Gustavo Bueno o la pulsión por narrar

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Un perfil de Gustavo Bueno, autor de "Ruido Blanco", publciada por la editorial colombiana Ediciones el silencio

 

 

 

 

Texto: ANDRÉS CASTRO

 

I

El pasado 16 de octubre murió Roberto Burgos Cantor. Apenas me enteré, le escribí a Gustavo Bueno Rojas (1981) para preguntarle si estaba triste. Burgos había sido su maestro en la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional y hacía poco, para este perfil, lo había citado cómo alguien que lo apoyó en la escritura de su primera novela, Cuentas de Alma (UNAL/Penta, 2011). Conocer al autor de La Ceiba de la Memoria (Seix Barral, 2007), más allá del aula en ratos libres para un café, simplifica un momento bisagra en la transformación de Gustavo cómo escritor. Primero está el adolescente que se leía todo lo que había en la biblioteca de Best Sellers de su madre, que luego pasó a estudiar literatura en la Universidad del Valle aún con el sueño de convertirse en escritor y que, pasados algunos años, terminó emigrando a Bogotá para hacer la maestría. Luego vendría la etapa en que tendría que jugársela al todo o nada y ratificar que en efecto eso era lo que quería hacer en su vida: escribir. Allí es donde aparece Roberto Burgos, pero también Juan Diego Mejía, Alejandra Jaramillo Morales o Juan Manuel Rocca, aparece Bogotá en contraste con Cali y la consolidación del sueño de aquel muchacho que perdía matemáticas por pasársela leyendo y haciendo notas para escribir.

Gustavo me confirmó que en efecto estaba triste por la muerte de su maestro, que en efecto estaba tomándose unas copas y, lo que no sospeché, estaba con sus amigos de Cali hablando de literatura, del escritor recién fallecido y de todos los daños (y beneficios) colaterales que existen a la hora de entregarle al público una nueva novela. En su caso: Ruido Blanco (Ediciones el Silencio, 2018).

II

Entiendo que Cuentas del Alma fue un proceso doloroso para el autor –pues la novela está dedicada a la madre de Gustavo, fallecida prematuramente–, pero también satisfactorio, de dónde concluyó que sí podía escribir una novela completa, que era un escritor. Sin embargo, la vida insiste en que los sueños no se realizan tan fácil y, para su siguiente proyecto, la idea de sentirse escritor ya no era un problema. Con Cuentas había aprendido a concentrarse en el tono, a buscar el punto de vista adecuado, a desarrollar personajes, a soltar las influencias sobre su propia escritura de autores como García Márquez. Ahora, el verdadero conflicto consistía en no perder la tensión entre su pulsión creativa y las demandas cotidianas y urgentes que se solucionan con tareas necesarias, pero burocráticas. Es decir, Gustavo se tenía que demostrar que podía empezar y terminar una nueva novela sobre todas las demás ocupaciones. Así, a pesar de tener la cabeza dividida entre el amor por su hija Margarita, su trabajo en el Ministerio de Cultura de Colombia y los devenires propios de la existencia contemporánea, sacó adelante Ruido Blanco.

Si hiciéramos el ejercicio de pensar Cuentas del Alma y Ruido Blanco cómo una misma novela, descubriríamos que la primera es la historia de Abel, un niño que por primera vez se enfrenta a la muerte, contada con un tono tierno encantador; mientras que en la segunda parece que ese niño ha crecido y su mirada sobre el mundo y su relación con los otros se ha recrudecido, el cinismo ha aparecido y cierta amargura envuelve al personaje. Gustavo, además de lograr terminar la novela que venía escribiendo durante casi tres años, se reinventa cómo autor y da la impresión de que todo lo que no pudo decir sobre la muerte y la vida en Cuentas, dado que focaliza la historia en un niño que apenas se va enterando de qué va la existencia, ahora puede decirlo con Juan Rojas, el personaje de Ruido Blanco, obra en la que su apuesta por ser un comentarista del mundo con sus propias particularidades se ve plasmada.

Y es que, a pesar de las dinámicas de producción y consumo de hoy en día, casi todas en contravía a la profesionalización del escritor en Colombia, Gustavo no ha dejado de escribir, pues, cómo dice él, “la voz del escritor sólo la da el ejercicio. […] Encontrar una voz es ir más allá de las solas ganas de escribir”. Así, en el tiempo entre las dos novelas, ha logrado desarrollar un libro de crónicas y fotoreportajes sobre distintos oficios artesanales, tiene un blog (Escribir desde la nostalgia) en dónde escribe sobre cuestiones más personales, por influjo y por el solo hecho de no soltar la pluma, y sigue devorando, como el lector que es, todo tipo de literatura que cae en sus manos.

