Miguel Bonnefoy: "Aunque los libros no puedan cambiar el mundo, pueden describir cómo cambia"

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Nacido en París, de padre chileno y madre venezolana, las dos novelas de Miguel Bonnefoy, Azucar negro y El viaje de Octavio, son un viaje a Centro América y a Venezuela, un viaje de descubrimiento de la cultura, la historia y el territorio de un continente que define, desde una cercana lejanía, el universo personal y literario de Miguel Bonnefoy.

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 
Hijo de una venezolana y un chileno, crecido y formado en Francia y escritor en lengua francesa. ¿Podemos decir que usted pone en cuestión la idea de una literatura nacional?
Soy un enemigo de todo tipo de territorio artístico nacional, como lo soy de los patriotismos de frontera y de los muros entre dos países. Creo en la multiculturalidad, en los mestizajes, en los sincretismos literario. Menos mal que la poesía no tiene pasaporte, no necesita aduana, rechaza la xenofobia. Menos mal que Borges se fascinó por la mitología escandinava, que Hans Christian Andersen vivió en Roma, que Alejo Carpentier admiró a Voltaire, que Louis Aragon escribió sobre Mayakovsky, que Hemingway vivió casi veinte años en Cuba, los mismos veinte que Hugo en Guernesey. Menos mal que el rumano Cioran eligió de escribir su Utopía en francés y que Cortázar tradujo a Marguerite Yourcenar en castellano. Toda literatura es la discreta y perfecta melaza de miles de literaturas mundiales, de influencias y viajes, de exilios del pensamiento y de migraciones de la imaginación. 
  
