Miradas de la infancia

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12 obras literarias que buscan al niño que todos fuimos

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Hay dos momentos cruciales en la vida de una persona: el de marcharte de casa y el de volver a casa. Rememorar la infancia es volver a casa, a ese momento donde todo estaba por hacer, todo estaba por ganar y todo por perder. La infancia es un territorio al que los escritores vuelven una y otra vez, tal vez porque nunca se fueron. Hay casos singulares, desde luego, pero desconfíen de los escritores tardíos, que se les revela la vocación de adultos. Los ingenieros de puentes y caminos, los abogados o los registradores de la propiedad pueden descubrir su vocación con una edad en la que sopesar pros y contras. Pero el afán ilógico por escribir tiene mucho que ver con una pulsión de infancia. Si estuviera Freud con su barbita de sátiro y sus teorías lubricadas diría que es un descubrimiento tan temprano como el de la pulsión anal. Pero la literatura tiene que ver con otros esfínters: los que regulan las compuertas de la ensoñación. Se descubre el afán por escribir de niño, porque es el momento en que tu inseguridad te crea la necesidad de construirte una trinchera de palabras para esconderte del mundo o un trampolín para sobrevolarlo. Según la naturaleza de cada uno, se construye un sótano secreto donde refugiarte de cuadernos ocultos pudorosamente al fondo del cajón de los calcetines o levanta un castillo con foso, murallón y torre del homenaje de relatos fantasiosos que eleven escaleras a un lugar más elevado. Estos son algunas miradas literarias sobre la infancia que vale la pena volver a recorrer.

Los niños eternos

Peter Pan no quiere crecer. Se ha plantado en los diez años y en su país de Nunca Jamás, donde no tiene que angustiarse por pagar hipotecas, lidiar con los achaques de la vejez o tener ideas políticas: su única preocupación es el Capitán Garfio. Que Peter Pan viva en ese mundo alucinante y vuele gracias a un polvo blanco de hada podría dar lugar hoy día a muchas interpretaciones, algunas con implicaciones penales. Naturalmente, interpretaciones de adultos corrompidos por su propia edad. Peter Pan vuela, fundamentalmente, porque lo eleva del suelo la imaginación John Barrie, que se pasaba tardes enteras haciendo obras de teatro y jugando con los hijos de sus vecinos. El sueño de Peter Pan, de no crecer, es un bonito sueño.

El Principito es un niño sin edad. Vive en el asteroide B-612 y un conflicto sentimental con la única rosa de su planeta minúsculo lo ha hecho viajar por el espacio en busca de un lugar más acogedor y alguien le indica que pruebe en la Tierra. Se pasa un año entero tratando de entender a los seres humanos, pero da la vuelta al planeta sin haber conseguido entender nada. Un zorro es el único que le enseña algo útil: ni las rosas ni las personas son únicas, sino que somos nosotros quienes las hacemos únicas al entregarles nuestro afecto. Dada la carga filosófica y la mano que lo traza, la de un aviador y escritor de muchos altibajos emocionales, hay una discusión bizantina sobre si este es un libro infantil o es un libro de adultos. Unos defienden una cosa y otros, la otra. Seguramente todos se equivocan: no es un libro ni para niños ni para adultos: es un libro escrito para el niño que todos fuimos alguna vez. Ese niño que sigue creyendo que pueden aparecer pozos de agua en el desierto.

Infancias difíciles

Oliver Twist comete en el orfanato donde vive un delito gravísimo: pide un poco más de comida en los platos de los chicos eternamente hambrientos. Eso indigna al director, que enseguida se lo quita de encima dándolo como aprendiz a un sepulturero. Las penurias de Oliver son interminables y muestra un Londres sórdido y, sobre todo, hipócrita: un montón de gente acomodada que finge no ver que las calles están llenas de niños abandonados a su suerte que han de delinquir para salir adelante. La carga de denuncia social de esta novela de Charles Dickens resulta novedosa en la época y muy necesaria. Dickens no habla de oídas: él mismo con 12 años tenía que levantarse de madrugada para ir a trabajar en una fábrica de betunes en una época en que su padre fue confinado en la cárcel Marshalsea y su familia fijó su residencia en la propia prisión, mientras él para poder trabajar debía vivir solo en una pensión de mala muerte. Tiempos difíciles.

La cenizas de Ángela nos habla de tiempos nada buenos tampoco. La Irlanda de los años 1930 y 1940 que Frank McCourt retrata (con muchos elementos autobiográficos) es una Irlanda desoladoramente pobre, con un Limerick de calles embarradas donde recoge pedazos de madera o carbón con su hermano Malachy para ayudar en casa. Pero a pesar de todas las penurias, no es una historia triste, al contrario. Siempre hay una llama encendida: los niños logran ser felices con los juegos más inocentes incluso en el peor de los tiempos. Una patata se convierte en un tesoro.

Rebeldes

En El Tambor hojalata Günter Grass nos muestra cómo Oskar se golpea en la cabeza lanzándose al vacío para no crecer porque el mundo de los adultos lo ha decepcionado. Se niega a hablar y su única manera de comunicarse con el mundo es aporreando su tambor de juguete. Pero tras sus ojos azules hay una mirada aguda y afilada, una sabiduría superior. Cuando al final de la Segunda Guerra Mundial los aliados van a interrogar a su padre, que trata de disimular su pasado nazi, el inocente niño delante de ellos le lleva un botón suyo que se le ha caído… con una esvástica.

