Rafael Reig: "Me he ganado la vida con la máquina de escribir."

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Un día con el escritor Rafael Reig

 

 

 

 

Texto: AZAHARA ALONSO

Foto: ASÍS G. AYERBE

La vida en Madrid puede ser fantástica: si le restamos a la semana el ciclo del trabajo, aún nos queda tiempo para disfrutar de la variada oferta cultural, la vida nocturna, los parques y jardines (contra todo pronóstico para los que la habitamos, esta ciudad es la segunda del mundo con más árboles, la primera de Europa), también las prisas, la contaminación y, así formulados, sus tópicos de doble cara. Por eso la sierra de Guadarrama se presenta como una opción inmejorable para el recreo; a relativamente pocos kilómetros, ofrece una alternativa plácida y sosegada, un paréntesis de lo urbano en el que la belleza, como narraba Dos Passos en Años inolvidables, no escasea: "Mi mayor alegría es la sierra de Guadarrama, la larga cordillera de montañas pardas hacia el norte y el oeste. El sol se pone del otro lado con deslumbrante gloria. Nunca he visto crepúsculos parecidos; remueven el alma como un cocinero remueve una sopera de caldo, pero ¡con qué cuchara de oro!".

Para llegar allí basta con tomar un tren desde el corazón de la ciudad. En una hora y media habremos ejercitado nuestra paciencia, adaptándonos al nuevo ritmo. Mirar el paisaje cada vez más verde, leer un libro, perder en algún tramo la cobertura del teléfono, pensar en cuánto tardaríamos en llegar al trabajo cada mañana si decidiéramos mudarnos a uno de esos oasis a vista de ventanilla.... todas estas pueden ser opciones de entretenimiento en la conquista dela calma y el espacio. Y de pronto estaremos, por ejemplo, en Cercedilla. Parece contingencia, pero es necesidad: allí me dirijo algunos domingos para visitar a uno de los más sólidos perfiles de la literatura en castellano. El novelista Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) es asturiano, ha vivido en Colombia, Estados Unidos y, dentro de nuestro país, en Valencia, Cuenca y sobre todo en Madrid, concretamente en el barrio de Malasaña. Muchas cosas le unían a la capital, pero desde hace unos años reside en Cercedilla, donde parece haber encontrado su locus amoenus: "Me fui de Madrid por el precio de los alquileres y el aburguesamiento de Malasaña; me quedo en Cercedilla por los amigos, por la tranquilidad y porque vivir en estas montañas es como despertarse cada mañana en el Museo del Prado". Irrefutable.

Después de un paseo que me lleva desde la estación de tren hasta el centro del pueblo, mi primera parada – ya henchida de oxígeno o placebo y habiéndome cruzado con varios ciclistas y caminantes-profesionalesde-domingo– es la Librería Fuenfría, de la que Reig es dueño. Situada en la avenida principal de Cercedilla, solamente dista unos metros del Ayuntamiento y de las principales terrazas que animan el municipio cuando la meteorología lo permite. Por más ganas que tenga de entrar inmediatamente y saludar a Rafael y a Violeta, su pareja y también librera, es inevitable detenerme unos segundos a observar la selección de novedades que ofrecen en el escaparate, siempre bajo la sombra multicolor del toldo que da vida a la fachada. Esta vez un libro destaca sobrelos otros, el reciente premio Goncourt, que Reig ha recomendado en alguna ocasión: El orden del día, de Éric Vuillard.

Una vez dentro compruebo que es cierto, en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner: allí está, enmarcado en una de las paredes de la librería, en la ya mítica foto en bermudas frente a la máquina de escribir. Rafael Reig también escribe a máquina, generando lo que podríamos llamar una literatura de resistencia analógica que le exige, de tanto en tanto, desplazarse a su antiguo barrio madrileño para hacerse con los cartuchos de tinta de toda la vida. En la Librería Fuenfría hay estanterías con novedades, otras dedicadas a la poesía, a la literatura infantil... y una más con esta inscripción: “Lo mejor por menos de diez euros”. Es mi preferida, porque en ella se materializa la defensa que Reig hace de la cultura del lado de la vida, de valle, accesible a todos: "En esa balda coloco lo mejor de la literatura, clásicos o contemporáneos, para que la gente no se queje de que los libros son caros". En Fuenfría Reig pasa gran parte de su rutina desde el año 2013, cuando se convirtió, además del novelista y columnista consolidado que ya era, en librero. La oportunidad de hacerse con el negocio surgió cuando su antiguo dueño, Eduardo decidió jubilarse y le "empezó a comer la oreja. Me lo puso todo muy fácil: me dejó la caja registradora, las estanterías, las cuentas con los proveedores, todo... Si te lo ponen así, ¿quién diría que no? Me dije: 'Voy a probar', y así fue. Estuve un mes allí con él, trabajando de becario sin cobrar, aprendiendo el oficio... Y luego, al mes, pues me quedé yo".

