LA OTRA CARAVANA NEGRA

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Gabi Martínez, en busca de las ovejas en la caravana negra

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE: 

 

Gabi Martínez se empeñó en hacer libros de viajes cuando había pasado el gran momento de los libros de viajes debido al cotilleo de internet donde todo se cuenta y al ojo fisgón de googlemaps que todo lo ve. Aunque lo que vea sea la superficie de las cosas. Pero Gabi Martínez tiene su propio calendario y su propia brújula y por eso es un escritor que se ha hecho rico, en experiencias. Quiso entender la China actual en Los mares de Wang, se fue a ver morir a los corales a Australia en La gran barrera, se sumergió en el África profunda en Sudd, se fue hasta las escarpadas cimas del Nuristán tras los pasos de un yeti en Sólo para gigantes, ha recorrido el mundo desde Corea a Nueva Zelanda a la busca de animales invisibles… Después de patear los confines más remotos del planeta y dar la vuelta al mundo, ha decidido dar la vuelta a su mundo, mirar hacia adentro y buscar la nueva frontera en Badajoz, a cuatro horas en coche de Madrid.

Un día, alguien en Barcelona me contó que Gabi Martínez se había ido a hacer de pastor a Extremadura. Y no me sonó descabellado, aunque él sea más de acarrear historias que ganado. Lo tropecé tiempo después por una de esas plazas suavemente bulliciosas del barrio de Gracia por donde a menudo camina y le pregunté qué se fue a buscar a la tierra de sus abuelos: “Lo que buscaba era una experiencia profunda con un entorno natural que me obligara a relacionarme con él del modo más directo posible. Se trataba de tocar algún tipo de raíz, y al elegir el espacio pensé que mi madre había sido pastora, que la dehesa, su dehesa, era un espacio sin relato, y que ir a intentar vivir como ella vivió hace sesenta años podía acercarme al lugar que pretendía vislumbrar”. Y sigue contando, envuelto todavía por la fascinación de los campos abiertos: “he encontrado muchas cosas en esa experiencia que de hecho no ha terminado porque ahora regreso allí para hacer una pequeña trashumancia. Lo que me ha permitido reunir todo lo que quería contar es precisamente un rebaño de oveja negra criado de manera ecológica. La caravana que ahora organizamos es la discreta culminación de una serie de ideas que tienen que ver con la intención de recuperar el territorio y una vida más saludable apostando por unir cultura y naturaleza. Ir allí junto a artistas que versionarán según el arte que trabajan la experiencia de seguir a un rebaño de oveja negra me parece un modo muy gráfico de comunicar que es posible hacer cosas hermosas y cambiar algunas inercias uniendo fuerzas que hoy, tal y como están las cosas, casi parecen marginales”.

Parecía uno de esos sueños de Gabi Martínez. Pero él es de los que pelean por sus sueños, aunque a veces algunos se pudran en forma de pesadillas. Y a veces la perseverancia da frutos. Y en noviembre arrancó la caravana: 800 ovejas, varios pastores y siete artistas. Uno de los rebaños de oveja merina negra más grandes del mundo en marcha para realizar un trayecto, una trasterminancia para ser precisos (una trashumancia de corto recorrido), a través de los pastos de La Serena y La Siberia extremeña. Como Gabi Martínez sabe que a los periodistas hay que darles perchas para que cuelguen a secar las noticias, apuntó que se trataba de “una iniciativa –insólita- para vincular cultura y naturaleza y conmemorar los 25 años de la aprobación de la Ley de Vías Pecuarias (3/1995, de 23 de marzo)”. Y le puso un nombre aprovechando la moda del policiaco: “Caravana negra'. El director de cine Agustín Villaronga, la ilustradora Carla Berrocal, el pintor Ángel Mateo Charris, el guionista y director de cine de animación Mario Torrecillas, los fotógrafos Gema Arrugaeta y Carles Mercader y el propio Gabi Martínez se pusieron en marcha. Debieron pensar que, ya que la cultura no proporciona pasta, al menos ese viaje proporcionaría pastos. Y algo de inspiración.

El rebaño forma parte de la cabaña del ganadero Miguel Cabello, luchador de causas encontradas que se empeña en criarlas de manera absolutamente ecológica a la manera ancestral. Por eso la «Caravana negra» también es una reivindicación de una ganadería opuesta al engorde rápido, especialmente de las cuentas de las cadenas industriales de comida que nos tratan peor que a borregos. Afirmaba antes de partir que “a lo largo del recorrido, los artistas solo consumirán productos ecológicos”, aunque esto no tiene mérito ni supone sacrificio alguno si tienes a tu lado a Nico Jiménez, el mejor cortador de jamón del mundo. La idea era que los artistas viajeros vivieran la experiencia a su manera y derivaran de ella algún tipo de producción creativa con absoluta libertad e incluso convertir luego el resultado de todo esto en una exposición que fuera también trashumante para mostrar que otro mundo no sólo es posible, sino que está ahí al lado, al menos de momento, sobreviviendo al filo de lo imposible.

Al regreso de la caravana, vuelvo a encontrarme con Gabi Martínez y le pregunto si está satisfecho por el resultado: “lo estoy y lo están todos los que han participado. ¡La gente me pregunta cuándo habrá una nueva caravana! Y la repercusión ha sido muy buena en los medios porque la gente desea recibir esas noticias. Hay una saturación de las noticias políticas”.

