¡Leed, leed, malditos!

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Ricardo San Vicente, traductor de Tolstoi o la Nobel Aleksiévich, gana el Premio Giménez Frontín por su apasionada labor de conector con la cultura rusa. Ricardo San Vicente recibió ayer el Premio Giménez Frontín que otorga la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC) en reconocimiento a su tarea como eslavista. San Vicente, una de las figuras más relevantes para la difusión y el conocimiento de la literatura rusa en el mundo hispánico,  se retiró de la docencia tras más de 30 años en la Universidad de Barcelona como profesor de traducción literaria. El premio Giménez Frontín mantiene vivo el espíritu de este añorado escritor y activista cultural, que siempre buscaba puntos de conexión y compresión entre culturas.

 

 

 

Texto: JUDIT DÍAZ BARNEDA

Foto: UNIVERSITAT DE BARCELONA

 

“Leed, leed, leed!” exhortaba desde la tarima. “Yo os puedo explicar detalles de los autores y sus épocas, de sus experiencias y qué hechos motivaron que las obras fueran escritas, pero hace falta que las leéis. No basta con venir a clase y escucharme a mí, hace falta que leéis.” Con una convicción así de sólida Ricard Sant Vicente se dirigía a su auditorio en una de las aulas del edificio de la UB. Fue allá donde lo conocí y puedo asegurar que no se limitaba a transmitir con vehemencia este mensaje y después desaparecer detrás la puerta del departamento de lenguas y literaturas eslavas. Todo al contrario: Llegaba a clase con extensas listas de bibliografía que facilitaba a todo el mundo, dejaba personalmente en préstamo los libros que no se podían encontrar con facilidad, siempre que podía ponía todo el que tenía a su alcance para facilitarnos el acceso a las obras que constituían el temario de las asignaturas de literatura rusa que ha impartido hasta hace muy poco, apenas hace tres meses que se celebró un acto de despedida y de agradecimiento por su trabajo llevado a cabo dentro de la institución universitaria a lo largo de 30 años. La UB no ha perdido un maestro, porque me consta que continúa yendo al departamento, pero los alumnos han perdido la posibilidad de escuchar un efectivo transmisor de información relevante. Ahora nos conformaremos, de momento, con sus traducciones, prólogos y artículos, que no es poco.

El premio José Luis Giménez Frontín tiene una carga ética importante. Trata de dar relevancia, de prestar especial atención y celebrar la trayectoria profesional, y me atrevería a decir que también vital, de personas activas en el mundo cultural que han hecho la tarea de catalizadores entre diferentes culturas, posibilitando la permeabilidad entre ellas. Esto se puede materializar de muchas maneras, y en el caso de Ricard San Vicente su acción facilitadora se ha demostrado en diferentes ámbitos: enseñanza, traducción y divulgación. Que Ricard San Vicente ha sido un facilitador a la vez que ha conseguido que las culturas y las literaturas catalana/española y la rusa estén más cercanas es un hecho evidente. En la última sesión que impartió en las aulas de la UB esta evidencia se puso de manifiesto con muestras de afecto que venían de muchos lados: por supuesto los estudiantes, también los compañeros de profesión dentro de la universidad, traductores del ruso, gente del mundo editorial, etc. El acto de entrega del premio José Luis Giménez Frontín a la aproximación de culturas también quiere ser una muestra de afecto y reconocimiento por parte de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC). Algo me hace sospechar que no debe de ser casualidad el hecho de que se le entregue el mismo año que ha decidido dejar la docencia.

Si bien enseñar literatura, en este caso estamos hablando de la rusa, es una tarea primordial a la hora de contagiar el interés por la lectura de autores como Txèkhov, Puixkin, Tolstoi, Brodski, Shalàmov o Aleksiévich, por citar sólo algunos ejemplos, hace falta todavía una cosa más: tener al alcance las obras de estos autores en catalán o castellano. Ricard es un facilitador y como tal nos ha abierto la posibilidad de acceder a estos libros gracias a sus traducciones. No hay acto que construya puentes culturales mejor que las traducciones y me consta que Ricard las ha hecho con esta intención, desde luego no para enriquecerse, pues todos ya sabemos que la traducción literaria es una tarea sobre todo vocacional aunque, paradójicamente, requiere de un alto nivel profesional. Pero aquí no se acaba la cosa, no se trata sólo de traducir los textos. Se tiene que hacer entender a las editoriales, convencerlas que estos textos valen la pena; Y aún más: que estos textos son imprescindibles para construir el corpus cultural de una lengua, que el público de aquí necesitaba tener acceso a ellos. Ha lidiado durante muchos años con los editores para convencerlos que publicaran autores rusos, cosa que a veces puede resultar tan difícil de hacer como convencer los estudiantes universitarios de que lean.

