Marta Sanz: "La globalización ha convertido las ciudades en espacios descoloridos"

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La editorial Páginas de Espuma publica, dentro de su línea ilustrados, Retablo, dos relatos de Marta Sanz acompañados por las ilustraciones de Fernando Vicente

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARIA IGLESIA

 

En una ocasión, comentaba el poeta y crítico Pere Gimferrer que no todo libro que contenga ilustraciones u obra gráfica es un libro ilustrado. Si no recuerdo mal, lo decía a propósito de La Sed de Paula Bonet, donde la obra pictórica de la artista debe entenderse no como una reproducción y/o plasmación a través de imágenes del texto, sino como parte del propio texto. Algo similar podría decirse de Retablo, libro que reúne dos relatos de Marta Sanz acompañados por las ilustraciones de Fernando Vicente, que, como decíamos antes, más que traslaciones del texto funcionan como contrarrelato: Fernando Vicente narra las historias relatadas por Sanz desde otra perspectiva y recurriendo a otras estrategias narrativas. Retablo es el nuevo libro de la línea ilustrada inaugurada por Páginas de Espuma y en la que podemos encontrar autores como Eduardo Halfon y Samanta Schweblin. El fin último de esta colección, como señala su editor, Juan Casamayor, es seguir apostando por el cuento, pero desde una nueva perspectiva: no se trata solo de publicar libros de relatos o antologías, sino también relatos de forma individual, sin que necesariamente tengan que conformar una obra unitaria. En cierta medida, podría decirse que Casamayor toma así el relevo de las revistas que, antaño, publicaban relatos y eran la plataforma a través de la cual muchos autores se daban a conocer. Aquí, en España, esta tradición es, a día de hoy, obsoleta, pero en países como Estados Unidos, seguimos encontrando revistas que apuestan por la publicación semanal o mensual de relatos y cuentos de autores más o menos reconocidos. Casamayor ha optado, al menos hasta el momento, por firmas más que consagradas de las letras en castellano y, en parte, lo ha hecho porque lo que le interesa no solo es promover la publicación de relatos de forma individual, sino también establecer un diálogo entre los autores de ahora y el mundo de la ilustración.

 

Retablo: la ciudad que pierde sus colores

“En el buzón de Ana María contiene: facturas. Publicidad de restaurantes chinos que sirven comida a domicilio y de un kebab nuevo que han abierto en la esquina, publicidad de peluquerías que no aplican la subida del 21% de IVA, publicidades de clínicas dentales y ópticas. Una postal de su hermana Lulita que se ha ido de viaje cultural a Salamanca (...) Publicidad de una academia de idiomas.” El atento escrutinio del buzón de la anciana le sirve a Marta Sanz para dar las primeras pinceladas de un barrio, Malasaña, donde lleva viviendo la priopia autora desde hace más de 20 años y que se ha ido transformando a través de la especulación inmobiliaria y la gentrificación. El barrio de Malasaña en el que vive la anciana protagonista se ha puesto de moda, se ha “hipsterizado”: nuevas tiendas y nuevos modelos de negocio abren sus puertas obligando al cierre a los locales de siempre, que ya no pueden hacer frente a unos alquileres que no dejan de subir. Los pisos turísticos mueven mucho dinero y desplazan a los vecinos, obligados a buscar zonas donde el metro cuadrado es más asequible. En este escenario, aparecen nuevas formas de precariado: nuevos modelos de negocio, pero viejas formas de abusos laborales. Lo sabe bien Ana María, a la que no le importa abrir las puertas a los falsos porteros, a los “buzoneros”, muchos de ellos jóvenes inmigrantes que, por cuatro duros, repartes publicidad por los edificios del barrio. “ ‘¿Y si nos entra a robar una banda de albanokosovares?’, los vecinos afean la conducta liberal de Ana María en las reuniones de la comunidad. Menos Matilde. Porque Matilde hace más o menos lo mismo y las dos saben que los repartidores de publicidad no son albanokosovares sino chinos”.