Los chicos y chicas de Si te dicen que caí de Juan Marsé ni siquiera pueden rebelarse contra la mano de piedra de la dictadura que ha caído sobre las vidas de un país entero. Son menos que nadie en esos barrios donde Barcelona pierde su nombre. Sus escarceos sexuales, sus pequeños hurtos, o sus trastadas no son nada más que el reflejo de una realidad gris que no tiene ni presente ni futuro. Pululan alrededor de la trapería del Java y como de verdad se revelan es con las historias que se inventan, esas aventis que hacen que sus vidas sean extraordinarias.

Largos veranos

El verano de 1936 fue muy largo. Más para Matia, arrinconada por su padre en esa isla sin misterio donde sabe que la adolescencia se acaba por el sabor amargo de los cigarrillos fumados a escondidas con su primo, pero donde lo que hay más adelante, en una edad adulta en un país en guerra, le resulta desalentador. En Primera Memoria Ana María Matute nos mece con esa prosa suya hipnótica, pero no nos dormimos porque cuando Matia cierra los ojos la acechan los monstruos.

Mucho debemos muchos lectores a los veranos que pasamos con las pandillas adolescentes de Enid Blyton, antes de que se hubiera inventado la palabra “adolescente”. Lecturas para esos veranos cuando aún no existía el vídeo, la televisión tenía dos canales que empezaban a emitir por la tarde y el teléfono era un aparato familiar custodiado severamente por los padres. En aquellos tiempos en que no se viajaba más que al pueblo, podías permitirte veranos en parajes magníficos de la costa británica, con casas enormes en las que levantabas una alfombra y aparecía un túnel secreto, excusiones donde no faltaban cestas de mimbre con pastel de jengibre. Uno soñaba con pertenecer un día a esa pandilla del grupo de la serie Misterios con Nabé y su mona Miranda. O a la de Los Cinco, con esa maravillosa Jorge/Jorgina, un personaje adelantado a su época: una chica que odiaba el melindroso papel reservado a las chicas en su tiempo que se cortaba el pelo a lo chico y se mostraba diez veces más valiente, osada y empecinada que cualquiera de sus primos.

Chicos oscuros

Podremos no estar de acuerdo con Vargas Llosa en muchas cosas, pero literariamente hay que hacerle la ola. Los dos años que sufrió el escritor en su adolescencia en el colegio militar Leoncio Prado le permitieron en La ciudad y los perros retratar con nitidez la violencia que puede llegar a generarse en una institución de estas características. Los alumnos de 4º curso realizan unos ritos de iniciación humillantes. Pero hay quienes son más duros que los duros. El Jaguar es un chico que tiene fuego en las venas y lidera un grupo que se opone violentamente. En medio de unos y otros es pillado un muchacho que no estaba con unos ni con otros y que terminará muerto. Más dolorosa que la violencia animal de los cachorros con sus dentelladas mortíferas es la actitud permisiva y displicente de los adultos que conforman la autoridad.

El señor de las moscas de William Golding nos muestra que la infancia tiene que ver con los vínculos a la naturaleza. Y la naturaleza puede ejercer en el ser humano que huyó de ella hace miles de años un efecto devastador. Los niños que llegan a la isla tras el naufragio han de organizarse. Los dos líderes son el sensato racional y el macho alfa cazador. Cuando creen ver una bestia, el miedo se abre paso y los instintos se afilan. Uno de los pequeños les advertirá que en esa isla sólo existe una bestia que han de temer: la que cada uno lleva dentro. Se ríen de él. Después, hacen cosas peores.

Chicos/as extraordinarios/as

Pippi Langstrump irrumpió en el aburrimiento televisivo español como un vendaval. La serie sueca de esta muchacha con trenzas pelirrojas que hacía cosas asombrosas se basaba en las historias escritas en los años 40 por Astrud Lindgren. Gracias a la recuperación de Blackie Books uno se sorprende del magnetismo de esas historias y la fuerza que tienen Linbdgren a la hora de contarnos las peripecias de esta niña secundada por sus convencionales vecinos (Tommy y Anika, un poco empanados) que vive sola con un mono y un caballo de lunares, que actúa de la manera más anárquica, pero siempre con buenas intenciones y deseo de que la vida tuviera color. Lo conseguía.

Quizá la historia más extraordinaria vivida por una jovencita sea la de Alicia en el país de las maravillas. La obra de Lewis Carroll –matemático, fotógrafo, escritor y deslumbrado por las niñas encantadoras- se gestó en un paseo en barco en el que iba acompañado de un reverendo y de las tres hermana Liddell. Al menos eso dice la leyenda: las chicas se aburrían y él empezó a inventar la historia de una muchacha llamada Alice (como la mayor de las Liddell) que caía por un agujero y llegaba a un reino subterráneo donde la lógica consistía en la ausencia de lógica. Sonrisas de gato en los árboles, reina cortadora de cabezas, pasteles que hacen crecer, conejos blancos con relojes… una tromba de imaginación cosida con la precisión de un matemático y con un encanto irrepetible.