Nueva literatura en escala de grises

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El género negro empapa y se transforma en algunas novelas recientes de alta calidad literaria que los críticos nunca calificarían de género negro. Pero algo oscuro y luminoso late en ellas.

 

 

 

Texto:  JOSÉ DE MONFORT

 

Un noir (anti)canónico

Más allá de los temas que suelen tocar los melodramas del género noir (la violencia, el cinismo, la corrupción), hay algo que las define, y es la atmósfera (en las obras audiovisuales), que se consigue a través de la fotografía y el ambiente (en literatura), que tiene que ver con un tono de melancolía e intriga. Por ello, decía el crítico de cine Leonard Maltin que, en verdad, el noir, más que otra cosa, “es un estado de ánimo”. Las formas del blanco y negro, los claroscuros y las sombras, el reflejo distorsionado, un cierto tono poético expresionista, el recurso al flashback y la narración en primera persona. Suelen ser un tipo de narraciones que suceden en los límites y sus protagonistas, con frecuencia, están alienados y sufren de una notable amargura existencial. El tono tiene a la ambigüedad moral, el cinismo y un pesimismo latente y, en las manifestaciones artísticas más recientes que bordean el género se puede detectar en ellas un cierto aire postmoderno. De ellas, lo que más me interesa y lo que trataremos de perfilar aquí, es menos su adscripción genérica (ya que, en principio, ninguna de las obras de las que ahora hablaremos se podría considerar canónicamente noir) que un algo que las define mejor: esa “combinación coyuntural de rasgos formales”, de la que habla el profesor de la Universidad de Salamanca José Antonio Pérez Bowie.

Así, no seremos exhaustivos ni minuciosos sino que sencillamente nos mueve la voluntad de evidenciar que hay una serie de rasgos propios del noir que pueden verse en algunas novelas literarias recientes en la forma del fantasma o el espectro, que no es más que, como escribía Patricio Pron en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Random House, 2011) “ser uno mismo hecho otro”. O dicho de otra forma, la vía sentimental por la que un crimen nos convierte en extraños para nosotros mismos. Un crimen que no necesariamente tiene que ser un asesinato, puede ser una venganza, una traición o un hecho natural trágico. Igual que en la estructura de la novela negra, en estas novelas de las que ahora hablaremos se produce una acción (el crimen) y un proceso, que es la investigación de ese crimen. También sirve la escritura de estas novelas para descubrir, como dice Julian Symons, “la violencia que existe bajo la apariencia pacifica y normalizada de las sociedades”. Sin embargo, lo más destacado de ellas es que la investigación del crimen no es lo primordial, sino que sirve apenas de tramoya. Lo importante en ellas es la manera en la que ese crimen ha afectado a la personalidad, conciencia y deseos de los personajes narradores (y los han convertido en errantes sujetos postmodernos que buscan –y anhelan- la verdad, una verdad, alguna verdad).

La fragilidad del fantasma

Quizá el caso más paradigmático de esto de lo que hablamos aquí sea El dolor de los demás (Anagrama, 2018), de Miguel Ángel Hernández. En la Nochebuena de 1995, el mejor amigo del escritor asesinó a su hermana y luego se suicidó. La novela de no ficción le sirve a Miguel Ángel Hernández para investigarse a sí mismo, y le obliga a preguntarse: “¿Soy otra persona? ¿Soy el mismo?”. La diferencia con el noir clásico es que aquí no se escribe para saber, sino más bien para aceptar que hay cosas que no se pueden saber. Aun con todo, se mantiene la estructura típica del relato del género negro: la investigación que sigue a una acción (aunque se realiza más de veinte años después), pero no es en sí misma lo más importante del relato. La investigación tiene que ver con los fantasmas del pasado que, al ser observados, modifican el presente. Y un detalle importante que diferencia a esta novela (y que es un rasgo que comparten todas las novelas de las que vamos a hablar): el cuestionamiento ético que se halla detrás de toda la investigación.