Ricard es en sí mismo una mezcla de las culturas española y rusa gracias a (o por culpa de) un momento y unos hechos históricos muy concretos. Sus padres, originarios del País Vasco, fueron trasladados a la Unión Soviética en 1937, cuando eran niños, para huir de los estragos de la guerra civil. Eran los conocidos como niños de la guerra o niños de Rusia, acogidos a la Unión Soviética y tratados con mucho de afecto y respeto por su lengua y tradiciones de origen. Los padres volvieron a España años después, ya casados y con el pequeño Ricard. Conservaron el amor por el país que los había acogido hasta el punto que la lengua que se hablaba en casa, la que hablaban con el hijo, era el ruso. Imagino cuál sería el choque del pequeño Ricard de ocho años cuando llegó al España deprimida de los años 50, un niño nacido a la URSS de padres españoles pero que no habla español a pesar de que siempre ha sentido explicar historias sobre este país y su gente. Los códigos del comportamiento soviético, que sus padres respetan e idealizan, no sólo desaparecen a su alrededor de repente sino que hacerlos públicos se convierte en una acción potencialmente sospechosa. Por tanto, la adaptación no es sólo lingüística sino que tiene que ir mucho más allá. Estos puentes culturales y lingüísticos, e incluso políticos, primero los tuvo que construir dentro de él mismo, vivir con esta dualidad, ser las dos cosas a la vez.

Es curioso que en una entrevista que le hicieron en Radio Svoboda comentara que después de acabar los estudios universitarios de filosofía y letras no se veía con suficiente altura moral como para hacer de profesor y enseñar a otras personas, razón por la cual se decantó por la traducción. Afortunadamente, más adelante se lo repensó, porque atender como alumno sus clases era un privilegio. Su capacidad de comunicar, aliñada con una ironía ligera e inteligente, nos hacía entender las penalidades del perplejo Bulgàkov, los horrores de los Gulags de Solzhenitsin, las miserias de la guerra de Xalàmov, las sutilezas de los comportamientos de los personajes de Txèkhov, la épica del príncipe Ígor, las contradicciones de los personajes de Tolstoi, los demonios que vivían en Dostoievski. Podríamos repasar todo el currículum (Gorki, Tsvetaieva, Akhmàtova, Bàbel, Blok) pero no me extenderé más en este punto.

Siguiendo con su tarea de divulgador podemos añadir que también ha ayudado a hacer visibles a nuestro país otros escritores y académicos disidentes como Andrei Siniavski o Efim Edkin. Solía traer a clase fragmentos de textos, que a veces habían sido traducidos por él mismo para la ocasión con el objetivo de iluminar uno u otro aspecto de la obra de un autor. Por ejemplo, fue así que descubrí Jossif Brodski. Este autor había recibido el premio Nobel de literatura en 1987 pero había muy poca poesía de él traducida al castellano. El profesor San Vicente creía que era necesario hacernos llegar muestras de su arte y no dudaba al traer versiones traducidas de estos poemas a clase. Más adelante, en 2000, volvió a hacer de facilitador para que la editorial Galaxia Gutenberg publicara una compilación de los poemas de Brodski en el libro titulado No vendrá el diluvio tras nosotros. Desde el 1995 está inmerso en la traducción de los cuentos de Varlam Xalàmov y desde el 2007 que los publica con la editorial Minúscula, que ya tienen seis volúmenes de los Relatos de Kolimà. Fue la traducción de uno de estos relatos el que San Vicente leyó para despedirse a su última clase en la Universitat de Barcelona. Quería que los oyentes captásemos cómo Xalàmov es capaz de casar en un texto la descripción del horror con un estilo bello, la constatación del proceso de deshumanización con una prosa de primera clase y cómo, con sus relatos, Xalàmov, además de dejar a cuerpo descubierto nuevas páginas de la historia de la URSS, crea un nuevo lenguaje literario. De este modo Ricard San Vicente condensaba magistralmente sus dos facetas, traductor y profesor, en una sola acción.

Desde el ACEC y siendo fieles al espíritu que inspiraba a José Luís Giménez Frontín –que fue fundador, presidente y secretario general- a la hora de buscar puntos de conexión y comprensión, de hermanar culturas y de encontrar las vías de comunicación entre ellas, este año se quiere otorgar el galardón que lleva su nombre a Ricard San Vicente. En ediciones anteriores el premio ha sido para la Agencia Literaria Carmen Balcells, Joaquín Marco Revilla, Carlos Vitale, Lluís Cabrera, Joan de Segarra, Carme Riera, Anna Maria Mustio y Enrique Badosa. Con este reconocimiento la ACEC quiere agradecer de todo corazón la tarea que Ricard San Vicente ha realizado hasta ahora y esperamos seguir disfrutando de sus futuras aportaciones.