Vamos a contar mentiras

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En “Fake News, la verdad de las noticias falsas” (Plataforma) Marc Amorós nos muestra que la mentira también es un negocio en internet. Al alza.

 

 

 

Texto: CARLOS LURIA

 

Las redes sociales son las redes sociales y los libros que se escriben sobre las redes sociales: para profundizar en un medio tan, digamos, gaseoso como Internet, los especialistas sigan apelando a la solidez del papel. Es paradójico y, según cómo se mire, gratificante. La Gran Red tiene su lado positivo, pero tras leer Fake news. La verdad de las noticias falsas, del periodista Marc Amorós (Plataforma Editorial, prólogo de Jordi Évole), a uno se le ocurren tres comparaciones. Primera: Internet es hoy como las autobiografías de los políticos, esos textos en los que te vuelves loco intentando averiguar dónde empieza la mentira y dónde termina la verdad. El libro de Amorós se enfrenta a la gigantesca capacidad que posee la Red de difundir noticias falsas ("fake news") y de hacer que nos las traguemos: un temible "difama, que algo queda" a escala global que amenaza gravemente la salud informativa del planeta. Lejos quedan los tiempos en que el periodismo no era interpretativo sino informativo y en que la posverdad se reducía a un sueño húmedo de Pedro J. Ramírez. Entonces, a las "fake news" se les denominaba "rumores", "bulos" o "globos sonda", y eran el feroz enemigo a batir. Contrastar la noticia dos veces era un mandato divino (para hincharte a patrañas estaba "El Caso") y, aún así, a los periodistas nos las colaban más de una vez: la agitprop es un instrumento cuyos resortes se han perfeccionado a lo largo de los siglos, guerra a guerra, Gobierno a Gobierno, lobby a lobby, y resulta muy difícil sustraerse a sus pringosos tentáculos.

Segunda comparación: Internet nos ha instalado en un perpetuo 28 de diciembre, ese día en que, tradicionalmente, los medios tienen patente de corso para soltar su embuste. Vivimos en el Día de la Marmota Incauta. "En 2022, la mitad de las noticias serán falsas", predijo el célebre Informe Gartner. Amorós recoge esta profecía al principio de su libro, y a partir de ahí dedica más de 170 páginas a escarbar minuciosamente en el entorno viral en el que se nacen, se desarrollan y (a veces) mueren las noticias falsas: qué intereses económicos e ideológicos se agazapan tras ellas; quién las crea y quién las difunde; cuál es su tipología; cuál es la receta para fabricarlas. No faltan los numerosos ejemplos, como la falsa fotografía de un Hugo Chávez entubado con la que El País se dio un planchazo en 2013; o las alarmantes injerencias rusas durante las últimas presidenciales norteamericanas ("Facebook ha revelado", leemos, "que durante las elecciones de 2016 en Estados Unidos se llegaron a contabilizar al menos tres mil publicaciones realizadas desde cuentas falsas operadas probablemente desde Rusia"). Amorós, sin embargo, no ha querido meterse en berenjenales: se echa de menos el acontecimiento que más tergiversaciones y embustes ha promovido recientemente: el proceso independentista catalán. Por la mitad de las "fake news" que ha originado este proceso, cualquier millenial vendería a su madre a los Moradores de las Arenas.

Y tercera comparación: los usuarios de Internet somos como Blancanieves mordiendo alegremente la manzana envenenada. Sólo así se explica este aterrador dato citado en el libro: según la Complutense, el 90 por ciento de los españoles ha compartido alguna vez una noticia falsa. Así que se agradece que para no dejar un sabor de boca demasiado amargo en el lector, el ensayo se cierra proponiendo un plan de ataque contra las "fake news": cómo detectarlas y cómo combatirlas. La medida estrella es la económica, como ya apunta Évole en el prólogo: "Hay una [solución] que me parece básica: desde la explosión de Internet nos hemos acostumbrado a que el acceso a la información sea gratis. Y ya hemos visto los problemas que comporta esto. Si los usuarios no pagamos por la información, lo hará alguien más, y este alguien, sea un banco, una administración o una marca comercial, es muy difícil que tenga los mismos intereses que nosotros". Como asegura una vieja frase, si no pagas por un producto, es que el producto eres tú.

Formalmente, el autor se ha cuidado mucho de que su libro no impaciente a cierto público cuyas vigas maestras crujen ante el peso de una oración pasiva: párrafos muy cortos, fraseo desnudo, impresión a dos tintas, apoyo gráfico... Por desgracia, este celo conduce en ocasiones a un estilo que limita con el de un manual de la ESO ("¿Compraríais el periódico que pregona el niño vendedor? Apuesto a que no. La pregunta, entonces, es...") o con el de un reportaje de Mega ("El objetivo de The National Report no es otro que crear fake news y lograr que la gente haga clic. Y al diablo la verdad si la mentira es tan buen negocio"). Pero es innegable que Amorós conoce bien el material que maneja: trabaja desde hace años en programas televisivos cuya gran fuente de temas son no solo las noticias convencionales, sino los contenidos de Internet. Tal vez un lector más exigente eche de menos un análisis de hasta qué punto la sociedad actual confunde las realidades aparentes, las medias verdades y las mentiras: un mundo veloz enmarcado en una enfermiza apatía intelectual y en una pérdida de identidad. En cualquier caso, Fake news. La verdad de las noticias falsas es un libro necesario que retrata con nitidez este río revuelto en el que la realidad se ha convertido en un gran trampantojo y en el que faenan hábiles pescadores sin escrúpulos, llámense Donald Trump o Eduardo Inda.