Lo mismo sucede en El cielo según Google (Acantilado, 2018), de Marta Carnicero. Una novela en la que el fantasma toma la forma de aquello que se pierde sin saberlo. De la necesidad de recuperar los recuerdos, para poder avanzar, de eso va la novela. Hay aquí también muchos claroscuros y el conflicto se produce con las palabras, incapaces de revelar los enigmas de una investigación. Palabras no dichas durante muchísimos años que, al borde de la muerte del padre (adoptivo) de la protagonista, emergen terribles y quizá ya innecesarias. Es también una novela sobre el instinto y la familia. El crimen que se produce en este libro lo perpetra la madre de la protagonista quien, para castigar una infidelidad del padre, lo borra de la vida de la hija. El estado de ánimo que gobierna todo el libro, igual que en el noir clásico, es el de un cierto pesimismo, que no hace más que recordar los instantes felices de un pasado que es imposible recuperar. Es, también, en cierto sentido, una novela costumbrista, pues igual que en el noir europeo, halla su anclaje en un contexto cotidiano en el que emerge lo afectivo, lo sentimental y lo doméstico.

La cuestión de la investigación ética es central en La pecera (Demipage, 2015), de Juan Gracia Armendáriz. Una novela que formalmente se presenta al modo en el que lo hacen las películas del cine clásico. El autor introducido igual que se hace con las secuencias de los actores del celuloide, así: “Demipage presenta a Juan Garcia Armendáriz en La pecera”. El fantasma que gobierna la novela es el del “hombre invisible”, metáfora de la sombra del alcoholismo de su protagonista, quien busca en la confrontación y en el dolor un modo de aclararse. La atmósfera de la novela es pura rabia, una “ira muy antigua que parece emerger de la tierra negra”. La amargura existencial es notable y el tono humanista muy común al noir europeo se plasma aquí en una suerte de poética fenomenológica. Dicho de otra manera: la investigación que lleva a cabo el protagonista de la novela es de naturaleza literaria. A través de las palabras se busca desaparecer y es la literatura aquí el espejo distorsionado, un fraude por ser nada más que un narcótico pasajero. Lo que activa la novela, la acción (y el crimen) es la Maldad innata del ser humano, evidenciada a través de la locura (in)gobernable de su protagonista. Esto entronca la novela con la voluntad de la novela negra de ser vehículo para narrar las contradicciones y los traumas de su época: aquí es el infantilismo de nuestra sociedad contra lo que se disparan afilados dardos.

El mal se vuelve ferocidad en La ley de la ferocidad (Malpaso, 2015), de Pablo Ramos. El autor crea un alter ego (Gabriel Reyes)  que se sirve de la experiencia espiritual del autor para crear una (auto)ficción que es una letanía menemista. Ambientada en la Argentina de los años noventa, la novela nos habla de un problema individual (la herencia del padre, que es el crimen con en el que arranca la novela; el padre acaba de fallecer), pero que, a la vez, es un problema sistémico y nacional. El marco temporal de la novela de Pablo Ramos es el de los tres días con dos noches que dura el velorio del padre. La investigación aquí es de orden sentimental. Un intento por descubrir los orígenes del odio, para desactivarlo y transformarlo en amor. En este sentido es muy parecida a la trilogía de novelas de Edward St. Aubyn que ahora se han convertido en serie y que lleva el nombre del alter ego del autor y protagonista de sus novelas: Patrick Melrose. Tanto en la trilogía de St. Aubyn como en la novela de Ramos se produce un largo, visceral y arrebatado viaje al fin de la noche. Ambas producciones están llenas de humor negro y cinismo. Igual que sucede también en La Pecera, en las tres novelas se da un entorno entrópico, provocado por el abuso de las diferentes drogas, hay desdoblamientos y múltiples delirios y los personajes transitan un espacio marginal. En los tres casos, la historia de la investigación que en ellas se produce es una suerte de proceso de pacificación personal que sirve, al mismo tiempo, para hacer las paces con el mundo. Tres personajes pesimistas, angustiados existencialmente, que son capaces –por diferentes vías- de revelar el secreto que los traía presos en su infelicidad y que les sirve para reconectar con el mundo exterior.

