Letras a patadas

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En Bilbao el fútbol y los libros bajan por la ría juntos y hasta revueltos

 

 

 

Texto: ÓSCAR CARREÑO

Son muchos los ejemplos que atestiguan que la literatura y el fútbol hacen buenas migas. Bastará recordar las columnas que alternaban Manuel Vázquez Montalbán y Javier Marías con motivo de los encuentros entre el Barça y el Real Madrid, ocasiones a las que también se apuntaba gozoso Juan Villoro, culé declarado, acaso por la huella imperecedera de Diego Armando Maradona, zigzagueando su pluma con destreza sobre el terreno níveo de la hoja en blanco para exaltar un mágico regate de Ronaldinho, el eterno slalom de Messi, el balón sujeto al pie con la constancia con la que los imanes se agarran al hierro, o el magistral planteamiento con el que Guardiola doblegó al sempiterno rival.

Digo que son muchos porque también Jordi Puntí se acordó en uno de sus relatos de Neeskens, mito blaugrana cuando en el Barça los títulos se celebraban con el entusiasmo que impone lo infrecuente; porque Enrique Vila-matas ha sucumbido en ocasiones a escribir sobre el caprichoso trayecto de la pelota, como igualmente lo han hecho Santiago Roncagliolo, Eduardo Sacheri (este mucho y mucho, de hecho tanto que ha acabado por convertir el fútbol en el gran tema de sus narraciones) Juan Gabriel Vásquez o Vicenç Villatoro, o lo hizo Eduardo Galeano, cuyo libro El fútbol a sol y sombra es poco menos que un texto fundacional sobre la materia.

El gran Antón Castro emula a los antiguos bardos en el recite mnemotécnico de alineaciones perdidas en los pozos del tiempo: la del Brasil de 1958… Tostao, Rivelino, Pelé y Jairzinho (y pone el énfasis en la rima asonante) la del 1970… y la del Bayern de Munich de 1974 y la del Atlético de Madrid que perdió contra el Bayern la final de la Copa de Europa de ese mismo año. Y siguiendo con 1974, la alineación con la que Polonia jugó el Mundial de Alemania, y a quien escribe le van a sonar de esta última los nombres de Lato y Zmuda porque llegaron a jugar el de España y porque uno por entonces era niño y se afanaba por conseguir los cromos del campeonato de Naranjito. Capítulo aparte merece para Antón su Zaragoza, pasión que comparte con otro escritor futbolero como Ignacio Martínez de Pisón, y club en el que militó durante diez temporadas Miguel Pardeza, uno de los pocos que se ha atrevido a recorrer el camino inverso, el camino que conduce del campo de juego a la hoja en blanco.

Pero de toda la pléyade de novelas, relatos y textos varios que los literatos le han dedicado al noble arte del balompié, dos novelas me parecen especialmente curiosas. Y sí, en la primera de ellas volvemos al Mundial de España para recordar el inolvidable partido que jugaron las selecciones de Brasil e Italia en el desaparecido estadio de Sarrià. Sobre ese partido y sobre la Barcelona que su autor se encontró treinta años después escribe el colombiano Wilmar Cabrera, homónimo del extraordinario delantero centro uruguayo que jugó en el Valencia y en el Sporting de Gijón, en su novela Los fantasmas de Sarrià visten de chándal. Cabrera evoca los pormenores del partido. Por sus páginas deambulan a ritmo de sprint y galope, algunos de sus protagonistas. El malogrado Gaetano Scirea, uno de los mejores centrales de todos los tiempos, que murió a los 36 años en un accidente automovilístico. Paolo Rossi, héroe de aquel Mundial en el que se resarció de su escandalosa participación en un turbio asunto de apuestas ilegales, o el formidable Sócrates, futbolista brasileño que lanzaba los penaltis con el tacón y las faltas con una maestría extraordinaria; de sus pequeños pies, medía un metro y noventa y dos centímetros y calzaba un 38, salían auténticos obuses. En las páginas de la novela se palpa el sudor de los contrincantes y el calor bochornoso de una tarde de julio, en un canto melancólico dirigido a un escenario, el campo de Sarrià, ya desaparecido.

