Los “okupas” de la literatura

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texto MILO J. KRMPOTIC  ilustración ARCHIVO

Cara y cruz de la traducción en España.

Esta tarde a las 19:30 horas, en la Llibreria Calders de Barcelona, tendrá lugar la tercera y última sesión del ciclo de mesas redondas dedicadas a la traducción que ha venido organizando la ACEC bajo el hermoso y aliterativo lema de “Tejemanes del trujamán”. Bajo moderación de Gabriel Hormaechea, participarán en el acto profesionales tan reconocidos como Celia Filipetto (que ha volcado a nuestra lengua las obras de Elena Ferrante, además de los cuentos de Flannery O’Connor y títulos de James Thurber y Maurizio de Giovanni, entre otros), Olivia de Miguel (Joan Didion, G.K. Chesterton, George Orwell…), Adan Kovacsis (Imre Kertész, Peter Esterházy) y Joan Sellent (quien ha llevado al catalán a Charles Dickens, Paul Auster o Noah Gordon). Un póquer de lujo, vamos. Y una excelente ocasión para tomarle el pulso a un oficio tan imprescindible como tradicionalmente maltratado.

 

La cara

Preguntada precisamente al respecto de esa dualidad, Olivia De Miguel inaugura el apartado de buenas noticias: “Ahora, como siempre, lo mejor de ser traductor literario en España es para mí la posibilidad de tratar con textos creativos en otras lenguas y el tour de force que supone trasvasarlos para recrear otro texto literario en tu propia lengua. A mí me gusta poder escribir emboscada en las historias de otro, ser una especie de okupa de la literatura, la lectura minuciosa y la comprensión detallada que exige toda traducción. Traducir un libro es un viaje apasionante que te lleva por derroteros que no habías previsto y te pone en contacto con autores, paisajes y libros que de otra forma tal vez no habrías conocido, todo esto, unido a la libertad para organizar tu trabajo, tus horarios y lugar en el que lo realizas son los aspectos más positivos”. A lo que su colega Celia Filipetto, compañera además en la nómina de galardonados con el premio Ángel Crespo de traducción, añade: “Entre los aspectos positivos están, en mi opinión, el hecho de que España cuenta con una poderosa industria editorial. Es una suerte para los traductores, porque se traduce de todo, de idiomas y culturas muy variadas. Hace poco, una persona del sector que acababa de regresar de Estados Unidos me comentó que la esperanza de apertura a la traducción atisbada hace unos años con los fenómenos de Elena Ferrante y Karl Ove Knausgård no se ha extendido a otros autores. En ese sentido, los lectores en castellano y en catalán contamos con una amplia gama de obras de las que elegir. Y también los escritores que, gracias a las traducciones, pueden conocer la literatura de otros países”. Sin olvidar ese otro aspecto positivo que es “que contamos con una LPI que nos consagra como autores de nuestras traducciones y, como tales, tenemos derecho a una participación proporcional en los ingresos de la explotación de nuestras versiones, una vez alcanzada la venta de un determinado número de ejemplares”.

 

La cruz

No obstante —prosigue Filipetto acerca de esa LPI—, “sería deseable que se pudiera establecer una forma más transparente de controlar las tiradas y de fijar las tarifas, para que el principio de participación proporcional en los ingresos se haga realmente efectivo. En este momento, la posibilidad de conocer con exactitud el número de ejemplares vendidos es limitada. Y nuestro margen de maniobra y negociación de tarifas y condiciones con los editores es bastante escaso”. Pese a todo, la argentina radicada en Barcelona desde hace cuatro décadas prefiere hablar de “aspectos mejorables” en vez de servirse de expresiones más negativas. Y añade: “La tarea del traductor de libros sigue sin recibir el reconocimiento y la valoración que merece. Aunque últimamente, quizá por efecto de las redes sociales, se cita más al traductor, las editoriales tienden cada vez más a indicar su nombre en la cubierta, se los invita a participar en presentaciones de libros, en coloquios con o sin la presencia de los autores. Aun así, la visibilidad alcanzada no es suficiente. Porque esto, que parece natural y obvio, no es automático. En muchos casos, el colectivo de traductores debe pelearlo e insistir para que esa visibilidad sea efectiva”. Situación que De Miguel resume tajante: “Lo peor son los plazos cortos, la prisa y la escasa rentabilidad del trabajo, las miserables tarifas que se pagan y que hace muy difícil poder vivir únicamente de esta actividad”.