Y le pido que me cuente el camino: “Partimos desde La Serena, donde están los pastos de verano, cruzamos con el rebaño al otro lado del embalse, y llegamos a los pastos de invierno de la Siberia, cerca del pueblo de Sancti Espíritu. La dehesa es uno de los grandes espacios peninsulares y, sin embargo se ha escrito y se ha retratado poco. Y eso tiene que ver con que las encinas estén controladas y haya campos y olivares: al no ser un lugar salvaje se ha dejado de lado en la mitología natural. Pero es el espacio natural con más biodiversidad del mundo, en un metro cuadrado de terreno tienes más de sesenta tipos de formas de vida. Como es un lugar intervenido por el ser humano, parece que lo conozcamos y entonces dejamos de conocerlo. Pero la dehesa tiene mucho que contar. Gerardo Olivares, que hizo el documental Cien días de soledad filmado en Asturias, está preparando para Wanda Films un documental sobre la dehesa. Necesitamos nuevas miradas sobre el territorio”. Le digo que puede que empiece a haber esas nuevas miradas, que aparecen libros como La España vacía de Sergio del Molino o aparecen noticias sobre la comisión gubernamental a cargo de frenar el despoblamiento rural… ¿algo se mueve? Resopla con incredulidad. “En el fondo nada se mueve. El despoblamiento no se acomete de manera seria desde las instituciones. Hay personas sacando tajadas desde despachos bloqueando subvenciones para la gente modesta del campo. Basta dar un dato de hace unos días: el 84% de las razas ganaderas autóctonas están en peligro de extinción según el Catálogo Oficial de Razas de Ganado de España. Hay una fachada donde se guardan las formas y se pretende que se quiere de ayudar al campo, pero en la práctica hay una política a lo Monsanto: sólo me quedo con las especies que producen mucho. No hay conciencia medioambiental: la raza merina, cuya presencia data como mínimo de los tiempos de la mesta de Alfonso X el Sabio, tras sobrevivir ochocientos años está ahora camino extinción porque no produce carne con la rapidez que quieren. El dinero lo gestionan y se lo quedan cuatro y al campo le llegan las migajas. Hay sindicatos demasiado dependientes de intereses personales por quienes los encabezan que está reteniendo un dinero que correspondería a los pequeños ganaderos y pastores. Aquí hay mucha gente al límite. Y, sin embargo, del campo se habla muy poco, apenas llegan noticias. También en parte porque hay mucha gente que sufre que no quiere hablar porque están sujetos a subvenciones mínimas y temen que si se quejan ese poco dinero desaparezca. Hay mucha precariedad.”

Le pregunto cómo reacciona esa media docena de artistas, la mayoría urbanitas, cuando llegan a los campos de la Siberia… “La Siberia causa asombro. El nombre define al lugar. Cuando llegan allí el paisaje les impresiona y el rebaño enorme de ovejas negras, todavía más. Pillamos días de viento y frío pero luminosos, y disfrutaron mucho del camino. Me dijeron los ilustradores y pintores que el ritmo que exige el rebaño en su caminar es alto y no te puedes para mucho a hacer dibujos. Todo el tiempo caminábamos. A veces alguno se subía al coche escoba, claro. Es un tipo de exigencia que te hace pensar en otras cosas, pensar en tu obra de otra manera”. Le digo que me los imagino un poco como a Billy Cristal y sus amigos en la película Urban Cowboys, unos urbanitas teniendo que llevar un rebaño de reses a través del campo… ¿en qué momento sentisteis que aquello iba en serio? “Íbamos con pastores profesionales. Nosotros caminábamos a los lados del rebaño, para ir acordonando el rebaño. El jefe, Miguel Cabello, se iba adelantando para controlar las ovejas de cabeza y nos esperaba a tramos más adelante esperaba más adelante. Nosotros a veces escuchábamos gritar algo a los pastores a unas decenas de metros, pero a veces nos parecía que era para dar ambiente, íbamos a la nuestra. Hasta que llegó el punto crítico. Estábamos en un valle y teníamos que pasar el río, pero las ovejas se atascaron y no había manera de hacerlas pasar y se empezaron a escapar por los lados. Y entendimos la necesidad de gritar. Nuestra escasa nula experiencia y escasa habilidad como acompañantes quedó en evidencia. ¡Las ovejas se nos escurrían entre los dedos, se empezaron a ir! Empecé a pensar que perdíamos esas ovejas tan valiosas y que menuda responsabilidad. Allí nos tienes corriendo atolondradamente de aquí para allá de manera muy patética persiguiendo ovejas que no alcanzábamos mientras se escapaban montaña arriba. Pero llegó Miguel enseguida y con los pastores las fue atrayendo con serenidad y en hora y media reunieron de nuevo el rebaño”.

Al llegar la noche, después del desgaste físico y el calor de la cabaña, debían brotar las historias… “brotaban, sí. Surgían todo tipo de comentarios e ideas alrededor de la mesa”. Los pastores debían de preguntarse qué hacían allí en mitad de la dehesa al filo del invierno un grupo de artistas de ciudad… “la cosa podría definirse como alianza de civilizaciones o como choque de los mundos… pero precisamente por ser dos mundos distintos nos entendimos muy bien, porque se trataba de aprender de unos y otros. El último día nos pusieron a comer cabeza de cordero, había que comer los ojos sí ¡la nariz no! Algunos no pudieron con eso, pero otros disfrutaron mucho. Lo que demuestra este viaje es que vale la pena buscar puentes entre cultura y naturaleza. Tenemos mucho que enseñarnos”.