“Un horizonte es imagen y metáfora, como lo puede ser la composición del agua H2O o un código de barras en una lata de coca-cola”

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Sergi Diego de Mas publica Cinemascope

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“Exploración sobre las potencialidades de unir texto e imagen, tanto semántica como formalmente, el poemario de Diego Mas no renuncia a la crítica social ni a la ternura de las emociones, dentro de un tono personal que nos recuerda a otros libros suyos y también a libros de David Refoyo, otro poeta con el que explícitamente Diego Mas tiene una relación intelectual de afinidad y con quien participa en supuestos y presupuestos” escribe Vicente Luis Mora al respecto de Cinemascope (ed. Trea) el nuevo poemario de poeta barcelonés Sergi Diego Mas. No es casual recurrir a las palabras de Mora; no solo es uno de los más inteligentes lectores de poesía contemporánea -mejor dicho, de las narrativas, es decir, de las formas de textualidad, más allá de géneros y de formatos- , sino que su obra, tanto poética como ensayística, de este Cinemascope, que bien podríamos definir como una poesía expandida, como un complejo ejemplo de la que en su día Fernández Mallo denominó “postpoesía”.

“La palabra, como el nombre, es un fotograma en movimiento, un impulso electromagnético”. ¿Podríamos decir que, en parte, este verso resume parte de tu poética o, por lo menos, de tu concepción de la palabra como una imagen construida/ficticia, un simulacro y siempre ajena a una realidad que le precede?

Una “poética” es algo que considero un magma muy difuso y en continuo cambio, sobre el que se piensa y reflexiona continua y de forma inconsciente en el propio proceso de escritura, de lectura en la simple y cotidiana forma de mirar. Pero apuntas bien, sí que es un verso que probablemente condense parte de la esencia de Cinemascope y de mi forma de entender el problema teórico de definición del concepto de “palabra”, que nos acompaña felizmente a lo largo de la historia del pensamiento. En la concepción platónica la palabra no era más que la expresión material de una idea, y Aristóteles la concibió como unidad mínima significativa, símbolos e impresiones del alma.

En este sentido, para ti palabra e imagen son dos conceptos casi identificables.

Sí, me resulta casi automático sustituir “imagen” donde leo “palabra” y viceversa. Pensar en ambos como ideas sinónimas y fundidas del lenguaje que basculan desde una concepción más clásica en la que trataban de fijar o anclar algo ya acontecido, hasta una idea en la que la imagen también trata de imaginar algo potencial: la certeza pasa a ser duda, pregunta, cuestionamiento. Palabra e imagen hablan de una realidad en la que pasado y futuro se confunden, son una probabilidad más de la que hay que sospechar, y ese es el motor de las ideas, originadas por impulsos cerebrales fotoeléctricos, fotogramas en movimiento, como aparece en la cita.

La idea del simulacro está en tu poemario estrechamente vinculada a la de la memoria, convertida en un relato de ficción, movible, alterable y múltiple. En este sentido, ¿la memoria es como un hipertexto, hecho de fragmentos que están interconectados?

Sí, existe un intervalo a rellenar entre el hecho o secuencias que pretendemos recordar y su representación. Todo eso es la memoria. Al igual que se está superando la distinción clásica entre historia y ficción, también la memoria individual y colectiva ha de utilizar herramientas y retórica para reconstruir los hechos. Esto ya son elementos propios de este siglo 21, por lo que es normal que incluya datos hipertextuales, todo tipo de cadencias fragmentadas de las nuevas tecnologías. La memoria caché de nuestro explorador de internet o el historial de nuestras búsquedas en Google forman parte de un relato, el nuestro, íntimo y colectivo, interconectado y simultáneo. Algo así como una memoria cuántica: una sucesión de escenas simultáneas que, en tanto que representadas, tienen valor de certeza.