III

Gustavo ha sido un gran lector toda su vida, un consumidor de ficciones que pasa principalmente por cualquier formato literario. También en los ochentas era un típico niño televidente, que además se dejaba hipnotizar por las canciones de salsa con historias que toda su familia escuchaba en su casa. Rubén Blades, Héctor Lavoe, Ismael Rivera, La Sonora Ponceña, Henry Fiol, entre otros, aparecen cantando el amplio repertorio de relatos salseros que aún hoy en día lo acompañan. Deviene, entonces, que la consecuencia de consumir ficciones con tanto arrebato inocula el veneno de la creación a través de la escritura. Por eso, ante un horizonte nada claro sobre cómo uno puede llegar a convertirse en escritor en una ciudad como Cali, Gustavo decidió estudiar literatura y lidiar desde allí con el fantasma de no lograr su objetivo. Hoy en día no cree que hubiese sido necesario inscribirse en Univalle en dicha carrera para convertirse en un autor de novelas, pero es consciente de que su paso por la carrera de literatura le ayudó a leer mejor, a conocer más autores, a rodearse de gente con intereses similares; gente que se convertirían en sus amigos e interlocutores.

Con ellos nació una gran curiosidad por estudiar extracurricularmente lo que se ha llamado cómo el nuevo periodismo o el periodismo literario. Poco a poco se abría una alternativa de desarrollo profesional de dicha carrera más allá de la docencia, llevando a que Gustavo se incorporara en el equipo de reporteros del periódico universitario, pero de gran circulación regional, La Palabra. Paralelamente, empezó a visitar por varios años consecutivos la Feria del Libro de Bogotá (FILBO). Estos dos hechos serían de vital importancia para sus objetivos literarios.

Cuando empezó a publicar en La Palabra, Gustavo se dio cuenta de que escribía distinto a los otros, que sí había tomado la decisión correcta en esa quimera de convertirse en escritor y que, con críticas o elogios, estaba siendo leído. Parecía que finalmente sí tenía algo qué decir. Cubrió el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, fue a Quibdó por carretera en el recién iniciado violento gobierno de Álvaro Uribe para enterarse con sus propios ojos de cómo los chocoanos vivían el San Pacho, y realizó diversos reportajes urbanos que destacaban por mostrar que había un escritor en ciernes. Así, mientras ejercitaba su escritura, se ilusionaba visitando Bogotá, una ciudad que a principios de este siglo lucía prometedora con su sistema de transporte masivo, hoy el colapsado Transmilenio, y sus megabibliotecas públicas.

Íbamos a la capital para asistir a la FILBO, donde todo era excitante: armar el viaje, llegar a un hotel malísimo, ir a conferencias y presentaciones de libros de nuestros ídolos. Las fotos están allí: Gustavo al lado de Alberto Fuguet, de Juan Villoro, cerca a Ryszard Kapuściński, a Mario Vargas Llosa, a Mempo Giardinelli. Gustavo no sabía que Bogotá llegaría a ser su ciudad, pero la caminábamos hasta el cansancio, conociéndola, visitando sus librerías de viejos. La ciudad nos dejaba ver nuestro propio provincianismo, lo que en el fondo significaba que había todo un mundo por conocer, por ir a buscar, por apropiárnoslo y hacerlo nuestro.

IV

Entonces Gustavo se lo tomó muy en serio cuando sintió que Cali se hacía pequeña ante sus expectativas. Se fue a hacer la maestría a Bogotá y allí amplió sus amistades y pares intelectuales. Me dice, no sin un dejo de lamento, que entonces nuestro olimpo literario, con sus escritores locales o extranjeros de visita, con sus librerías, con sus narrativas alternas para vivir la ciudad, se le normalizó: “ya pasó el deslumbramiento”. El mundo cambió, Gustavo cambió. Pasó de revisar la biografía de los escritores de las novelas que leíamos en la enciclopedia Encarta, a tomarse un café con ellos mientras verifican algún dato en su celular con internet y discuten algún tema de relevancia literaria o existencial.

O sea, llegar al centro del campo literario colombiano parece que sólo era cuestión de mudarse a Bogotá. Por lo tanto, revisando el camino recorrido por Gustavo para pararse con seguridad y autoreconocerse escritor, se devela que la literatura está más allá de las ferias de libros, de los escritores y sus conferencias y presentaciones de libros. Todo eso es necesario para que los creadores puedan dedicarse a crear, sí, pero especialmente, para que pueda existir lo que realmente debe existir: el trabajo constante por una búsqueda de identidad literaria que consolide la pulsión por narrar. Esa pulsión que ha acompañado a Gustavo desde que tiene conciencia.