Este es el escenario en el que Marta Sanz construye, con tono sarcástico, la historia de dos asesinatos, cuyas responsables, como en Extraños en un tren, la inolvidable novela de Patricia Highsmith, una de las autoras de referencia de Sanz, comparten su historia a lo largo de un trayecto en tren. “Es un perverso homenaje al género negro”, reconoce Sanz, que en este relato se muestra particularmente crítica con un tipo de periodismo que convierte cualquier noticia en un espectáculo, sobre todo si la noticia tiene tintes escabrosos. Lejos de hacerse preguntas, lejos de indagar en el contexto, este tipo de periodismo busca simplemente el espectáculo más morboso, busca entretener, antes que informar. La espectacularización de la información dialoga directamente con la espectacularización de las ciudades, convertidas en ciudades de postal, todas perfectamente iguales, todas con los mismos bares cool y a la moda y todas, como el espectáculo en sí mismo, meras fachadas impostadas.

“En estos relatos quería dar cuenta de la transformación del centro de las ciudades”, comenta la autora, una transformación que se hace evidente en ambos relatos, desde el sarcasmo y el género negro. Las transformaciones que observamos a través de los anuncios que llegan al buzón de Ana Maria lo observamos en la rivalidad que se crean entre el anticuario de toda la vida del barrio y el joven recién llegado que abre una moderna y nada singular tienda de jabones, como tantas otras que, desde hace años, abren sus puertas en toda ciudad turística que se precie. “La globalización ha convertido las ciudades en espacios descoloridos”, comenta Marta Sanz, para quien lo más preocupante, más allá del cambio de mentalidades y de rutinas que conlleva toda transformación urbana, es la “asunción de nuevos modelos de negocio de forma acrítica”. A través de un tono acrítico y desde una cristal algo deformante, al más puro estilo valleinclanesco, Sanz observa que tras estos nuevos y, aparentemente, más seductores modelos de negocios persisten las mismas lógicas de abuso laboral y de precarización del trabajo.

A través de estos relatos, Sanz expresa su incertidumbre, compartida por muchos, ante los cambios que están sufriendo las ciudades, una incertidumbre motivada no sólo por el no saber exactamente el rumbo que tomarán las políticas urbanas, sino por una mirada bastante negativa que le hace poner el acento en el lado más negro de dichas transformaciones. “Los pequeños comercios se han vuelto franquicias y hay edificios destinados únicamente a los pisos de alquiler”, comenta Marta Sanz, subrayando, al mismo tiempo, las protestas de distintas asociaciones de vecinos que buscan preservar el barrio de estos nuevos inversores y especuladores. “En Barcelona hace tiempo que se vive esta situación, en Madrid nos estamos dando cuenta ahora”, concluye la autora, definiendo Madrid y, en concreto, Malasaña, como una ciudad que se está lentamente desdibujando.

Las ilustraciones: el color de antaño

Si Marta Sanz recurre a Patricia Highsmith como referente para su primer relato, Fernando Vicente recurre a Hitchcock, que llevó al cine la novela de la escritora nacida en Texas en 1921. Vicente se inspira en la pantalla partida del cineasta para crear dos planos de la narración; asimismo, recurre al bodegón, técnica que, como él mismo reconoce, ha utilizado relativamente poco. Los dibujos de Fernando Vicente se caracterizan por ese colorido cuya desaparición narra Sanz; funcionan como contrapunto de las palabras y, como afirma la escritora, “subrayan la condición cárnica de la palabra”.

En su tercera acepción, “retablo” es definido por la RAE como un “pequeño escenario en que se representaba una acción valiéndose de figurillas o títeres” y esto es lo que hace Fernando Vicente: construir pequeños escenarios con toques costumbristas en los que los personajes, cuan figurillas, viven su día a día. Todo escenario, por su propia definición, es una reconstrucción de una realidad que puede o no existir. Los escenarios de Fernando Vicente nos llevan a ese Madrid que fue y que está dejando de ser, a ese Madrid de colores que todavía no se ha desdibujado a base de turismo, franquicias y especulación.