La segunda novela, El rey blanco del húngaro György Dragomán, encuentra su génesis en la peripecia de un héroe futbolístico, Helmut Ducadam, el portero rumano del Steaua de Bucarest que fue capaz de pararle cuatro penaltis al Barça en la tanda de la final de la Copa de Europa de 1986 jugada en Sevilla. Ducadam fue recibido en Rumanía con los honores que se le atribuyen a los elegidos para la gloria, y su gloria se sustentaba en ser el máximo responsable de darle al Steaua de Bucarest, un equipo semiprofesional formado por militares, fontaneros, administrativos y otros representantes del amplio catálogo laboral de la Rumanía de Ceaucescu, la primera Copa de Europa conseguida por un equipo de un país del telón de acero. Pero la llama de la gloria se apagó rápido para Ducadam. Sobre los motivos corrieron muchos rumores: el salvaje bufido del poder tiránico de la familia Ceaucescu, que había torturado al portero, celosos por la fama que le brindada el pueblo o por la negativa de este a darles un Mercedes con el que le había obsequiado el entonces presidente del Real Madrid, regalo por evitar que el eterno rival se hiciera con su primera copa de Europa. Se explicaban historias, a cual más horrorosa, que siempre acababan con Ducadam bajo tierra. Pobre de solemnidad, mendigando por las calles de Bucarest y muerto de una paliza, la misma familia Ceaucescu causante de su muerte por el empeño con el que un torturador asume sus labores… Pero una noche del año 2002, Ducadam reaparece en la televisión rumana para mostrarle al pueblo la falsedad de las historias que este ha propagado. Es entonces cuando se refiere a una desternillante historia que es la que a Dragomán le inspira el arranque de su novela y que yo no voy a contar para que pueda hacerlo él mismo cuando os lancéis a la lectura del libro. En todo esto iba yo pensando, la mañana en que me dirigía a Bilbao.

Para alguien que ha conjugado habitualmente los verbos jugar y leer, ya sean en sus formas de pretérito, el primero, o de pretérito, presente y futuro, el segundo, para indicar a los interlocutores la práctica de sus acciones, siempre ha resultado doloroso que el ejercicio de leer no se transmita con la misma fuerza que el de jugar o departir o discutir sobre fútbol. Los niños conviven antes con la pelota que con la letra impresa y cuando llega raros son los momentos sustraídos a aquella para dedicárselos a esta. La mayoría de los adultos no parecen afilar el espíritu crítico si no es para atacar al rival eterno o aun a los jugadores propios cuando estos han vivido mejores tardes que la que precede a la airosa noche del bar o a los comentarios diurnos de la derrota del domingo. Si, además, uno dedica sus energías profesionales en trabajar por el fomento y la promoción de la lectura, qué fácil resultará comprender las frustraciones que le embargan cuando piensa en lo maravilloso que sería que se dedicara a leer el mismo tiempo que se dedica a ver fútbol en el campo o a través de la televisión, o que los niños emplearan las mismas horas de entreno a la página escrita que dedican a los chutes de falta, a los regates o los remates de cabeza. Y sí además lo hicieran con la misma ilusión y entusiasmo, entonces, entonces ya sería la leche.

Algo de todo esto me conducía hasta Bilbao. Al poco de aterrizar, acaso para apaciguar el nerviosismo por la correcta recuperación que el avión hiciera de la superficie terrestre, me dediqué a emular a Antón Castro. En mi memoria se perfilaba el once que había llevado a los laureles balompédicos al equipo de la ciudad en la que ahora sí se posaban las ruedas del avión. Zubizarreta, Urquiaga, Nuñez, Lizeranzu, Goicoechea, De Andrés, Urtubi, Sola, Argote, Sarabia y Dani. Olé, de corrillo y sin la ayuda de la Wiquipedia, acudían a mi memoria los nombres del último Athletic campeón de liga y las lejanas tardes de inicios de los ochenta cuando esos nombres se repetían en el carrusel deportivo de las tardes de los domingos. Volví a repetir la alineación por si se me brindaba la oportunidad de repetirla en el Palacio de Ibaigane, sede del club.

