Caroline Lamarche: una autora por descubrir

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La editorial Tránsito publica su segundo título, La memoria del aire de Carolina Lamarche

 

 

 

 

Texto y Foto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Cuando contacté con Sol Salam –la editora de la nueva editorial Tránsito– para que me enviara el primer título que iba a lanzar al mercado –La azotea de Fernanda Trías–me comentó que temía que, tras la campaña que estaba haciendo en los medios con La azotea, fuese a pasar desapercibido su segundo título, La memoria del aire de la francesa Caroline Lamarche (Liège, 1955). Sol me dijo que le apetecía mandarme los dos libros y yo acepté. Sentía curiosidad por saber qué dos primeros títulos había elegido para su catálogo. Estuve en la presentación de La azotea en la librería Tipos Infames, y nunca había visto el lugar tan lleno. Unas semanas después también me pasé por la presentación de La memoria del aire en la librería Cervantes y también apareció por allí mucha gente. Lamarche vivió de niña en España y entiende el español y sabe hablarlo. Fue una presentación muy entrañable. Al final me firmó mi libro con una dedicatoria en francés que no entiendo, y yo tan feliz.

Actualmente Caroline Lamarche publica en la prestigiosa editorial francesa Gallimard, y es una autora que empezó tarde su carrera, ya que su primer libro apareció en las librerías cuando tenía ya cuarenta y un años. La memoria del aire es una novela breve que, según lo que contó Lamarche en la presentación, en principio iba a ser un texto corto para ser recitado, y más tarde se convirtió en nouvelleLa primera imagen de la novela es inquietante: se describe un sueño en el que la narradora baja un barranco para encontrarse con el cadáver de una mujer que es ella misma con su aspecto de veinte años antes. «El último hombre que he amado, el hombre de antes, como yo lo llamo (pero ¿de antes de qué?), dijo de mí enseguida, al principio de nuestra relación, que nunca había conocido a ninguna mujer que cambiara de humor tan rápido, varias veces al día, a la hora e incluso al minuto; uno de los síntomas, me informó, de esas personas, de los borderline.», leemos en la página 14 y cuarta del libro. Gracias a comentarios como éste, el lector va descubriendo que nuestra narradora tiene un conflicto no resuelto con el hombre que fue su pareja durante siete años, al que acabará llamando «Deantes».

El recuerdo de las conversaciones de la narradora con su imagen más joven y muerta se va abandonando según avanza la novela. Los cortos capítulos darán pie a narrar la relación de la protagonista con su última pareja, Deantes. En un principio, Deantes parece un hombre interesante, políticamente rebelde, lector y también escritor. Como artista y persona inquieta, Deantes posee una personalidad sensible e inestable; o, más bien, la narradora cree que debe lidiar con la personalidad «sensible e inestable» de su pareja, que juega a ser artista y a coquetear con la idea de la desesperación y el suicidio. Existe una distancia entre las primeras consideraciones de la protagonista hacia su pareja y el mundo, en el momento de estar viviendo los hechos que nos serán narrados, respecto a su reflexión posterior sobre lo vivido, desde la madurez y la comprensión de sí misma y de cuál ha sido su herencia cultural. Desde el presente sabe (ahora) que ella vivió con Deantes una relación de dependencia y de anulación de su personalidad, una situación que ella toleraba para poder mantener una relación de amor no del todo satisfactoria y debido a la aceptación de una realidad cultural contra la que no había acabado de rebelarse. En gran medida, la narradora sabe que tanto Deantes como ella son fruto de construcciones culturales que provienen de sus familias (ella de la Biblia que leía su madre, y él de las novelas románticas que leía la suya).

La memoria del aire es una novela corta y no me gustaría (ya me he sentido tentado) contar todo el argumento del libro, sacando a la luz líneas argumentales que aparecen en el texto ya traspasada su mitad, y a las que el lector debería acercarse desde el desconocimiento. «Al día siguiente dijo que no había pasado nada, que todo era culpa mía, que era yo quien había empezado.», leemos en la página 79. «Algo empezó a pitar dentro de mi cabeza, no era capaz de pensar, así que empecé a repetir, con una voz cada vez más débil, que esperaba que se disculpase.», leemos en la página 80. Frases como las anteriores le darán al lector una pista sobre los senderos que va a hollar la novela. En su tramo final la novela se adentra en un recodo narrativo más oscuro que los anteriores y el lector descubrirá que el verdadero meollo de la construcción novelística se encuentra agazapado, como un monstruo del subconsciente, en las últimas veinte páginas. Unas escalofriantes páginas finales que le harán replantearse, desde una nueva perspectiva, todas las páginas leídas hasta ahora. Será entonces cuando descubra la verdadera dimensión discursiva de la voz narrativa. La memoria del aire es una novela de frases cortas y filosas, de capítulos cortos y filosos. Lamarche ha publicado libros de poesía y en más de uno de los concentrados capítulos de esta novela se puede ver claramente su vocación de poeta. Por ejemplo, voy a reproducir aquí el capítulo 14 entero, que podría ser perfectamente un poema en prosa: «Nadie sabrá nada del escenario de la cama, del teatro que montamos en la cama. Nadie del olor que dejé allí, nadie del tiempo que pasé mirándolo mientras dormía, nadie de dónde estaba él, fuera de mi alcance, los ojos cerrados, la mano abandonada, entreabierta, para después volver a cerrarse con fuerza sobre mí, el cuerpo tomado, trabado, penetrado con adoración, ansiedad, cólera, y los espejos gemelos que nos observaban sin descanso en sus marcos negros, infinitamente más grandes que el espejo mismo.»

«Estoy decidida a marchar hasta que la muerta se despierte.», leemos en la página 45, como cierre del capítulo 11. Toda una declaración de intenciones de la voz narrativa, una voz que habla desde la madurez, desde el sosiego de haberse conseguido entender a sí misma, fuera del poder de la manipulación y de la errónea herencia cultural, y que se dirige a su yo de hace veinte años: la muerta del sueño del primer capítulo, que habrá de despertar en la que es ella ahora. La memoria del aire es una novela poética que, desde el dolor, nos habla de la toma de conciencia de la realidad de una mujer herida. Una novela corta y potente, de profunda raíz feminista, que indaga en las fuentes del machismo y el error de la asunción de ciertos roles transmitidos desde las generaciones anteriores, proponiendo una toma de conciencia para la mujer frente a la sociedad que le ha tocado vivir. Una novela que, tras la lectura de La azotea, parece marcar ya una dirección clara del camino que quiere seguir la editora Sol Salama con su proyecto Tránsito: buscar a escritoras con un discurso salvaje y combativo, como ella misma ha comentado en las presentaciones de sus libros. Le deseo mucha suerte. Se agradece además la calidad de la traducción de Raquel Vicedo y lo cuidado de un texto en el que no he detectado ni una sola errata.