Desde entonces, madrugador confeso, llega a la librería temprano, muchas veces tras un paseo entre pinos, arroyos y niebla. Recuerda, divertido, que los mejores momentos del día, los más útiles, siempre los ha vivido para sí mismo: lo ideal es llegar cansado al trabajo y darle al jefe las peores horas. Así lo hacía cuando se dedicó durante años al área de comunicación y prensa de algunas telefonías y también a la docencia en la universidad. En todo caso, insiste, "Me he ganado la vida casi siempre con la máquina de escribir". Ahora él es su jefe en esta nueva faceta dentro del mundo de las letras. Pero ¿qué le aporta el oficio de librero a un autor?: "Una librería aporta lo que cualquier trabajo: una vida real. No creo mucho en los novelistas que no tienen relación con la vida que llevamos los demás, que no tienen otro empleo que escribir", y reconoce que la literatura está muy presente en Cercedilla, pueblo con una gran vida cultural: "Los parraos [así es el gentilicio] leen bastante. Además, aquí tenemos muchos turistas, que vienen con niños que no saben entretenerse por su cuenta, y hay que comprarles cuentos".

Temprano, decíamos, llega a la librería pasando por la calle de la Amargura (literalmente): "Escribo un poco en casa y luego voy allí, y cuando estoy escribiendo mucho me meto en la trastienda directamente; si veo un cliente, salgo, así notan que estoy ocupado y me dan menos la lata", comenta con la ya mítica sonrisa bajo su también mítico bigote, al tiempo que fuma un eterno cigarrillo. Así que al entrar en la librería nunca se sabe si se interrumpe la escritura de una de sus novelas. La última, Para morir iguales, publicada por Tusquets, nació precisamente a raíz del encargo de un lector y cliente: "Mi amigo Paco Cifuentes me compró un día Los crisantemos, de Steinbeck, y a la semana volvió a por otro ejemplar para regalárselo a alguien. Una semana después se repitió la misma operación y yo apunté en un folio simplemente: 'Crisantemos para Paco'. Luego me fui de vinos y whiskies con los amigos del pueblo y, a la mañana siguiente, encontré esa frase en el centro de la hoja. No tenía ni idea de por qué había escrito eso, pero me encantó, y ese mismo día empecé una novela con ese título y con la imagen del cadáver de un niño, Paco, en el comedor de un internado. Al final, tirando de ese hilo, acabé una novela, y ese título quedó como el del primer capítulo". Tirar del hilo, así lo dice, como si fuera tan fácil. Me llevo entonces Para morir iguales (nada se me antoja más completo que comprarle el libro al autor-librero) y también Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, uno de los escritores preferidos de Reig y siempre presente en la balda predilecta. No puedo evitar preguntarle, claro, si le gusta más leer o escribir. Siempre lo hago, esperando pillarle con la guardia baja en la siguiente ocasión y descubrir la verdad más auténtica (¿quién podría fiarse a ciegas de un novelista?): "Me gustan las dos cosas, casi más leer, porque creo que cuanto mejor lees más ganas de escribir tienes y mejor escribes. Hay que leer más y escribir menos, de eso me voy convenciendo cada día. Leer es un lujo que cualquiera podría permitirse, pero pocos lo hacen; pocos apartan dos o tres horas al día para leer. Ese tiempo reservado para mí, ese espacio de soledad y reflexión a través de lalectura, lo prefiero a comer en El Bulli o algo así; leer es más elegante y distinguido".

Antes de cerrar la librería, que los domingos abre hasta la una y media, Rafael Reig me invita a mover unas piezas. No falta sobre el mostrador un tablero de ajedrez, pasión que se ha filtrado en novelas como Un árbol caído (Tusquets, 2015). Me pregunto qué es lo que le apasiona de este juego para el que nunca hasta ahora he tenido suficiente paciencia: "Soy un jugador mediocre y esa es la grandeza del juego: disfruto tanto como si fuera un gran jugador. El ajedrez requiere mucha concentracióny por tanto te aísla mucho, no tanto del mundo exterior como de tu insignificante, atormentadoy banal interior. Si tengo problemas, juego al ajedrez y los olvido, y cuando termino la partida he adquirido una nueva perspectiva". Precisamente el pasado domingo tuvo lugar el derbI de ajedrez Cercedilla– Los Molinos, el pueblo vecino, con el que mantienen una simpática y tradicional rivalidad. Por supuesto, ganaron los parraos. El encuentro tuvo lugar en Peña Pintada, un lugar emblemático del pueblo, al que nos dirigimos ahora y en cuyo jardín, a la sombra de los tilos, colocaron sobre las mesas los tableros y los relojes.

