14 de julio: la victoria del pueblo

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Éric Vuillard publica 14 de julio (publicado en castellano por Tusquest y en catalán por Edicions 62), donde narra el asalto a la Bastilla devolviendo al pueblo su protagonismo y su victoria. 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“Una gran hambruna azotaba Francia. La gente se moría. Las cosechas habían sido malas. Muchas familias mendigaban para vivir. Aquí y allá, convoyes de grano habían sido atacados, graneros saqueados, almacenes asaltados. La gente rompía vidrios a pedradas, desventraba barricas a cuchilladas. Habían estallado motines contra el hambre en Besançon, en Rambouillet, en Amiens. Aquí y allá, se insultaba a los magistrados, se asediaban sus palacios, resultaban heridos soldados”. Así describe Éric Vuillard, en las primeras páginas, los días previos al 14 de julio, fecha que da título a su “nueva” novela: publicada ahora en castellano y en catalán, 14 de julio fue escrita antes que El orden del día, novela con la que Vuillard no solo consiguió el Premio Goncourt, sino el éxito a nivel internacional, como recordaba ayer por la mañana su editor en castellano, Juan Cerezo.

“De seiscientos mil habitantes, París contaba con ochenta mil almas sin trabajo ni recursos. Entonces la agitación se extendió a los que vivían en cuchitriles, se les había apartado de los debates y del voto de preparación a los Estados Generales, saltaba a la vista que no había gran cosa que esperar, que lo único que iban a dejarnos sería el frío del siguiente invierno y la hambruna”, prosigue el narrador de Vuillard, entre cuyas líneas no solo leemos la historia no escrita, la historia olvidada, de la Revolución Francesa, sino también el actual presente de precariedad. Tiene el escritor francés una mirada nietzscheana de la historia, la idea de eterno retorno no solo impregna las páginas de su libro, sino también gran parte de sus declaraciones. Recuerda, una vez tras otra, que, en realidad, las cosas no han cambiado: “el gran problema de Francia siempre ha sido el déficit”, comenta, “en 1789 el gran problema de Francia era la deuda, el paro y la gran injusticia social, tres cuestiones que siguen presentes y que se han agudizado a partir del 2008” año a partir del cual “el pueblo comenzó a movilizarse y a buscarse, es decir, desde el 2008 el pueblo está intentando construir un nuevo sujeto político”. Las manifestaciones y la ocupación de las plazas son reflejo de esta búsqueda de construir un nuevo sujeto político y, a la vez, son la constatación de la crisis de la representatividad: “ya no hay instigadores ni líderes, porque hoy no se quieren representantes”, comenta Vuillard, para quien las protestas que, desde hace ya más un mes, están llevando a cabo los chalecos amarillos reúnen a diferentes grupos sociales: tenderos, trabajadores de fábrica, gente de los suburbios… “las protestas de los chalecos amarillos son más plurales y aglutinan a más gente que Mayo 68, que fue un momento revolucionario protagonizado principalmente por estudiantes y personas con títulos académicos”.

Una historia no escrita

Esa “rabia tamizada por la alegría”, por esa alegría de saber que se está participando en un hecho crucial, que se entrevé en la mirada del joven que sobresale, en la esquina izquierda, en la escena central de La libertad guiando al pueblo de Delacroix y que ilustra la portada de 14 de julio, resume el espíritu de toda aquella gente que participó en el asalto a la Bastilla, gente anónima a la que, como señala Juan Cerezo,”Vuillard pone rostro y nombre gracias a la literatura”. El escritor, sin embargo, reconoce que, más allá de la ficción que toda obra literaria implica, todos los hechos y los personajes del libro son reales, personajes que Vuillard ha rescatado de distintos archivos para poder narrar esa otra revolución y, sobre todo, para poder narrar a sus verdaderos protagonistas. En este sentido, 14 de julio puede leerse también como una respuesta a la historiografía tradicional que tiene a Michelet como principal exponente y como modelo. Vuillard fue un gran lector de Michelet, como él mismo reconoce, lo leyó en sus años universitarios y lo recomendaba a sus amigos, leía con devoción el relato que éste hacía del 14 de julio, admiraba su precisa y atenta mirada historiográfica así como su extraordinaria calidad literaria. “Literariamente hablando, Michelet es uno de los grandes escritores franceses, a la altura de Stendhal y y de Victor Hugo”, comenta Vuillard, que, sin embargo, reconoce que, cuando volvió a releerlo, se dio cuenta no solo de que todos los historiadores siguientes habían replicado a la perfección su modelo sin ponerlo en discusión, sino también de la disparidad entre el número de páginas dedicadas al pueblo que se sublevó y las dedicadas a Thuriot de la Rosière, a quien el pueblo, unas vez asaltada la Bastilla, rechazó como representante. ¿Por qué tanto protagonismo para Thuriot de la Rosière? “Su protagonismo respondía al hecho que Michelet realiza una lectura política de los hechos. Evidentemente, no hay una lectura neutra, pero su punto de vista es el de quien quiere defender la república representativa como modelo político. Fue precisamente esta lectura política la que hizo que su narración perdurara en el tiempo y fuera replicada”, comenta Vuillard, subrayando que para Michelet “la entrada en la bastilla de Thuriot significaba la entrada de todo el pueblo, cuando no era así, él no representó al pueblo” y, sobre todo, él no debe eclipsar a esa gente anónima, muchos de ellos pobres, que optó por levantarse contra el poder que, “como todo poder siempre intentó frenar y sofocar las revueltas”.

Michelet es, por tanto, un referente para Vuillard, pero un referente al que hay que cuestionar, algo que la historiografía francesa no ha hecho hasta el momento, dando por hecho que el relato que la gente del pueblo hizo en torno a su participación en la Revolución Francesa es un relato poco fiable al ser ellos “analfabetos”. Vuillard reniega de esta idea y va a buscar precisamente estos relatos, poniendo el foco en la gente que no solo estuvo allí, sino que fue la verdadera protagonista, porque la revolución fue una revolución del pueblo, de un pueblo que no tenía nada, que pasaba hambre y miseria. Vuillard es consciente de que “no existe una escritura inocente”, pero busca siempre escribir desde el rigor historiográfico, “escribir siempre como historiador” y, para ello, es necesario no solo cuestionar los relatos heredados, sino poner el foco en las zonas oscuras e ir a buscar en los archivos aquellos documentos que, por ignorancia, inercia o interés político, han sido no solo subestimados, sino nunca sacados a la luz. Esto es lo que hace Vuillard: como en El orden del día, escudriña las bambalinas de la historia, buscando no solo la microhistoria tal y como la defendería Ginzburg, sino también la historia que, más allá del tamaño de sus letras, fue ocultada por incómoda. Sería injusto decir que en 14 de julio Vuillard da la voz a los perdedores, porque no es así; en realidad, da voz a los verdaderos vencedores, restituye la victoria al pueblo, a quien había sido usurpada. Las herramientas de la ficción le sirven para dar forma al relato, pero, insiste, “lo que se cuenta es realidad” y es que para Vuillard, actualmente, los lectores lo que reclaman es realidad: “me enseña mucho más un documental de Chris Marker sobre el 68 que una novela que lo ficcionalice”. Lo mismo podemos decir de su libro, una lectura indispensable para comprender el verdadero significado del 14 de julio y para entender mejor este presente en el que, como diría la canción, “todo sigue igual”.