Tres semanas antes había quedado con Galder Reguera. Galder es un coloso del activismo en pos de la lectura. Desde la Fundación del Athletic de Bilbao ha impulsado un sinfín de acciones con las que aunar las letras y el fútbol. Unos días antes de la fecha acordada para nuestra cita, el escritor Kirmen Uribe me había ratificado la mayestática labor de Galder, un titán me aseveró con la seguridad de aquello que esta fuera de toda duda y que no hace falta más que observar para poder percibir como cierto. Pero dos días antes, Galder me comunica que la virulencia de una gripe lo tiene diezmado y postrado en cama desde hace una semana. Cuando llego a Ibaigane me recibe María José Boraita, una compañera de Galder que no desentona en ilusión y energía a la hora de explicar el trabajo que realizan. La presencia de Galder en nuestra charla es continua. Maria José ratifica lo dicho días antes por Kirmen Uribe. Habla del libro de Galder Hijos del fútbol y de la emoción que le transmitía su lectura, las reflexiones sobre la paternidad y la infancia cuando en esta no hay cabida para nada que no sea el terreno de juego y el pateo de una pelota. Cuando en el despacho veo a Galder con la mirada fija en algún punto inconcreto, sigue contando María José, sé que está tramando un nuevo proyecto con el que hermanar las letras y el fútbol. Ese es justamente el nombre del programa bajo el cual se engloban una serie de encuentros entre el mundo de la literatura y del fútbol. Por ese espacio de debate han pasado durante los últimos años autores como: David Safier, Philip Kerr, Ignacio Martínez de Pisón, David Trueba, Andrés Neuman, Martin Caparrós, Ray Loriga o Laura Fernández entre muchos otros. Bajo el paraguas de Letras y fútbol se han repartido miles de relatos impresos en los que convergían el interés por la literatura y el deporte rey. Letras y fútbol se ha convertido en uno de los grandes eventos literarios de la ciudad y en un referente ineludible de cómo se puede dinamizar el acto literario desde una institución aparentemente tan distante de él como es un club de fútbol, aunque claro, ese club de fútbol es el Athletic de Bilbao. Pero de todos los proyectos que ha desarrollado Galder Reguera desde Letras y fútbol el que me ha llamado más la atención y, en definitiva, ha provocado mi viaje a Bilbao es el llamado Athletic club de lectura. Maria José me explica que los clubes de lectura se iniciaron en el año 2015. La idea que impulsó el proyecto fue la de propiciar un espacio de debate literario entre los lectores de la ciudad y diferentes integrantes del club. Se animó a los lectores a prescribir una serie de títulos que un grupo de personas relevantes del club se comprometerían a leer. Como el compromiso había de ser mutuo, esas personas del club prescribirían a su vez otros títulos a los lectores. El pacto tácito establecía que tanto unos como otros leyeran en un mes los libros finalmente seleccionados. Después se patrocinaría el encuentro de las partes y la conversación sobre los libros que cada uno de ellos leyera. El éxito fue mayúsculo y pronto desde la Fundación del Athletic se dieron cuenta que la fórmula permitía extender una red ciudadana con la que expandir la experiencia lectora a colectivos muy diversos.

María José incide en el papel crucial que Ernesto Valverde, entonces entrenador del Athletic, tuvo en el impulso inicial del programa. Valverde leyó al menos dos libros durante el mes, aunque yo creo que fueron más, dice. Uno de los libros fue La educación de un ladrón de Edward Bunker, escritor que alternó de manera proporcional la habitación y la celda como espacios de escritura. Valverde, una vez leído el libro, acudió hasta un centro de día para conversar sobre el mismo con un grupo de personas privadas de libertad.Mikel Balenziaga es un lateral de largo recorrido que transita por igual el carril derecho o el izquierdo del campo. A lo largo de su carrera, Mikel habrá recorrido cientos y cientos de kilómetros sobre múltiples terrenos de juego. Pero, seguramente, no hubo camino que se le antojará más largo que el propuesto por el profesor de uno de los institutos de la ciudad: recorrer los dos centenares de páginas de la novela de Kirmen Uribe Mussche. La propuesta fue irrechazable para el futbolista desde el momento en que el profesor le juró y perjuró que si se comprometía a leer el libro también lo harían todos y cada uno de los alumnos y alumnas de su clase. Después, la conversación en el aula sobre las peripecias de Carmen Mussche y el éxodo de 19.000 niños vascos durante la Guerra civil.

