"La libertad de palabra implica siempre riesgo" Daniel Gamper

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El profesor de filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, Daniel Gamper, gana el 47 Premio Anagrama de Ensayo con Las mejores palabras. De la expresió.

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARIA IGLESIA

“Cuando las ideas no son verdaderas, las palabras no son justas; si las palabras no son justos, las obras no tienen lugar; si las obras no tienen lugar, la moral y el arte no van bien; si la moral y el arte no van bien, la justicia no se aplica bien; si la justicia no se aplica bien, la nación no sabe dónde colocar su pie ni su mano. Luego, no es tolerable que haya desorden en las palabras, pues de ellas depende todo”, escribía en su día Karl Kraus, cuya reflexión resulta extremadamente apropiada a la hora de acercarse a Las mejores palabras. De la libre expresión, la obra con la que el profesor de filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, Daniel Gamper, ha ganado el 47 premio Anagrama de Ensayo.

La obra de Gamper resulta particularmente actual, comenta la editora Silvia Sesé, en cuanto llega “en un momento en el que la palabra está devaluada, en un momento en el asistimos a una inflación de la palabra” y, consecuentemente, a su deterioro y empobrecimiento. Las palabras de Sesé las suscribe Daniel Rico, miembro del jurado junto a Jordi Gracia, Chus Martínez y Joan Rimbau. En efecto, Rico, quien a lo largo de la rueda de prensa recordó que algunos de los temas abordados en dicho ensayo ya habían sido planteados por Gamper en trabajos anteriores, donde reflexionaba sobre el papel de las religiones en la sociedad contemporánea y sobre la libertad de expresión desde la perspectiva religiosa, señala que el “libro de Daniel Gamper nos invita a reflexionar sobre el valor ético, político y civil de las palabras y a preguntarnos sobre el mejor de sus usos a través de un saludable y ameno recorrido por los lugares, ocasiones y tesituras en que dicho valor se pone más claramente de manifiesto.” Si bien es cierto que en estos días, siempre en palabras de Rico, “de palabras desbocadas y abyectas, desbarradas y ajumadas, huecas, hirientes”, Las mejores palabras se presenta como un ensayo necesario y actual, Gamper matiza que no todas las cuestiones aquí planteadas están directamente relacionadas con la actualidad y menos aún aplicarse a ella de forma automática. Y es que Las mejores palabras no deja de ser un ensayo que más que buscar respuesta, busca interrogantes, un ensayo que, como señala su autor, busca abrir una conversación y no clausurarla.

En un momento en el que el debate en torno a la libertad de expresión está encima de la mesa, Gamper rechaza el concepto de “libertad de expresión” y opta por el concepto inglés del “free speech”, la palabra libre. ¿Por qué este rechazo? Porque lo que está en juego no es la expresión, sino su contenido. “Expresar” alude simplemente al acto de dar a entender algo, es decir, alude a la forma en la que se dice algo y no a su contenido. A Gamper le interesa el contenido, le interesa indagar sobre el sentido de las palabras y, por tanto, sobre el valor de la palabra en tanto que significado. “Las palabras”, comenta Gamper, “sirven para construir un nosotros”, pero para que puedan construir un nosotros las palabras deben ser buenas, deben tener un sentido que apele a un interlocutor. La expresión por la expresión no tiene ningún valor, el valor está en la palabra, en su buen uso; de ahí que Gamper apele a “la necesidad de cuidarlas”.

Sostenía Aristóteles que las palabras sirven para unirnos, pero ¿qué sucede cuándo dejan de hacerlo? ¿Qué sucede cuando la palabra, puesta al servicio de otros intereses, pierde la función que el filósofo griego le atribuía? ¿Qué sucede cuando se vacía la palabra de su contenido y, a la vez, se convierte en un arma, en el resultado de su manipulación? Desde sus artículos en La antorcha, Kraus ya planteaba algunos de los temas que ahora recupera y actualiza Gamper, unos temas que no son del todo nuevos, sino que provienen del XIX y atraviesan todo el siglo XX -pensemos en Walter Benjamin o Elias Canetti, por ejemplo- y que tienen como eje central la pregunta sobre el valor o, como diría Canetti, la conciencia de las palabras. Una de las preguntas que, de hecho, se hace Gamper es cuál es la responsabilidad del interlocutor y, por tanto, cuál es nuestra responsabilidad a la hora de utilizar las palabras, pregunta que conlleva consigo otros interrogantes: cuándo conviene callar, aunque como ya dijo Sartre el silencio no es más que otra forma de habla, y cuándo es legítimo levantar la voz, cuándo es necesario escuchar la palabra contenida en un grito. Todas estas cuestiones Gamper las aborda a través de un análisis del uso de la palabra en distintos espacios: el espacio de la intimidad -la palabra paterno-filial-, el espacio del colegio -la responsabilidad de la escuela a la hora de despertar una conciencia de las palabras y motivar a un buen uso de las mismas- o el espacio público -cuál es el papel de las instituciones a la hora de canalizar la opinión pública y la legitimidad de la opinión pública. El análisis de los distintos usos de la palabra en distintos contextos lleva a preguntarse qué se entiende por libertad de palabra. ¿Somos realmente libres cuando hablamos o, por el contrario, nos apropiamos de palabras puestas al servicio de otros intereses, es decir, de la palabras censuradas de antemano? En una sociedad en la que aparentemente no hay censura, ¿de qué manera censuramos las palabras, las castramos desde el punto de vista de su significado? Para Gamper, solo tiene sentido hablar de libertad de palabra cuando dicha libertad implica riesgo, pero ¿quién está dispuesto a correr este riesgo? “Ejercer la palabra libre implica pagar un precio”, concluye Gamper, para quien la libertad de palabra no es una meta, sino un campo de batalla que nunca termina. Batallemos, por tanto, por dicha palabra, por las buenas palabras, es decir, por la palabra que signifique, por la palabra con sentido y no por la mera y simple expresión.