La biblioteca de Marcos Giralt Torrente

Hits: 461

Jesús Marchamalo recorre la biblioteca del novelista Marcos Giralt Torrente

 

 

 

Texto: JESÚS MARCHAMALO

 

Ocurre que, en esta casa, en julio, limpian los libros. Los sacan de los estantes, uno a uno, y los van dejando por el suelo o encima de las mesas, en precario equilibrio, tras pasarles un paño por las tapas. Después los recolocan con las baldas ya limpias, relucientes, cuidando de que cada uno regrese exactamente al sitio que ocupaba. Pero es sabido que las librerías son proclives al caos y al desarreglo, de modo que en otoño se vive la zozobra, trágica, de los libros perdidos; los desacomodados -puestos cabeza abajo, los lomos volteados, cruzados y acodados- , los desaparecidos y los desparejados que parecerían haberse diluido en los estantes -¡magia potagia!-, como el pañuelo de un ilusionista.  

Por lo demás, es esta una biblioteca en la que rige la idea disparatada que se le ocurrió a Marcos Giralt Torrente hace años y que la divide drásticamente en dos: una zona de autores vivos, luminosa, en su estudio, con estanterías blancas, a medida, y que ocupa toda la pared del suelo al techo, como un tapiz, salvo el hueco preciso de la puerta –narrativa fundamentalmente, pero también ensayo literario y poesía-, y otra de autores muertos en el salón –clásicos, libros antiguos-, en la que impera un cierto aire iba a decir sombrío, casi sacro, mortecino y, nunca mejor dicho, de panteón o mausoleo. Hay un problema, es cierto, y es que igual que los muertos, en general, están consolidados, como viejas empresas comerciales, los vivos no dejan de morirse, lo que lleva a un trasiego constante de una zona de la biblioteca a otra, aunque hay veces que los muertos más recientes, por descuido o desidia, siguen entre los vivos como fantasmas, silenciosos, en ese purgatorio de las baldas.

Así, es esta una biblioteca en perpetuo movimiento, de esas bonitas, acogedoras y fotogénicas, salpicada de fósiles, antigüedades, cuadros, máscaras étnicas y algunas fotos, pocas, familiares, y en la que impera un orden alfabético siquiera ornamental: Azúa, Auster, Banville, Bolaño, entre los vivos, Modiano, Munro, Moore o Monterroso. Mucho Piglia y Pitol y también Vila-Matas, todos sus libros, de quien recuerda aquella vez que, siendo él niño, se quedó a dormir en su habitación, en Madrid, y cómo años más tarde todavía era capaz de recordar, con insólita precisión, gran parte de la decoración del cuarto.

Calvino y el entierro de Paquirri

Al lado de la mesa donde trabaja -apenas un ordenador, un flexo, libros, unos pocos papeles-, tiene el que llama ‘rincón de las emociones’: un estante con libros de su abuelo Gonzalo Torrente Ballester, de su tío Gonzalo Torrente Malvido, de José Bergamín, gran amigo, abuelo imaginario, y la colección completa de la Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges: los treinta y tres tomos que editó Siruela, lomos grises y aristocrática elegancia, donde leyó a Wells, Wilde o Voltaire. “Siempre he vivido con libros, en casa de mis padres, de mis abuelos, y estaba tan familiarizado con ellos, tan habituado, que no les hacía caso, así que no fui un lector precoz”, recuerda. “Sí leí a Stevenson y a Guillermo el travieso, pero no me aficioné a la lectura hasta los doce o trece años, con lo que me ahorré gran parte de los clásicos infantiles y juveniles. Recuerdo una colección de libros de Anaya, y ya casi enseguida ésta de Siruela donde leí a London, Chesterton, Saki y también a Calvino y a Borges; de ambos tengo, por cierto, libros dedicados, uno de los pocos tesoros de la biblioteca”.

