El taxista de Vázquez Montalbán

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El periodista Antón Castro nos presenta este relato en torno al escritor barcelonés, Manuel Vázquez Montalbán

 

 

 

 

Texto: ANTÓN CASTRO

 

No sé bien por qué pero siempre me desoriento en las ciudades. Incluso en aquellas que más frecuento. Tengo tal tendencia al extravío que a veces interrumpo el paseo o un desplazamiento previsto, entro en un bar y despliego el plano, y confecciono uno más manejable o sencillamente la lista de calles que tengo que recorrer para llegar a tal o cual sitio. Tampoco suelo internarme en el metro: ahí la sensación de pérdida es absoluta. Creo que nunca he viajado en el de Barcelona. Por eso suelo gastar demasiado dinero en taxis. Demasiado. Una buena parte del que había reservado para libros, catálogos de fotografía o la entrada a los museos. Tras bajar en el AVE en la estación Barcelona-Sants decidí tomar un taxi. Subí y dije que iba a la central de La Caixa a ver una exposición de Francisco de Goya con fondos del Museo del Prado. Recuerdo que el taxista, de unos treinta y cinco años, me hizo una pregunta y le dije, sí, en ese gran edificio donde proyectan cine y hacen espléndidas exposiciones. Como si el conductor hubiese de estar familiarizado con el arte, añadí: “Hacen exposiciones estupendas para los todos los públicos. Destacan por su montaje. Ahí se pueden ver maravillas: Delacroix, Barceló, Mucha…” El taxista, con naturalidad, me dijo: “No estoy muy puesto en arte. Quizá si me hablase de música…” Enristré una lista de nombres de intérpretes y compositores de música clásica, que tampoco debieron ser de su especialidad. Me fije la emisora que había seleccionado y era Hit FM. Y por ahí iniciamos otra conversación que nos llevó a hablar de U2, de la separación de REM, de John Lennon y de Paul McCartney, de las bellas fotos que había hecho su esposa Linda, de Leonard Cohen, de su historia de amor y sexo con Janis Joplin en el hotel Chelsea, y acabamos citando a Amaral, Russian Red y Vetusta Morla, que “a mí se me hacen un poco pesados. Es uno de esos grupos que te exigen que los escuches todo el tiempo; no puedes distraerte ni un segundo y en este trabajo eso no es posible. A veces aparece gente como usted a la que le gusta hablar”.

Con ese comentario, me sentí autorizado para preguntarle acerca de la vida de un taxista en Barcelona, una ciudad trazada con toda la elocuencia de la geometría, con líneas claras y simétricas. Contó lo que quiso, las horas al volante, la paulatina escasez de trabajo, su condición de observador o mirón de la vida de la ciudad, los anuncios publicitarios, “los de ropa interior de mujer son un auténtico peligro”, el pintoresquismo de los viajeros. Y fue entonces –aunque estaba un poco sorprendido: había realizado varias veces ese trayecto y nunca se me había hecho tan largo- cuando me atreví a preguntarle qué era lo más extraordinario que le había pasado nunca con el coche. Antes le dije, “perdone, ¿está seguro de que vamos bien?”. “Sí claro, a la sede central de La Caixa, ¿no? Está cerca del Tibidabo. Un poco lejos aún”. Me chocó, pero seguimos hablando.

                -Nos pasa de todo.

                -¿De todo?

                -Sí claro. De noche puede ser un oficio peligroso. Nos han robado, nos han conminado a ir a tal o cual descampado a punta de navaja o de pistola. Y he visto a más de dos o tres parejas que han pasado del magreo a lo otro.

                -¿A lo otro? ¿Y lo toleran ustedes?

                -A veces sí. Depende.

                -¿De qué depende?

                -Si te caen bien, si ves que es algo morboso o divertido, si la carrera va a ser larga. Si la chica está como un pan. O si tienes la sensación de que solo es un precalentamiento antes del hotel.

                -No lo creo. Me está tomando el pelo.

                -¿Por qué iba a hacerlo? Me ha preguntado y le he respondido. ¿A qué se dedica usted? ¿No será periodista o algo así’

                -Algo así: escritor.

                -¿Y qué…? ¿Buscando temas entonces?

                -Le diré la verdad. He tenido varios amigos taxistas y me han contado todo tipo de cosas. Durante algunos años he sido camarero de bingo y tengo un par de cuadernos llenos de notas, de anécdotas y de recuerdos de taxistas.

                -¿Qué recuerdos?

                -De todo un poco: cintas de música, calendarios, publicidad del taxi, banderines y bufandas de equipos de fútbol, listas de teléfonos, postales, incluso alguna dedicatoria en un recibo.