Xabi Etxeita es un rocoso central, férreo marcador y poderoso dominador del juego aéreo. Durante los partidos sus ojos se elevan hacia el cielo en busca de los balones centrados que habrá de despejar y alejar de los dominios de su área. Esa imagen de los ojos al cielo también puede ser la génesis de la escritura de El olvido que seremos, el clásico moderno que el escritor colombiano Hector Abad Faciolince dedicó a su padre asesinado en las calles de Medellín. Cuando ambos, Faciolince y Etxeita, se encontraron en la Biblioteca Foral de Bizkaia para departir con los lectores sobre el libro, la situación personal de Etxeita, una pérdida reciente, motivó el tremendo efecto catártico que atesora la literatura, infundiendo al encuentro una carga emocional que aún hoy María José recuerda y evoca con detalle.

El ex capitán del equipo y hoy embajador institucional del club, Carlos Gurpegui, superó la timidez que lo embargaba al hablar en público sobre sus lecturas, para dirigir una sesión al conjunto de la plantilla y al cuerpo técnico en la que se debatió sobre Los surcos del azar, la novela gráfica de Paco Roca. Eneko Bóveda, otro carrilero de largo recorrido, actualmente jugador del Deportivo de La Coruña, agradeció las sugerencias de los lectores pero desde el primer momento tuvo claro que su lectura habría de ser Txistu eta biok de Juan Luis Zabala y su posterior encuentro con los lectores y el autor del libro habría de desarrollarse íntegramente en euskera. Andere Leguina es una de las porteras de la plantilla femenina del Athletic. La suya fue una elección especial, tanto por el tema, la travesía hacia el exilio de un grupo de republicanos rumbo a Chile a bordo del Winnipeg, historia que narra Núria Martí en su novela Bajo el mismo cielo, como por el hecho de tratarse de una novela escrita bajo la metodología de la lectura fácil, dirigida a personas de alfabetización tardía o que presentan dificultades de comprensión lectora. Andere comentó los avatares vitales de la madre y la hija protagonistas de la historia, habló del papel que tuvo el poeta Pablo Neruda en la organización del viaje e intercambió emociones y pareceres con el grupo de personas con discapacidad intelectual que leyeron la novela. El ex jugador Andoni Imaz, el portero Gorka Iraizoz (actualmente en el Girona), el presidente Josu Urrutia o el Chopo Iribar, leyenda viva del club, han sido otros de los participantes de un programa en el que este año participan el volante del primer equipo masculino Mikel Rico, y las jugadores del femenino Maite Oroz y Lucía Córdoba.

El mundo educativo, la lectura en los centros de trabajo, las personas privadas de libertad, el compromiso con el euskera, la actuación sobre colectivos con unas dificultades intelectuales que complican la adquisición de hábitos lectores, la memoria histórica, lo que fue ayer para intentar esclarecer lo que es hoy, la apelación a la literatura como antídoto contra el dolor de la pérdida, son temas e interpelaciones a colectivos que engloba el programa Athletic club de lectura. Un somero análisis de esta intervenciones nos ofrece el marco de intenciones que Galder Reguera perseguía cuando ideó esta pionera iniciativa: tejer un marco relacional que, a través de la lectura y de la participación de destacadas personas de uno de los símbolos más importantes que atesora la ciudad, su club de futbol, uniera a entidades muy diversas en el objetivo común de aposentar las prácticas de lectura, mediante el contacto de lectores, autores y futbolistas. Coincidimos con María José en que, aun en algunos casos muy a su pesar, los futbolistas se han convertido en referentes ineludibles para niños y jóvenes. Ofrecer a estos una imagen que los sitúe en un escenario diferente del campo de juego, el golpeo de la pelota y la celebración de los goles, atendiendo al influjo que tienen sobre ellos es muy necesario. Cuánto más acercarles la impresión que los futbolistas se interesan por lo les rodea y por todo aquello que acaeció en el pasado. Qué importante ofréceles la imagen de esas figuras del balón, auténticas estrellas de nuestra época, ante un libro, atentos a la lectura y deseosos de compartir lo leído con otros lectores.

Franqueo la puerta de Ibaigane. Me despido de Maria José, reiterándole que comunique a Galder mis deseos de poder concretar un pronto encuentro, aunque en nuestra conversación haya estado tan presente, sin estar. Salgo a las calles mojadas de Bilbao invadido por la certeza de que el fútbol más que una amenaza y una distracción a la hora de fomentar el ejercicio de la lectura, constituye una oportunidad. Porque como ha demostrado el Athletic la letra con fútbol entra.