Tu juego con los fragmentos y con las citas, algunas modificadas, lleva a cuestionar la idea de un relato de origen. ¿El relato, la memoria, son siempre simulacros, reunión de fragmentos ficcionales?

No quisiera dar a entender que descreo de la verdad sin matices. Dudo y huyo de ese “siempre”. Pero como decía antes, me resulta profundamente atractiva la posibilidad de cuestionar toda idea, de explorar las diferentes hipótesis que pueden rodear al relato de origen, como comentas. Si la realidad es un relato que percibimos de forma limitada (las limitaciones de nuestro cuerpo) el resto de percepciones pueden ser estos fragmentos ficcionales, componentes también del ADN de nuestra memoria. El cuerpo más allá del cuerpo.

De esto quiero preguntarte por la siguiente cita que tú atribuyes a la ley 52/2007 de la Memoria Histórica y que tiene que ver con la pregunta sobre quién construye la memoria: “No es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva”.

En primer lugar, al hilo de lo que estamos comentando, fíjate como la formulación de la pregunta duda sobre la atribución de la cita. El cuestionamiento redimensiona las posibilidades, el debate. ¿Es realmente ficticia la cita? Quizás no seo esto tan importante como la posibilidad de que la cita sea ficticia, algo que me parece muy interesante. En relación a quién construye la memoria, ésta se construye de forma automática y simultánea por millones de sujetos, entidades físicas, jurídicas, bots cibernéticos, conectados entre sí de forma rizomática. La célebre y atemporal frase de Rimbaud “Yo es otro”, tiene su hoy una acepción añadida: “Yo es todos”. Y el recuerdo de todos difumina la memoria, la distorsiona, la vuelve a narrar.

El poemario está hecho de fragmentos, de fórmulas científicas, de citas…. En este sentido, ¿qué papel ha jugado la poesía de Fernández Mallo en tu literatura?

Supongo que como lectores todos acabamos siendo esponjas. Mi cóctel de lecturas, tanto las primerizas (Machado, Lorca, Bukowski, Guerau de Liost, Verne, Carver, Plath…) o las más recientes forman parte de mi ADN. Leer a Agustín Fernández Mallo fue todo un hallazgo. El primer poemario que leí suyo fue Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción], de 2005. Me impactó su atrevimiento formal, su emoción objetiva y objetual, la transversalidad de géneros y áreas de conocimiento, cómo el autor era capaz de utilizar un material que sólo alguien con una sensibilidad especial podía observar. De toda esa tensión acumulativa de fuerzas surgían imágenes de una belleza poética inusual, algo precioso. Poder ser lector contemporáneo de su obra postpoética (así como también, si me permites mencionarlos, de la obra literaria y ensayística de autores como Pablo García Casado, Vicente Luis Mora o Eloy Fernández Porta y sus poéticas mutantes, pangeicas o afterpop), poder observar la evolución en curso de sus trabajos es un lujo que disfruto muchísimo.

Podríamos decir que tu poemario se inscribe en lo que podríamos llamar postpoesía.

Me siento cercano y cómodo en la visión expandida de la literatura que defienden, practican y teorizan todos ellos, en entender el poema como fragmento, en pensar los objetos, la búsqueda de nuevas metáforas e imágenes, en una creación transversal, en la aleatoriedad objetiva de las emociones… Dicho esto con toda cautela y admiración por su obra, y desde un humilde rinconcito.

Y, a raíz de esto, ¿la ciencia y las fórmulas científicas son para ti también una forma de metáfora, una forma de crear una realidad “nueva”?

Enzensberg ya decía que toda narración científica se apoya en el trabajo con las metáforas, gracias a las que ya no hay límites a la hora de imaginar, ni en el fenómeno científico ni en el poético. Las metáforas y las hipótesis científicas consiguen anclarnos y dar sentido, de alguna forma, a este mundo de simulacros, interferencias y hologramas de realidad. En Cinemascope el texto es imagen y la imagen es texto. Un horizonte es imagen y metáfora, como lo puede ser la composición del agua H2O o un código de barras en una lata de coca-cola. La verdad es siempre narrada por metáforas.