                -¿Dedicatorias de taxistas? No me haga reír. ¿No debería ser al revés?

                -Probablemente. Casi siempre me ha ocurrido lo mismo: estoy yo más interesado en la vida de los taxistas que ustedes en la de los escritores.

                -¡No se crea! Yo fui taxista de Manuel Vázquez Montalbán en los tres o cuatro meses anteriores a su muerte en Bangkok. No hablaba casi nada, salvo de una de sus pasiones: el Barcelona. Tengo en casa más de media docena de libros dedicados. Mi favorito era Galíndez. ¿Lo ha leído?

                -Sí, claro. Y también he visto la película. Disculpe. Creo que nos hemos equivocado… ¿A dónde me lleva usted exactamente?

                -Lo que me ha dicho: a la central de La Caixa.

                Abrí La Vanguardia, y comprobé la dirección: Avenida Ferrer i Guardia, 6. Se lo dije.

                -¡Ostras! Estamos muy lejos y en dirección contraria. Pero ¡hombre! Eso es CaixaForum –dijo el taxista.

                -Eso digo yo. Llevamos casi veinte euros de carrera.

- Espere un momento… No nos hemos entendido. La central de La Caixa no es CaixaForum…

Hizo una consulta, que me pareció más bien mecánica, en un callejero manual. No recuerdo si tenía GPS. Se detuvo en una acera vacía en una zona despoblada.

-Voy a parar el contador. ¡Qué putada! Ya lo llevo.

-Espere un momento. ¿No le parece que este error merece que me cuente su mejor historia? –le dije. Dudó un instante. Y agregó:

-Después de esto pensará que soy un embaucador y no creo que me vaya a creer.

-Inténtelo.

Dudó un instante. O eso me pareció. Y dijo:

-Esto que le voy a contar no me ha pasado solo a mí, que tengo pareja estable desde hace tres años y una niña de diecisiete meses. Siempre que me lo contaban los colegas en la cooperativa o en algún bar, donde nos reunimos a veces a tomar vermut, me parecían invenciones. Historias de alguien que se ha aburrido mucho y quiere tirarse el moco. Un día, no hace mucho tiempo, en el hotel Princesa Sofía, seguro que lo conoce, recogí a una mujer. No pasaba inadvertida, la verdad, pero a veces tardas un poco en darte cuenta… No era fácil saber si era una ejecutiva moderna y atractiva o una modelo; vestía un traje de corte negro y una camisa ligeramente plateada tocada por un amago de velo en el cuello. No sé en qué instante ni cómo le vi las piernas, y eran espectaculares. No se acababan nunca: largas, perfectas, como talladas por un cantero o un escultor. Me dijo que tenía que ir a la calle Joaquín Costa, al Teatro Goya. Pensé que sería actriz y miré por el retrovisor. Era realmente bonita y una de esas mujeres que se hacen notar, de entrada, por su perfume.

-¿Por qué?

-No es que hubiese abusado de él, pero olía muy bien, impregnaba el taxi de una manera muy delicada. Si tuviera algún sentido le diría que olía a mar y a almendras tostadas.

-Ja, ja, ja. Ese olor no existe. ¿Me está tomando el pelo?

-No era mi intención. Y máxime cuando habrá pensado que soy un perfecto estafador.

-Ahí está en lo cierto –contesté con una sonrisa.

-Le pregunté por dónde quería que la llevase y me respondió como suelen hacer las personas desprendidas, confiadas, o las que conocen la ciudad. “Por donde sea más rápido”, dijo. Le anuncié una ruta, pero la alargué por aquí y por allá. Cuando llevábamos casi diez minutos y estábamos cerca de la plaza de Cataluña, comentó: “¿Qué pasa? ¿Le gusta mi peinado o mi sombra de ojos? No hace usted más que mirarme por el espejo”. Antes de contestar alguna tontería, sonreí. Insistió: “¿No me va a responder?”. Lo hice, claro: “Uno no lleva todos los días a una mujer así en su taxi. Y menos si es una actriz. ¿En qué obra trabaja?”. “No soy actriz. Trabajo en una empresa de comunicación e informática. Entonces, dígame: ¿le gusto un poco?”. La verdad es que no sabía qué contestar. Estábamos muy cerca, pero decidí dar una o dos vueltas más. Así, como quien no quiere la cosa, me alejé por las Ramblas. Y le contesté: “Pues sí, me gusta usted mucho. Mucho”. Noté su mano en el hombro, que se alargó suavemente hacia el cuello y mi oreja derecha. “¿Por qué no da la vuelta y volvemos a mi hotel?”.

-No, no me lo creo –dije yo-. Es demasiado fácil. Y no sé si decirle que previsible o inverosímil.

-¿Inverosímil? –preguntó.

