Lo que no se da, se pierde

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Mey Zamora nos adentra en la extraordinaria vida de Isa Solá, una heroína del siglo XXI

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

El 2 de septiembre de 2016 llegó desde Haití la noticia del asesinato de una monja llamada Isabel Solá al frente de varios proyectos sociales en el país centroamericano. La familia Solá recibió las condolencias de la alcaldesa de Barcelona, del president de la Generalitat Puigdemont e incluso del rey de España, Felipe VI. Pero, muchísimo más importante, docenas de personas de tres continentes vieron morir algo dentro de ellos. Las páginas de Lo que no se da se pierde (Plataforma) escritas por Mey Zamora nos permiten conocer en profundidad quién fue Isa Solá y revivir la intensa vida de una mujer valiente y apasionada, capaz de encender pequeñas luces en los rincones más oscuros del planeta. Una historia escrita sin pirotecnia ni maquillaje, con la cara lavada con que Isa Solá llegó a los lugares más desolados sin perder la sonrisa. Isa Solá era hija de una familia de empresarios catalanes acomodados y podía haber tenido una vida cómoda, pero desde joven sintió que la vida estaba en otra parte. La vocación religiosa la hizo ordenarse monja y desde el primer momento su intención no fue la de la clausura o el recogimiento, sino la de remangarse el hábito –que en realidad apenas llevó nunca- y buscar los rincones más golpeados para tratar de ayudar a quien más lo necesitara, con una especial atención a la educación de los niños, las mujeres maltratadas o las personas amputadas tras el devastador terremoto de Haití.

Con 29 años, salió de Barcelona en dirección a Guinea Ecuatorial armada con su guitarra y su determinación. Guinea no era un lugar fácil. Llegó, precisamente, tras la trágica muerte de una monja y educadora de la escuela para niños desfavorecidos que tenía la congregación: unos individuos entraron en la casa, la estrangularon y dejaron su cadáver en la calle junto al gramófono encendido sonando. Las autoridades dijeron que el móvil de la muerte había sido el robo “pero no era una explicación plausible para las monjas”. Señala Mey Zamora que “Al parecer, la religiosa barcelonesa había denunciado prácticas corruptas en el reparto de las ayudas que llegaban de España a Guinea”. La cultura machista e incluso la creencia en curanderos dificultaban el funcionamiento de la escuela que habían levantado para que las niñas tuvieran acceso a una formación académica continuada. Pero Isa Solá nunca dejó de remar. Se convirtió al paso de los años en la directora de la escuela enfrentándose a menudo a los recelos de los propios nativos. Tras una ajetreada semana laboral docente, el fin de semana ayudaba a Angelina, una mujer guineana empleada en la escuela, a construir su propia casa: conducía el Toyota hasta la frontera para comprar cemento más barato y le ayudaba en desbrozar el terreno y colaborar con el albañil en levantar la vivienda. También cuidaba a gente mayor enferma y tetrapléjicos o escribía cartas a Barcelona para tratar de conseguir a través de las amistades familiares contactos para atraer médicos al precario hospital de Ebibeyín o donativos para medicinas o lo que fuera. Gente que trabajó con ella le cuentan a la autora del libro que “Isa no salía de su asombro al contraponer las condiciones sanitarias del hospital con las cercanas residencias de dos sobrinos del presidente: ¡tenían cinco jacuzzis, uno para cada mujer!”. Pero no perdía el buen humor. En una carta a su familia les dice: “Estoy feliz, despotrico, sí, pero nada me hace perder la paz, voy haciendo mis cositas en el colegio, hago de todo, como ya sabes, y me lo paso bomba”.