El poemario se estructura como una película, pero ¿qué es el cine para ti y por qué el cine como punto de partida?

La idea de Cinemascope nace, al menos en su inicio, de una indagación sobre la coincidencia de emociones entre imagen, pantalla, palabra, movimiento, metáfora…, que ya tomaba partida de alguna manera en mi primer poemario, E-mails para Roland Emmerich. Quizás en E-mails… la forma de aproximarme al cine y a la imagen intentaba ser más cercana y próxima a la superficie, incluso al subsuelo, era una mirada con zoom exageradamente ampliado para observar de cerca una imagen microscópica y extrañada de la realidad. Esta es una idea muy del escritor J. G. Ballard, no en vano el poemario se construía como un homenaje a su poética.

Sin embargo, Cinemascope es un paso adelante respecto a tu anterior trabajo.

Sí, en Cinemascope el campo visual se amplía, y el corpus, los símbolos y las estructuras retóricas y poéticas que pueden darse en el cine me resultan útiles para poner palabras o imágenes. Cuando veo cine me ocurre una confusión de codificaciones que me encanta, algo que me atrae: leer en una película o ver en un libro una imagen en movimiento, sus significantes y significados, ver más allá de la página, de la pantalla. De ahí el título, la idea de cinemascope, una mirada que se amplía lateralmente, por los lados, que se distorsiona, que al fin se escapa de los márgenes convencionales de lectura para descubrir que también hay cosas ahí fuera y diferentes formas de representarlas. Ampliar la forma de ver desde un punto de vista sinestésico y sedimentar capas de ideas, sensaciones, una sobre otra, como filtros infinitos, así hasta tratar de lograr un efecto, una emoción, comprensible o no, pero emoción, al fin y al cabo.

Apuntas: “lo que no existe, lo inventamos” de la misma manera que Picasso inventó el Gernika partiendo de una fotografía. Y a partir de aquí das una vuelta de tuerca y afirmas: no solo inventamos lo que no existe, sino que aquello que existe porque ha sido inventado se convierte en un simulacro, en una ficción que vemos desde una pantalla.

Estamos en el mundo de las ideas, de los objetos, de las emociones, de las representaciones. Un conglomerado en el que, si me permites una reflexión optimista, todo es susceptible de ser imaginado y mostrado. Puede parecer una reflexión cándida, pero no está exenta de crítica. La sociedad del espectáculo, el simulacro o la ficción son posiblemente elementos necesarios para entendernos hoy, para permitirnos la reflexión, y entonces sí, un posicionamiento ético. El posicionamiento ideológico no es la imagen, sino la utilización ética que hagamos de ella, y esto no depende tanto del objeto poético como del autor, o incluso del lector. Nuestra historia se encuentra ligada a la manera en cómo nos aproximamos a las imágenes y a las metáforas. Tradicionalmente habíamos tenido y coexistíamos con una confianza plena en la mirada, en la verdad del objeto, en su permanencia, confiábamos en el poder de la mirada, de nuestros ojos. Con la llegada del movimiento a las imágenes y a las metáforas, el cine, la desconfianza entra en nuestra percepción: éstas se vuelven impermanentes, pasajeras. Y hoy, cuando la metáfora (la imagen) es electrónica y virtual, ésta se ha vuelto del todo intangible, cada vez más ficcional, cada vez más potencialmente simulada, lo cual permitirá su reproducción ilimitada, y vehicularla a través de una pantalla, como decías. Las ciencias, la filosofía, la poesía, la narrativa, todo arte creativo ha de ser ampliado hacia una dimensión donde un paradigma posible pueda ser dudar de todo, incluso de la propia duda.

¿Encontramos consuelo en el simulacro?

