Militancia contemporánea en América Latina

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Darío Zalgade sobre la militancia política en las letras latinoamericanas

 

 

 

Texto: DARÍO ZALGADE

Hace poco tuve ocasión de traducir un artículo de Luciana Castellina (Roma, 1929) donde se lamentaba por la forma en que el capitalismo ha venido erosionando durante los últimos cincuenta años los ideales que desencadenaron en 1968 la eclosión del mayo francés y su rápida expansión por el globo. En este texto, Castellina recuerda con nostalgia la juventud predominante de aquel movimiento, las banderas rojas con la imagen icónica del Che Guevara, el pelo largo de los militantes praguenses y, en definitiva, la sensación de euforia, de descubrimiento en una inmensa adolescencia colectiva que se articulaba por primera vez para luchar por una causa común, y recorre de memoria las diferentes formas que el movimiento fue adoptando en Roma, Praga, New York e incluso Tokio, donde las luchas contra la derecha italiana, la izquierda soviética, el imperialismo estadounidense o la tradición japonesa pasaron a articularse bajo el denominador común de las ansias de libertad. El recorrido de Castellina es extenso, exhaustivo y se ajusta muy bien a su propia biografía, ya que no sólo vivió de primera mano los acontecimientos en Italia sino que viajó por buena parte de Europa, Estados Unidos y Asia. En este repaso global tan brillante, y quizá por lógicas cuestiones de espacio, Castellina apenas omite la recepción del movimiento en lugares que culturalmente le quedaban muy distantes como los casos de la reforma universitaria en Chile, la terrible matanza de Tlatelolco en México o la caída de la dictadura de Onganía gracias al Cordobazo argentino.

            Ya más hacia el presente, a mí me enorgullece mucho haber tenido el privilegio de estudiar precisamente en Córdoba, y precisamente en una de sus facultades más militantes –si no la que más–, en un momento en que gran parte de la juventud argentina efervescía en un enorme compromiso con las políticas kirchneristas, que en mi opinión se estructuraban fundamentalmente en torno a tres pilares: redistribución de la riqueza, apuntalamiento de las estructuras del Estado y repulsión frente a la injerencia extranjera, sobre todo en las formas neoliberales tan agresivas del FMI. El recuerdo del Cordobazo y la figura del Che Guevara seguían muy presentes en unos años donde se sumaban a su vez otros referentes de una izquierda latinoamericana en auge: Evo Morales, Rafael Correa, Lula da Silva, José Mujica e incluso un Hugo Chávez que terminaría dando nombre al nuevo pabellón de la Escuela de Letras, bautizado como Pabellón Venezuela con letras de aluminio y, por encima o por debajo, Pabellón Hugo Chávez con pintura de spray negra. A pesar de las políticas tan distintas llevadas a cabo por cada uno de estos líderes, desde Argentina se los percibía –se los percibe aún– con una tendencia homogeneizadora que tomaba como denominador común su rechazo a las políticas estadounidenses y a la privatización –casi siempre a manos europeas o norteamericanas– de los recursos naturales y las empresas públicas clave de América Latina. Fue entonces desde Córdoba que viví la recuperación de Aerolíneas Argentinas y de YPF por parte del Estado, el auge y caída del cepo cambiario, los juicios a los responsables de la dictadura militar y, en definitiva, los años álgidos del decenio kirchnerista, que fueron a su vez los de mayor euforia y compromiso militante en torno a su causa.

