Eduardo Mendoza: "Los narradores tenemos que dejar constancia de cómo vivió la gente"

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Eduardo Mendoza publica "El rey recibe", la primera novela de una trilogía

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: ARCHIVO

“Acababa de cumplir veintidós años, hacía dos que me había licenciado en Lenguas Germánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de Barcelona y tres meses que había vuelto de Londres, donde había vivido algo más de un año gracias a una mísera bolsa de estudios, conseguida a base de contactos familiares, y de trabajos modestos, como lavar platos y servir mesas en restaurantes de ínfima categoría”. Así se presenta Rufo Batalla, el protagonista de El rey recibe (Seix Barral), la primera novela de Eduardo Mendoza tras haber sido galardonado con el Premio Cervantes. El objetivo de este libro, el primero de una trilogía, “aunque puede que haya un cuarto”, es contar no tanto los hechos históricos, sino cómo éstos fueron vividos por los protagonistas de aquellos años. “Por razones de edad y de trayectoria, sentía que tenía que hacer algo distinto a lo que venía haciendo y tenía, además, que hacer algo con mis recuerdos, triste privilegio de la edad”, comenta Mendoza, para quien la elección del “cómo hacerlo” no fue fácil. “Pensé en hacer unas memorias, pero me parecía algo aburrido, pensé en hacer una autobiografía, en utilizar la autoficción, pero al final opté por crear a Rufo Batalla, que no es mi alter ego”, confiesa el autor, para quien ya es tarde “para entrar en formas narrativas que no son las mías. Soy un autor de novela decimonónica, bueno, de novela decimonónica sacada del baúl, porque yo inicié a escribir en la época de la experimentación”. A Mendoza le gusta la ficción y, por ello, hace hincapié en el carácter ficcional de El rey recibe: “Antes estaba muy claro lo que era la realidad y lo que era la ficción y, si bien ahora sigue existiendo esta alteridad, hay una mezcla entre ficción y realidad que antes no existía. Es culpa de la ficción por haber comenzado a ser metaficción. No sé si es algo positivo o negativo, pero la mezcla es indudable”, puntualiza el autor de Sin noticias de Gurb, que se reafirma como un autor que bebe de la novelística clásica, de la decimonónica y de las novelas de aventuras, a través de las cuales se formó como lector. De ahí que no solo le agrade la posible etiqueta de “novela de formación” para El rey recibe, sino que considera el Bildungroman como uno de sus subgéneros preferidos. “Ahí está el Wilhelm Meister uno de mis libros preferidos. Debo ser el único que sigue leyendo a Goethe, uno de los más grandes. Sin olvidarme de Flaubert y de su Educación sentimental, uno de mis libros de cabecera”. El lector de El rey recibe asiste, en cierta manera, a la formación sentimental y cultural de Rufo, que es un joven “plumillas” en Barcelona cuando, gracias a una oposición, viaja hasta Nueva York para trabajar en la Delegación de Comercio. “Por entonces”, recuerda Mendoza, que entre los sesenta y los setenta vivió también en la ciudad norteamericana, “Nueva York era una ciudad con poca gente. Mucha gente se había ido a vivir al sur, a Florida, y en Nueva York no solo había poca gente, sino que los pisos eran relativamente baratos para alguien que tuviera un sueldo. Luego las cosas cambiaron” como cambiaron también para Barcelona, otro de los escenarios protagonistas de las novelas.