En sus dos primeras novelas, El viaje de Octavio y Azúcar negro, están ambientadas en Venezuela y en el Caribe, son dos fábulas construidas, como la crítica ha señalado, a partir del imaginario popular y con una fuerte influencia del realismo mágico, pero están escritas en francés. ¿De qué manera el francés contrasta y dialoga con ese imaginario literario proveniente de la literatura latinoamericana?
Escribir sobre el trópico en una lengua que no le pertenece tiene sus inconvenientes y sus ventajas. Por un lado, el mayor inconveniente es el de no poder contar con la palabra precisa, exacta, que ha nombrado el objeto con una histórica coherencia fonética. No existe mejor palabra que “guacamaya” o “cañaveral” para hablar de ese pájaro o de ese paisaje. Tampoco puedo usar modismos, regionalismos, costumbrismos, que permiten cultivar un perfume ambiente, un color local, que solo le dan las expresiones lexicalizadas y que completan una descripción sin necesidad de lirismo. Sin embargo, el hecho de no poder contar con esas facilidades lingüísticas me ha obligado a buscar más allá, torcer la lengua de otra manera, y abrirme senderos narrativos que no hubiese descubierto sin utilizar otro idioma. 
Comentaba en La Razón que, al terminar tus estudios en la Sorbona, te diste cuenta de “hasta qué punto siendo venezolano, no sabía absolutamente nada de lo que realmente estaba pasando en mi país. Y para poder hacerlo, tenía que salir de la burbuja francesa”. ¿El viaje de Octavio fue una forma de regreso, una manera de recuperar unas raíces culturales que se habían desdibujado en Francia?
Me pareció importante participar al patrimonio cultural de mi país escribiendo un libro sobre Venezuela. Todo lo que había aprendido en la Sorbona lo puse al servicio del imaginario colectivo venezolano, no para copiar el folklor, sino para expresarlo. Fue también una época en la que estaba volviendo de pasar tres años en Caracas donde había vivido experiencias inolvidables, donde había conocido profesiones artesanales típicas, donde me había interesado en la mitología indígena, donde había estudiado la historia nacional pero también sus leyendas fundadoras, y pude en ese entonces recuperar un universo floreado de crónicas y personajes que alimentaron el desarrollo de una novela. 
En el viaje de Octavio, la joven Venezuela enseña a leer a Octavio, que realiza un viaje geográfico, temporal y cultural por el país que lleva el nombre de la joven. Venezuela enseñará a leer y a escribir a Octavio, le descubrirá la literatura. ¿Es, en cierta manera, metáfora de tu experiencia como narrador al descubrir literariamente Venezuela?
Octavio es analfabeto, lo que lo obliga a leer el mundo de una forma distinta. Para mi primera novela, y sabiendo desde niño que habría muchas, me pareció casi biológicamente evidente que tenía que ser una oda a la escritura. Conocí en Venezuela y en Argentina algunas personas que no sabían leer ni escribir, pero que percibían las situaciones con un instinto superior, orgánico, como si estuviesen escribiendo una nueva versión de la realidad. Octavio es, por un lado, un canto a las formas más simples de la escritura, a su molécula fundamental, a su origen secreto, puramente arcaico, pero también es un pretexto para describir con más detalles su viaje. El personaje principal del libro es el país. Octavio, la mujer Venezuela, el ladrón Guerra, el medico Perezzo, son personajes a los que acompañan un fondo de la escritura de las plantas, el signo de los ríos, la poesía del bosque, la tradición oral, reescribiendo de esa manera un territorio sin frontera lingüísticas.
El viaje está muy presente en ambas novelas. Las dos pueden definirse como fábulas en torno al descubrimiento de países y regiones. ¿Por qué el viaje como tema central y qué relación tiene este viaje narrado con tu propio viaje como escritor?
El viaje hace parte de una tradición literaria en la que intento, humildemente, situarme. Pero más allá de un simple desplazamiento físico en el espacio es también un viaje en las sutilezas narrativas y en los temas abordados. He sido influenciado por los rusos, los portugueses, los latinoamericanos, los africanos, los árabes, los franceses, y el viaje narrativo se hace también por los puentes invisibles que unen las fabulas en común, los mitos relacionados, las alegorías mellizas entre países. En literatura, los viajes más lejanos y más impresionantes se hacen por túneles entre los libros, no en barco.
En El viaje de Octavio, hay un reconocimiento a la tradición oral, a los cuentos, a las fábulas transmitidas de unos a otros oralmente, una tradición que sitúas en el origen de la literatura y, no sé, hasta qué punto también en el origen de tu propia prosa.
Mi trabajo no es el de una labor investigativa o una recuperación de los orígenes del folklor. Grandes historiadores y cronistas han sabido rescatar, con esfuerzos bibliófilos, fruto de una imaginación inmensa, esa memoria colectiva en libros que constituyen el cemento de una cultura. Yo prefiero presentarme como un espigador que recoge lo que ha quedado en la belleza de los campos después de la siega. Eso permite moverme más ligeramente en el rigor de la leyenda, permitirme libertades, y explorar con nuevas alas la oscuridad explosiva de la ficción. Me documento mucho antes de escribir, no para adicionar anécdotas e historias, si no para entender lo que ya se ha hecho, adicionar campos léxicos específicos, y constituir mi propia estructura sobre la que ya existe, como un enano sobre el hombro de un gigante.
Venezolano y, al mismo tiempo, francés, ¿cómo ves la actitud de Francia y, consecuentemente de Europa, hacia Venezuela y su actitud hacia Guaidó? Pero, sobre todo, ¿ha sabido Europa narrar y entender qué sucedía y qué sucede en Venezuela?
Aunque Venezuela esté hoy en día en una situación delicada, no le quita belleza ni grandeza. No es necesario escribir sobre la política para hablar de política. Un libro que tenga la fuerza innegable de los relatos fundadores, que resalte analogías entre tradiciones y situaciones cotidianas, que entienda la idiosincrasia de un pueblo y cante su alma profundad, es un libro político. Un libro que entienda el modo de funcionamiento de un país, que sepa crear una metáfora de su realidad, que traduzca en alegorías su presente, que busque el espíritu escondido de un sentimiento nacional por páginas, que consiga la manera de hacer una síntesis de sus atavismos, sus aspiraciones, sus evidencias, sus dolores, es también un libro político. Uno es esclavo de lo que rechaza y de lo que ama. Mi compromiso es con la literatura y, aunque algunos digan que los libros no pueden cambiar el mundo, por lo menos pueden describir cómo el mundo cambia.