Como a mí me agradaba gran parte de las propuestas entonces oficialistas, trabé buena amistad con su militancia y apoyé muy abiertamente muchas de las medidas tomadas bajo el mandato de Cristina Kirchner. Sin embargo, la recuperación de YPF en específico –que también apoyé– trajo consigo una contradicción ideológica que nunca fui capaz de entender del todo, porque la militancia de los Kirchner, que en teoría debía ser de corte ecologista, pasó de pronto a casi aplaudir las actividades de una empresa de extracción de hidrocarburos que, tanto bajo dirección privada como pública, destrozaba entonces y destroza ahora numerosos espacios naturales del territorio argentino en busca de petróleo y gas natural. En aquel momento, igual que ahora, los movimientos ecologistas de Argentina estaban –por suerte– fuertemente alineados contra las agresiones al medio ambiente llevadas a cabo por empresas foráneas –por ejemplo el fracking de Barrick Gold o los GMOs de Monsanto–, pero ignoraron entonces –y siguen ignorando ahora– las causadas por una YPF que ya estaba elevada casi a la categoría de bandera nacional. Se trata de un contraste que es aún más grave cuando el daño causado por YPF tiene lugar en territorios mapuches, cuyas comunidades no sólo se están viendo inermes frente al actual poder estatal –un gobierno de derecha dura a cargo de Mauricio Macri– sino que ya fueron acalladas en sus reivindicaciones por el anterior ejecutivo kirchnerista, que se suponía alineado con los intereses indigenistas y que incluso recurrió en varias ocasiones a la foto con los pueblos originarios para fines electorales. Y acá cabe recordar, por cierto, que la situación de las comunidades mapuches es todavía más grave en Chile, donde se están encontrando de nuevo con la fuerte posición racista del gobierno de Piñera, quien acaba de reformar la ley antiterrorista de Pinochet con el objetivo claro –subrayado por casi toda la oposición y con jurisprudencia en contra de la Corte Interamericana de Derechos Humanos– de flagelar al pueblo mapuche en su protesta y su organización interna. En Argentina, sin embargo, donde la presencia mapuche es mucho menor, parece que basta simplemente con ignorar a sus comunidades, algo que hicieron tanto la derecha actual como el anterior gobierno kirchnerista, cuya militancia en materia medioambiental pareció –y sigue pareciendo– más preocupada por la nacionalidad de las empresas que causan los daños, y no tanto por los daños en sí. De esta manera, YPF sigue teniendo carta blanca a día de hoy y permanece intocable frente a las mineras estadounidenses y canadienses, que, aunque también muy bien protegidas por el gobierno neoliberal de Macri, encuentran al menos algún atisbo de oposición ciudadana a sus intereses comerciales.

Esta situación es muy parecida a la que se vive en Brasil con Petrobras, donde incluso hay entremezclados agravantes de tanta magnitud como las acusaciones que pesan sobre el expresidente Lula da Silva por el cobro de comisiones ilegales de la petrolera y de OAS, su constructora ‘prioritaria’. Sin embargo, mientras que en cualquier otro país un escándalo de este calibre generaría un inmenso clamor popular –salvo quizá en España, donde parece que los casos Gürtel, Púnica, CAM, o Faycán dan por completo igual–, en Brasil el lulismo fue tan fuerte que se posicionó marcadamente a favor de Lula, hasta el extremo de que en todas las encuestas aparece como el próximo ganador de las elecciones brasileñas. La militancia lulista –en línea con la kirchnerista– había llegado a alinearse con fuerza frente a las expropiaciones y talas masivas en la Amazonia brasileña –casi siempre perpetradas por empresas foráneas–, pero siguió y sigue mirando para otro lado ante las agresiones ecológicas y políticas de Petrobras, que en cierto sentido casi han pasado a ser parte del patrimonio nacional y popular. Esto se entiende en buena medida por los extraordinarios avances que trajo Lula en materias como el reparto de la riqueza, la integración de las minorías y el fomento de la industria y la soberanía nacionales frente a las injerencias extranjeras –como en Argentina, interferidas por el FMI–, y, por lo mismo, las preocupaciones del lulismo no pasan hoy por el expolio medioambiental de su territorio sino por la presidencia ilegítima de un neoliberal como Témer, obtenida de forma repugnante en un impeachment que gran parte de América Latina entendió como un golpe de estado encubierto contra el gobierno de Dilma Roussef, delfín de Lula. Recalcando mi repulsa absoluta hacia Témer, me gustaría incidir también en que, al menos en mi opinión, Dilma Roussef cometió errores indignos de su cargo y de una referente de izquierdas, no sólo por las concesiones que siguió dando a las empresas madereras durante su mandato sino además por haber forzado el marco legal para tratar de encubrir e incluso conceder la inmunidad a Lula. Creo que esto supuso un movimiento torpe y antidemocrático que estropeó buena parte de lo conseguido durante años en materia de militancia y lucha social de izquierdas, no sólo en Brasil, sino en toda América Latina.