Después de tomarnos unos vinos frente al Ayuntamiento, bajamos por un atajo hacia Peña Pintada, donde degustaremos el último cocido de la temporada. La predicción del tiempo anunciaba lluvia para hoy, pero Rafael me dice que me deje de sofisticaciones: consultar el tiempo es abrir la ventana yobservar, nada más. De pronto, caen las primeras gotas y no tarda en alcanzarnos un buen chaparrón. "Pues al final sí que ha llovido", ríe, y como era de esperar, cuando estamos a punto de llegar a nuestro destino deja de llover, aunque para entonces ya estamos calados. Allí, su amigo Pedro, dueño de la casa, le presta una camisa seca antes de que nos sentemos a la mesa con el resto de comensales. En esta casa ocurren muchas más cosas aparte de la gastronomía. Reig lo resume así: "Peña Pintada es un hotel rural con público de escaladores y poetas, donde Pedro Sáez reúne a todo el que tenga algo que compartir. Allí jugamos al ajedrez, oímos recitales de poesía, conciertos de música clásica o de jazz, jam sessions de guitarrista y saxofonista, vemos escalar en las pistas que tienen en una pequeña roca de granito, comemos cocidos y bebemos orujo, hay grupos para hablar en inglés o alemán, nos juntamos para hablar de libros cada poco tiempo y, si se dejan, Pedro invita a los autores a charlar y a quedarse a dormir allí. Otro lujo. Por aquí han pasado decenas de escritores: Luis Mateo Díez, Almudena Grandes, Belén Gopegui, Marta Sanz, Luis Landero, Isaac Rosa... cuento y no acabo. Es otro lujo que en el pueblo nos podemos permitir". De hecho, estos lujos culturales hacen que Rafael esté cada vez más alejado de Madrid, donde hace tiempo impartía habitualmente clases de escritura, asistía a presentaciones, mesas redondas y más quehaceres de la vida del escritor: "No voy a casi nada ya fuera de Cercedilla, o lo intento, porque quiero también librarme de eso. A mí me encanta no ir a los saraos".

En el elenco de visitas a Peña Pintada también está él, desde luego, cuyas publicaciones aprecian sobremanera sus paisanos y paisanas. Mucho ha escrito desde Autobiografía de Marilyn Monroe (Júcar, 1992, Lengua de Trapo, 2005), Sangre a borbotones (Lengua de Trapo, 2002), Todo está perdonado (VI Premio Tusquets Editores de Novela, 2011) o su celebradísimo Manual de literatura para caníbales, hoy reconvertido en Señales de humo (Tusquets, 2016) y La cadena trófica (Tusquets, 2016). Varias de sus novelas están traducidas a diferentes idiomas y son releídas con fervor por los numerosos seguidores de su obra. Y él ¿las relee?: "Sí, a veces sí. Ya sé que lo normal es decir 'No, yo jamás Pero claro que sí, por supuesto. No hace mucho daño. A veces es muy doloroso porque, como tú sabes perfectamente, lo malo de esto es que siempre estás en el mismo punto, es decir, no se aprende. Yo sé que he escrito alguna novela que está bien; ahora, cada vez que me pongo a escribir algo estoy otra vez igual que al principio, no sé si voy a ser capaz de escribir algo decente. Y eso es durísimo. Después de ocho o nueve novelas da lo mismo, estás exactamente igual, y cuando lees una antigua novela tuya y estás escribiendo algo, lo que sí te dices es 'Joder, macho, ya podía hacer esto ahora, qué maravilla, cojonuda, jamás lo podré repetir' y es un poco difícil eso. Pero luego al final siempre sale, así que tampoco es tan grave". Tras la sobremesa salimos al jardín, donde Reig continúa fumando y bromeando. En todas sus publicaciones literarias, así como en sus columnas de opinión, hay una veta de humor –de ironía– incuestionable y también el esfuerzo por ir siempre un paso más allá en el pensamiento: "El humor es algo que tiene poco que ver con la carcajada o con lo que en la tele llaman humor. A mí me parece que es la capacidad para cambiar las cosas de sitio, es decir, un intento de ver mejor la realidad. Cuando te cambian de sitio un cuadro o un cenicero que llevaba años en el mismo lugar, lo ves de pronto como si fuera la primera vez y descubres algo que no sabías.Eso es lo que hace el humor, desencajar la realidad, deshacer el automatismo, para que miremos connuevos ojos un panorama familiar. En ese sentido es una gran operación de la inteligencia crítica".

En días así es fácil comprender por qué Rafael Reig se siente en casa. Resulta contagioso, más aún ahora que la tarde se alarga en el jardín, entre amigos, y debo volver a Madrid no sin cierto pesar. Así que me propongo venir más a menudo, abusar de la hospitalidad de Cercedilla. Un abrazo y ya en el tren abro Para morir iguales. Sonrío al leer la dedicatoria, que he reservado para este momento como una buena despedida hasta la próxima. Y sigo adelante, capítulo primero, Crisantemos para Paco. Recuerdo que Reig me habló en alguna ocasión de una palabra que, invariablemente, aparece en todos sus libros, una palabra fetiche, como hacía Berlanga en sus películas, aunque en su caso es algo que ocurre sin premeditación. Me concentro en el libro como si de una partida de ajedrez se tratase: consciente, alerta a la historia y a su forma, dispuesta a encontrar esa palabra y la clave de la trama. En mi próxima visita volveré con los bienqueridos deberes hechos.