Quienes crean que ser monja es sinónimo de persona sumisa, no conocieron a Isa Solá. Su fe era fortísima, pero no le cegaba ante los defectos de la estructura eclesiástica a la que ella misma pertenecía. En abril de 2005 le escribía a su hermano: “nuestro obispo está en Italia, enfermo del riñón, esperando un trasplante de su hermana. La operación la paga el presidente. Punto problemático número 1. Estamos vendidos como iglesia. Desde allí, esta semana el obispo ha enviado una carta a toda la diócesis obligando a todos los colegios católicos, a todos los fieles, asociaciones cristianas y centros de salud a pagar una cantidad a la diócesis por alumno, por enfermo, por pertenecer a tal asociación, argumentando que la diócesis y el obispo se han de mantener gracias a sus fieles. Piden unas cantidades que, si sumamos todo lo que pueden sacar, son muchos millones. (…) Esta iglesia se me cae, se me cae a los pies y ya no sé cómo estar en ella sin patalear”. Pataleando, pero siguió adelante porque, como explica después “No me desanimo, sigo luchando porque el Jesús en el que creo también se peleó con los sacerdotes de su tiempo y para él eran más importantes las personas que todas las estructuras y leyes y normas. Llego a un punto en el que solo creo en Jesús. Nada más. Ni iglesias, ni instituciones ni nada. Bueno, eso es lo que hay”.

Le ofrecieron ser superiora de la comunidad, pero no quiso porque eso habría significado abandonar el día a día de la Escuela Taller, que ya había hecho mixto, y eso para ella pasaba por delante de todo. Agotada después de años de tirar de una comunidad que a veces no la acompañaba en el esfuerzo, optó por aceptar un puesto en un país más pobre todavía cuando tenía 43 años: Haití. A pesar de haber vivido muchos años de misionera en África, cuando llegó en 2009 a Haití le pareció que nunca había visto “tal nivel de miseria, caos, desorden y desesperación”. Pero Mey Zamora nos cuenta, a través de los testimonios que ha recogido, cómo empezó a pelear desde el minuto uno. Isa Solá, vestida con ropa de calle, armada con su crucifijo de madera y su determinación, buscó y consiguió financiación para construir cuatro pequeñas escuelas en zonas rurales alrededor de la capital, para frenar el éxodo al centro de la ciudad colapsado. Se movía en la zona de Cité Soleil, controlada por mafias de la droga y, aunque había un acuerdo con los cabecillas de las bandas para respetar a religiosas y colaboradores de ONG, se trabajaba en un lugar oprimente donde los tiroteos no eran raros.

Estaba enfrascada en la planificación de un nuevo colegio cuando el 12 de enero de 2010 se produjo un devastador terremoto. La precariedad de las viviendas hizo que las construcciones se derrumbarán estrepitosamente. Estuvo dando vueltas por la ciudad derruida tratando de sacar a gente de entre los escombros. Metió en su coche a varios heridos y los llevó al hospital. Explica que “el olor a muerto era insoportable… He trabajado en el hospital cinco días interminables. Todos, todos con piernas y brazos amputados, cabezas abiertas, desangrados. Hemos perdido a muchos sin poder hacer nada. MI lucha estaba entre llorar o seguir aguantando para soportar el dolor de tanta gente… nos llegaban a treintenas las camillas. Indescriptible”. La prueba fue dura para Isa Solá, física y espiritualmente porque semejante terremoto llegó a hacer tambalear hasta los cimientos de su fe. Pero salió fortalecida y consiguió lo que no llegó a lograr en África: no ser una blanca a la que ir a pedir o incluso exigir cosas, sino ser aceptada por la comunidad, ser una más de ellos. La forma en que se cuenta en el libro resulta muy estimulante.

La cantidad de personas amputadas era enorme y buscó contactos en España con ortopedias, empresarios y médicos y consiguió material y financiación para poner en marcha un centro donde colocar prótesis a personas que habían perdido miembros. Uno de esos días en que fue al centro de la ciudad en su coche a hacer unos recados, el destino la estaba esperando subido a una motocicleta. Nunca regresó. La manera en que Mey Zamora relata ese momento final, sin exageración pero sin elipsis, con la naturalidad con que vivió Isa Solá, es sobrecogedor. Isa Solá hizo lo que siempre quiso hacer: dar su vida por aquello en lo que creía. Cuando uno se pregunta si en esta época donde todo parece virtual existen todavía héroes como los de antaño, capaces de apretar los dientes y hacer cosas extraordinarias, el relato de la vida de Isa Solá nos hace creer que siguen existiendo: una mujer capaz de darlo todo para que el mundo fuese un lugar un poco menos inhóspito.