. Todavía no sabe cómo cristalizarán todas esas vivencias diez años después, cuando ya haya dejado la marinería, se haya casado y trate de ganarse la vida escribiendo, no sin muchas dificultades. De sus vivencias se alimentará una gran novela llena de aventura y delirio y simbolismo titulada Moby Dick.