John Cheever, "The Self-Made Man

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Juan Carlos Márquez sobre el gran cuentista del siglo XX

 

 

Texto: JUAN CARLOS MÁRQUEZ

 

Por lo visto, según los planes editoriales, 2018 será el año de John Cheever en España. Sobre sus diarios, sus novelas y sus cuentos caerá mucha tinta impresa e incluso ha aparecido hace días en un periódico nacional una infografía sobre su relato El nadador que detalla el recorrido del protagonista por las piscinas de su vecindario. Yo leí los cuentos completos del norteamericano hace años y, ante lo que se nos viene encima, he decidido releerlos con mis ojos de hoy. El resultado no difiere mucho de mi primera experiencia lectora: Cheever seguirá siendo para mí el autor de un buen puñado de los mejores cuentos del siglo XX, pero en esta segunda ocasión he sido mucho más consciente de los condicionantes de su escritura, que fueron configurando un estilo propio.

Los primeros cuentos publicados en The New Yorker, quizá porque fueron escritos de acuerdo con la urgencia de la colaboración periodística, son, en general, de trazo psicológico más grueso y de naturaleza más esquemática. Cheever parece a menudo impelido a mantener una conversación viril con el norteamericano medio, con ese hombre que, al término de la jornada laboral, lee sus historias en su sillón favorito con un cigarro entre los labios y un vaso con hielo y dos dedos de whisky. Con frecuencia, en los primeros párrafos de sus relatos establece de manera explícita el estatus económico de la familia, la naturaleza de los matrimonios, el número de hijos y otra serie de cuestiones de índole socio-económica y demográfica. El contexto aparece como un elemento narrativo ajeno a la sutileza, en cierta forma resulta más periodístico que literario, una suerte de ficha técnica marca de la casa: "Ethel y yo llevamos diez años casados. Ambos somos de Morristown, New Jersey, y ni siquiera puedo reconocer cuando la conocí. Nuestro matrimonio me ha parecido siempre lleno de recursos, y feliz. Vivimos en una casa sin ascensor, en una de las calles cincuenta del East Side. Nuestro hijo Carl, de seis años, se educa en una buena escuela privada, y nuestra hija, que solo tiene cuatro, no irá al colegio hasta el año que viene", escribe en las primeras líneas de Tiempo de divorcio. Llama ya la atención, en estas primeras historias que se fueron encadenando en el semanario, el dominio del espacio. Cheever es un maestro en la descripción de los ambientes urbanos. Nadie como él para enseñarnos las ciudades norteamericanas, pero ese pulso no decae cuando sus familias medias se desplazan a los entornos rurales, las estaciones de esquí o la exótica y vacacional Europa. Los fenómenos meteorológicos, la luz del sol o la naturaleza adquieren de manera episódica un protagonismo  sensitivo y minucioso. "Caminaron -escribe en Un día cualquiera- por el sendero que subía colina arriba hacia la huerta. De los campos que había junto a la senda, invadidos por el musgo y moteados de enebros, surgía un perfume, indescriptible, acre y adormecedor".

Mientras otros iconos del cuento norteamericano contemporáneo se forjaron bajo la asesoría de talleres literarios o la tutela de un editor clarividente, caso de Raymond Carver y Gordon Lish, John Cheever es un cuentista hecho a sí mismo, the self-made man in America. Su escritura estuvo ceñida por los plazos y condicionada por el desempeño de una obligación laboral. También por el alcoholismo y su homosexualidad secreta, pero eso no puede considerarse una clave diferenciadora: no parece que abunden los cuentistas norteamericanos de vida plácida. Cheever se hizo a fuego lento, tomó conciencia de la América de las grandes oportunidades de su tiempo, exploró su reverso áspero, miró como nadie sus ciudades y sus campos, su tierra, su cielo, el sol, el césped, los bosques, las tormentas, y puso al americano medio a nadar.