            La apropiación oligárquica de las instituciones ciudadanas por parte del Estado –y con esto me refiero sobre todo a Témer– ha sido y es aún uno de los graves problemas seculares de América Latina, donde el ejemplo actual más visible quizá sea el acentuado proceso de madurización de Venezuela y su consecuente diáspora, desencadenada por la inseguridad y la miseria que se extienden sin control por un país más y más destruido con cada día que pasa. Hay, sin embargo, otros casos menos visibles pero incluso más brutales. En Honduras, por ejemplo, el fraude electoral está sacudiendo al país desde el pasado 26 de noviembre, cuando Juan Orlando Hernández aprovechó su poder omnímodo sobre el estamento judicial para ganar en los tribunales lo que había perdido en las urnas, aferrándose a una presidencia que ya se exhibe como una dictadura de terrible recorrido si la oposición interna y la presión internacional no son capaces de impedirlo. El ¡Fuera JOH! –como el Fora Témer!– está siendo desde entonces un clamor cada vez más fuerte en Honduras, donde el grito de la militancia pasa no sólo por la necesidad de derribar a un gobierno autocrático y recuperar las instituciones públicas de las que se ha venido apropiando durante los últimos seis años, sino también por el inmenso reclamo histórico de una Centroamérica casi siempre ignorada dentro de los grandes foros internacionales, tanto globales como latinoamericanos.

            A ojos de quienes admiramos los movimientos sociales como el mayo del 68 o el 15M, estamos viviendo un triste momento histórico donde la derecha neoliberal está en auge en casi toda América Latina y donde los movimientos de izquierdas se encuentran pobremente disgregados y faltos de conexión transnacional. Sus militancias, que en buena parte se habían sustentado más en nombres que en ideas –kirchnerismo, chavismo, lulismo, correísmo– parecen estar sumidas ahora entre la melancolía y la confusión, con la mayoría de sus líderes en horas bajas y con buena parte sus apoyos migrando de nuevo hacia la derecha, en un movimiento pendular sostenido en la conveniencia o la ignorancia y no en la convicción de un ideal. La sensación de desamparo está siendo grande entonces para la militancia de pulmón, aquella que llenaba de afiches los pabellones de Letras en la docta ciudad de Córdoba para que se impagara a los buitres, para que se vetara a la Barrick, para que se juzgara a Videla. La izquierda latinoamericana está en un decenio de crisis, pero de toda crisis pueden surgir nuevas formas de militancia, y esta no es una excepción. Hace apenas unas semanas se dejaron ver de nuevo los chispazos de toda aquella energía y euforia socialista en las cientos, miles de fotografías que inundaron los diarios con las marchas de mujeres del 8 de marzo en Córdoba, en Santiago, en Ciudad de México, en Barcelona: una inmensa marea violeta de mujeres en lucha, con el puño en alto y los dientes apretados en un tremendo rugido de unión, organizadas, brillantes, despiertas, preparadas. Gastados y perdidos los personalismos aglutinadores de la vieja izquierda, todo aquel empuje y aquella ansia de libertad están pasando ahora a canalizarse a través de un renovado movimiento feminista tremendamente colectivo, inclusivo y horizontal, que reclama como nunca su condición de articulador transnacional para hermanar no ya a todo el continente, sino casi al globo entero en un momento histórico que, definitivamente, no tiene precedentes. Y yo creo que esto es una gran noticia para la izquierda, que pasa a tener ahora una oportunidad única para comprender, por fin, que la igualdad se construye desde las ideas y no desde las figuras; pero creo especialmente que esto es una enorme noticia para el mundo, para todas y todos, para nuestro presente y futuro como sociedad igualitaria, justa, diversa y global, que ha de pasar sin duda por las nuevas militantes: por sus propuestas, por sus discursos, por su fuerza y por su paz. La revolución, hoy más que nunca, será feminista o no será.