No hay melancolía en la mirada del narrador, “si bien siempre que tocas el pasado te manchas, porque la melancolía no es por el pasado, sino por lo que uno fue”. Mendoza intenta narrar desde el presente narrativo, observar desde la mirada de ese joven que vive el final de los años sesenta y el principio de los setenta como unos años de pérdida de ingenuidad. La novela termina, en efecto, con el atentado de Carrero Blanco, momento que el escritor hace coincidir con el “fin de la inocencia” de Rufo, que, a lo largo de la narración, ha ido descubriendo un mundo mucho más complejo de lo que podría parecer viniendo de un país como España, “dominado por la pasividad, donde hacías lo que te decían, donde había un discurso único”. Como tantos jóvenes de su época, “Rufo cree encontrar todas las respuestas en Marx y en Freud” y cree ver una alternativa en el comunismo, “sin embargo, le basta viajar a Checoslovaquia para darse cuenta de que las cosas no eran tal y como él las imaginaba”. Para Mendoza, lo interesante de los años setenta es que “empezaron a aparecer movimientos sociales transversales, que no estaban anclados a una ideología. Fue muy importante al respecto el movimiento por los derechos LGTBI”, a los que se asoma Rufo, curioso de descubrir maneras de actuar y de pensar nuevas. De esta curiosidad nace la sorpresa, la incomprensión -Rufo no entiende cómo Nixon puede ser destituido por el Water Gate, que tampoco le parece algo excesivamente grave, viniendo de donde viene- y finalmente la pérdida de la inocencia.

“Con este libro no tengo ninguna pretensión didáctica”, subraya Mendoza, si bien también hace hincapié en lo importante que es que “los narradores dejen constancia de cómo la gente vivió el tiempo pasado. Los historiadores cuentan los hechos, pero los narradores tenemos que contar cómo la gente vivió esos hechos y como los vivimos nosotros”. Si bien se muestra escéptico ante la propuesta de Sánchez de crear una Comisión de la verdad –“No puedo pensar que se haya dicho en serio que se va a crear una Comisión de la verdad que decida cuál es la verdad oficial y cuál no”-, sí subraya la importancia de que se conozcan los hechos históricos, que “deben ser registrados por los historiadores de la forma más rigurosa posible. Y a este registro hay que añadir otras formas narrativas, empezando por la ficción y por el periodismo, que de forma diversa registran tanto los hechos como la manera en que fueron vividos”. En este sentido, para Mendoza hay un compromiso con la literatura: no se trata de ser didáctico, pero “sí de ser consciente de que a uno le van a leer” y, por tanto, de llenar las palabras de sentido. “No se puede llamar nazi a alguien simplemente porque quiere o piensa algo distinto. Un nazi es un nazi. Y muchos de los que tachan de ‘fachas’ a otros no saben lo que es un ‘facha’”, comenta el escritor para quien, asimismo, tampoco se puede comparar la censura de hoy en día con la de la dictadura, una censura que “se convertía en autocensura, porque por sí solo uno evitaba escribir determinadas cosas porque se sabía que las iban a cortar. Ahora todo el mundo escribe lo que quiere, otra cosa es que el poder intente protegerse a posteriori. Esto es algo que siempre ha hecho. Además, detrás de muchos medios hay grupos de intereses que influyen en lo que se publica”, concluye Mendoza, para quien el empobrecimiento del lenguaje tiene sobre todo que ver con la banalización o el vaciamiento de sentido. “Ahora ya no hay grandes oradores. No hay nada más desesperante que ver un debate en el Parlament o en el Congreso. Se ha perdido la idea del lenguaje como forma de convencimiento y, de hecho, no hay nada más inútil que un mitin”. A la pregunta de cuánto este empobrecimiento del lenguaje tiene que ver con la pérdida de protagonismo de las humanidades en la formación escolar, Mendoza es tajante: “la desaparición de las humanidades ha sido muy perjudicial”. Es cierto, admite el escritor, “que cuando yo estudiaba, por la formación clásica de nuestros profesores, estudiábamos muchas humanidades, pero no aprendíamos casi nada de ciencia. Eso sí, adquiríamos un importante sustrato cultural”. No solo, concluye Mendoza, no es posible escribir sin referencias, sino que es imposible entender las obras de creación: “Estoy volviendo a ver a los Monty Python, que para mí son lo más importante del siglo XX. Todos sus sketches funcionan a base de referencias culturales. Si no se tienen esas referencias es imposible entender su humor”.