Cuenta que en septiembre de 1984, Jacobo Siruela organizó en Sevilla, en la Universidad Menéndez y Pelayo, un curso de literatura fantástica en el que, entre otros, participaron Italo Calvino, su abuelo Torrente Ballester y Borges. “Mi madre, que entonces trabajaba en Televisión Española, en un programa de libros, también estuvo, y fue quien le pidió a Borges que me firmara una dedicatoria, y a Calvino, al que acompañó al entierro de Paquirri, que murió justo esos días del curso y que le pidió que, por favor, fuera con él al cementerio”.  Borges, ya casi ciego, le hizo una firma casi ilegible, muy japonesa y algo desbaratada, y Calvino le dedicó en la página de cortesía en su ejemplar de Si una noche de invierno un viajero, con letra negra y firme, muy notarial y escueta: “Para Marcos, Italo Calvino. Sevilla, 27. 9.84”

En los estantes de los inmortales, allí, bajo la luz de una lámpara de pie, Cortázar, Bioy Casares, Rulfo, Onetti, Barral, Cheever, Baroja –los ocho tomos de sus obras completas, lomos rojos, por cierto, boca abajo-, al lado de Balzac, Conrad, casi una balda, Dickens, Defoe y Chéjov, mucho Kafka y mucho Thomas Bernhard, El malogrado, El imitador de voces o Trastorno en la edición de la vieja Alfaguara de Salinas, tapa violeta y gris y lleno de anotaciones -47, 123, 167 y 168- que señalan páginas del libro, y al que llegó de la mano de Benet. El Benet del flequillo desfilado y la corbata bajo el jersey de pico, con el que pasó largas veladas en su casa de la calle Pisuerga. “Mi madre salía mucho con él y sus amigos y por la noche siempre me llamaba para saber si yo había vuelto a casa. Esas llamadas se convirtieron casi en una leyenda, y en uno de los libros que me dedicó, se lee: ‘Para Marcos, que no sabemos si ha llegado ya. Benet’.

El hombre invisible

En medio de los estantes, libros cruzados, puestos en horizontal, un poco atribulados, una foto enmarcada, vertical, blanco y negro, de José Bergamín, que se tapa la cara, misterioso, con las manos entrelazadas delante de los ojos.  

Bergamín volvió a España en 1970 tras mantener correspondencia con algunos intelectuales del interior más sensibles al regreso de los transterrados, entre ellos Torrente Ballester, con quien le acabó uniendo una sincera amistad. Vivía con un loro en un pequeño apartamento frente al Palacio Real, en la Plaza de Oriente, donde le visitaba, con frecuencia, la policía y donde, con frecuencia, era detenido preventivamente. “Cuando lo conocí, caí fascinado”, recuerda. “Era cariñoso, familiar, afectuoso. Me prohijó y me convirtió en su nieto adoptivo, y tuve mucha relación con él. En 1979, yo tenía entonces once años, recuerdo que se presentó como senador por Izquierda Republicana, y nos hicimos con una imprenta de gelatina, con la que hice pasquines de su candidatura. Luego se fue al País Vasco, donde lo visité; todos sus amigos le llamaban Pepe, o don José, menos yo, que le llamaba don Pepe”.

De Bergamín guarda en la biblioteca, allí cerca de la mesa donde escribe, buena parte de sus libros –Cristal del tiempo, La música callada del toreo, Esperando la mano en la nieve-, muchos dedicados, como La hija de Dios y La niña guerrillera, publicado en México en el que se lee.

“Para mi queridísimo Marcos,

mi nieto favorito

con un abrazo de su abuelo. José.”

Tiene también una nutrida biblioteca de filosofía –Kant, Hegel, clásicos griegos- y otra de arte, en Galicia, y que se va extendiendo en pilas por la casa, en espera de que alguien viaje y se las lleve. Y habla de un almacén, en una calle cercana, donde guarda cuadros de su padre, y libros raros, una biblioteca ecléctica, de historia y temas marginales, difíciles de clasificar, y en el salón, también, en montones sobre las mesas, como torres airosas, otros que ha ido leyendo, de los que le cuesta desprenderse y que todavía no sabe qué hará con ellos. Los mira resignado, aquí y allá, mientras en los estantes prevalecen - ¡Ay! - los estragos de la última limpieza veraniega.

Libros:

 

El clásico: Tistram Shandy, de Laurence Sterne. Un gozo, un disparate y la mejor enseñanza literaria que un autor joven puede recibir. La libertad absoluta.

El libro propio: Los seres felices. Mi libro más ambicioso y el mejor construido. Una novela con un narrador banvilliano al que no siempre hay que creer.

El libro contemporáneo: Rendición, de Ray Loriga. Una novela soberbia, la mejor que he leído últimamente.

El proyecto Bibliotecas de escritores está organizado por el Ayuntamiento de Fuenlabrada, y se celebra en dos ciclos al año en el Centro de Arte Tomás y Valiente