-Sí, que no se puede creer porque las cosas no suceden así. Que ahora es usted el que se está tirando el moco conmigo como sus colegas en la cooperativa o en el bar.

-Puede creer lo que quiera. Le dije que sí, claro, aunque durante el regreso al hotel Princesa Sofía pensaba dónde iba a aparcar el taxi y cómo iba a justificar el tiempo de parón del taxímetro. Solo soy un modesto empleado; mi jefe tiene dos conductores más para este vehículo. Me parecía poco elegante, o cómo se diga, transmitirle mis dudas y mi zozobra, pero ella debió cazarlas al vuelo. Pensé que quizá no fuera la primera vez que hacía algo así… Llegamos al hotel, bajó antes que yo y habló con uno de los conserjes. Al cabo de un instante, me pidió que bajase, que le entregase la llave a un joven de uniforme, y oí perfectamente que le decía que cuando estuviese bien aparcado el taxi dejase la llave en la recepción para la habitación 451.

-¿Y qué pasó?

-Se lo puede imaginar…

-Eso es precisamente lo que no me puedo imaginar. Cuéntemelo…

-Realmente era una mujer preciosa. Imponente. Incluso pensé que era como una puta de lujo. En el ascensor me miró a los ojos y me besó con suavidad. Murmuró: “No te pongas tierno. Hemos venido a follar. A ver lo que sabes hacer”.

-Ja, ja, ja. Decididamente usted se está burlando de mí. Veo que quiere pasar a mi libro de anécdotas.

-Entramos en la habitación y entonces sí me besó apasionadamente. Me mordió en los labios, en la oreja, un poco en el cuello. Y antes de que me diese cuenta ya me había desnudado, ella a mí. Por completo. “Ahora te toca a ti, y tienes que hacerlo con cuidado. Debo estar impecable en varias reuniones, sin una sola arruga”. Hice lo que pude y cuando le vi la ropa interior, completamente negra, primorosa, me volví loco. Y eso fue todo.

-¿Cómo todo?

-No querrá que le cuente cómo follamos, cómo follaba ella. Manuel Vázquez Montalbán me dijo una vez que las novelas se escriben con la imaginación.

-No está mal que dijese eso un escritor realista –le dije-. Pero algo habrá que contar…

-Un hombre no debe contar lo que hace con una mujer. Quédese con esto: salí de allí temblando. De asombro, de placer, de perplejidad, de estupor. Y quizá de culpa. Y a la vez no sabía bien si todo había sido un sueño. Hice cosas que no sabía que se pueden hacer y ella me hizo cosas que jamás habría soñado. Se entregó como si no hubiera mañana. Sabía gozar. Y al terminar, me dijo: “Yo me voy a ir primero. Tendrás tu llave abajo y aquí te dejo uno de los grandes”. “Espera, espera –le dije-. ¿No me vas a dar tu tarjeta, tu número de móvil, no quieres que no veamos esta noche, mañana?”. “No. Déjame una tarjeta y cuando vuelva a Barcelona pensaré si te llamo. Marcho en el último AVE. Mi familia me espera en Madrid”.

-¿Su familia?

-No me dijo mucho más. Creo que tenía tres niñas. Según me habían contado otros compañeros, eso no era infrecuente. Estas mujeres vivían con mucho estrés y se desfogaban así, con sexo sin compromiso y con rapidez. No habíamos utilizado preservativo ni nada y de repente me entró un poco de angustia. Le pregunté. “No te preocupes –me tranquilizó-. Eso corre de mi cuenta. Me gusta hacerlo así, con un poco de riesgo. Forma parte de la aventura. Gracias por todo. Ha estado bastante bien”. Me dejó la tarjeta electrónica de la puerta al lado de los 500 euros y se fue. Si me viese obligado a justificar algo, habría dicho que había sufrido un pinchazo. No fue necesario: el contador no había dejado de correr y marcaba 229 euros.

El taxista puso el coche en marcha y en apenas diez minutos llegamos a CaixaForum.

-Lo veo muy callado. ¿Qué le parece mi historia?

-Fascinante. Casi me alegro del equívoco. Lástima que no pueda usarla. Nadie se la creería.

-Bueno. Tenía que intentarlo. Vázquez Montalbán me dijo una vez que siempre le pasaba lo mismo: la realidad a veces parece increíble en la vida y mucho más en la literatura.

Le pagué los veinte euros y le di diez más de propina.

                -¿Está seguro?

                -Sí. Lo he pasado muy bien. Y, además, se me ocurre pensar: ¿y si fuera cierto lo que me acaba de contar? Muchas gracias. ¿No tiene una tarjeta?

                -Prefiero no dársela. Ya le he regalado mi mejor historia.