Depende de cómo nos situemos ante él. Por ejemplo, la imagen de Muybridge con la que se abre el poemario, The horse in motion, son los fotogramas con los que trata de descubrir si existe algún instante en el galope de un caballo en el que ninguna de sus patas se apoye en el suelo. En la serie de fotografías tomadas se muestra como existe un momento en el que cuatro cascos del caballo no están en contacto con el suelo. Nadie dudó de la exactitud del trabajo de Muybridge. Si hoy pudiera haber un cuestionamiento de ello (que no lo hay, pero llevo este ejemplo al extremo) es porque estamos recorriendo un camino similar al que ha recorrido la ciencia, la evolución del principio determinista de la ciencia clásica que nos lleva desde Newton a Einstein, un camino en el que reconocemos que hay una verdad exterior al ser humano: la metáfora. Esto encontraría su correlato en el mundo del arte, el realismo ingenuo contrapuesto a la posmodernidad, el simulacro como una forma de representación también válida. Volviendo a la secuencia del caballo al galope de Muybridge, me pregunto, ¿qué ha cambiado? La imagen no. El movimiento tampoco. Somos nosotros los que hemos cambiado, los que estamos cambiando nuestra forma de percepción.

Si antes te preguntaba sobre Fernández Mallo, ahora quiero preguntarte sobre Vicente Luis Mora, con cuya obra poética, pero también ensayística, conversas en este poemario.

Vicente Luis Mora es un autor que ve más allá. Su obra poética, narrativa y ensayística dialoga continuamente con los elementos que estudia, estableciendo un proceso de creación que parece surgir de un laboratorio científico. Es lo que el guionista de comic Mark Waid llamaría un “imaginauta”, un arqueólogo del futuro. Sus poemarios “Tiempo” y “Serie”, por ejemplo, han reflexionado con gran belleza sobre imagen, movimiento y tiempo, y en su obra ensayística ha acuñado con creativa irreverencia conceptos y neologismos como la pantpágina, el internexto o el lectoespectador. Tanto su blog personal, “Diario de lecturas”, como el Tumblr que gestiona “Between Art & Literature”, en el que trata de ahondar en las relaciones entre imagen y literatura, son de visita imprescindible.

Por último, quería preguntarte sobre cómo ves el panorama poético actual y el panorama editorial en cuestiones de poesía.

El momento actual que vivimos de la poesía en castellano y en catalán es realmente interesante, con un listado de poetas que están protagonizando un esfuerzo creativo inmenso, colocando el discurso poético en cotas altas de atrevimiento. Pienso en Marta Agudo, Silvie Rothkovic, Ana Gorría, Lola Nieto, Raúl Quinto, Rubén Martín, David Refoyo, Jaume C. Pons Alorda, Laia López Manrique, José Óscar López, Ángel Cerviño, Yaiza Martínez, Juan Andrés García Román…, y tantos otros que estoy olvidando. A la vez, el trabajo que están haciendo en este sentido editoriales independientes, tanto al dar visibilidad a estos proyectos como al traducir obras arriesgadas, siguiendo la estela de DVD Ediciones, es maravilloso (Kriller71, LaBreu edicions, La Bella Varsovia, La Garúa, Vaso Roto, Bartleby editores, Lleonard Muntaner, Amargord, Ediciones Liliputienses, etc.). Hay material, pero más allá de valorar su presencia o no en los medios, lo que es altamente necesario es promover desde todos los estamentos posibles la lectura, la curiosidad por ella, un déficit grave.

¿Cuán daño está haciendo la publicación de youtubers, influencers bajo la etiqueta de “poesía”?

Son autores que no he leído, así que no puedo pronunciarme al respecto, aunque como tampoco quiero hacer un mutis por el foro, y ya que mencionas la etiqueta “poesía”, se me ha aparecido el influencer y poeta Bob Dylan. Y David Lynch. Y Rimbaud. Los buscaré en youtube y en librerías.