Híbridos (post)noir: la novela anti-policial

El espíritu nazi es el espectro que deambula por toda la novela (sin ficción) de Claudia Larraguibel, Sprinters (Salto de página, 2018). Una indagación personal de la autora sobre los hechos acontecidos en Chile en la Colonia Dignidad, un lugar hermético, de espaldas al mundo, fundada en 1961 y cuyo inicial objeto era el de “prestar ayuda a la niñez y juventud necesitadas mediante su educación física y moralmente sana dándoles instrucción moral, escolar, técnica y agrícola a fin de que puedan labrarse una vida digna”. La Colonia Dignidad, “un lugar mítico, al mismo tiempo paradisíaco y a la vez infernal” era una comuna agraria fundada por un exmilitar nazi, Paul Schäfer (a quien todos llamaban “el tío Paul”), que se trajo consigo a un grupo de alemanes que se instalaron a los pies de la cordillera de Los Andes, al sur de Chile. La supuesta comuna se hizo tristemente célebre por haber sido durante el gobierno de Pinochet un centro de detención y tortura. En ella se produjeron innúmeras vejaciones, actos de pederastia y tortura. Los miembros vivían aislados, bajo un régimen autoritario, teniendo un escaso contacto con el exterior. Hombres y mujeres no podían vivir juntos, ningún matrimonio se celebraba sin consentimiento del líder y los hijos eran separados de sus padres al nacer. Cada día tenían que confesarse con el “tío Paul”, quien minuciosamente anotaba todo (papeles que servirían, con el paso de los años, para incriminarle en los juzgados). El libro parte de la intención de Claudia Larraguibel de rodar una película sobre la Colonia (película que nunca se rodará, por falta de presupuesto, pero cuyo guión y storyboard se incluyen en el libro). La investigación arranca cuando la autora va de visita a la Colonia para, además de dar un taller de guión en el pueblo, devolver a Lutgarda (una de las integrantes de la Colonia que todavía vive allí) un chelo por encargo de la hermana de esta, Agnes (fugada de la comuna junto a su marido tiempo atrás), y que había sido una de las personas a las que la autora entrevistó para la preparación de la película. La trama detrás del libro es la de intentar localizar al hijo de Lutgarda y, al mismo tiempo, tratar de averiguar qué pasó realmente en mayo de 1987, cuando el pequeño Hartmut Münch, durante una jornada de caza, muere extrañamente. Al fondo de todo, sin embargo, está una búsqueda por las historias íntimas de los habitantes de la Colonia. Conocer al individuo para así analizar críticamente a toda una sociedad. Entender las motivaciones y los anhelos, saber “cómo piensa y cómo ve el mundo alguien que creció sin televisión, sin periódicos, sin noticias, sin poder caminar por la calle”. Pero, sobre todo, “escuchar cómo los excolonos enfrentaban el proceso de regresar a una sociedad “normal””. Igual que en El dolor de los demás la investigación sirve aquí no tanto para desentrañar el enigma como para poner en marcha toda una serie de mecanismos híbridos que trabajan en pos de una verdad que es más metafísica que concreta. Aquí, a diferencia del noir convencional, la investigación de los crímenes sirve más para entender a las personas que los sufrieron y de qué modo les afectó, que no para conocer las motivaciones de los criminales y la secuencia de los hechos. Es, en este sentido, una novela noir anti-policial.

Un último rasgo que quiero destacar de todas las novelas tratadas aquí es el humanismo típico del noir, y que también tiene un papel importante en la obra del colombiano Juan Cárdenas, aunque entendido como ornato que sirve para explorar los contornos de lo real. Un humanismo, por ello, particular, que se hace evidente a través de la animalización del hombre, de su despertar salvaje. En Ornamento (Periférica, 2015), por ejemplo, la trama es la de un científico que está tratando de crear una droga femenina y experimenta con diferentes mujeres como cobayas, hasta que consigue legalizarla y siembra el caos entre la población, pues suben los precios, se dificulta adquirirla y comienzan a haber motines y refriegas. A partir de cierto momento la novela toma un tono semifantástico y sirve para, desde el humanismo y el lenguaje, hacer una fuerte crítica biopolítica, contra la tiranía de la cultura, toda ella embutida en un ambiente de intriga y de pesadilla onírica. Se repite aquí igualmente ese interés desviado hacia las consecuencias de los crímenes, con lo que la investigación psicotrópica es meramente instrumental. También sucede en una novela anterior de Cárdenas, Zumbido (451 editores, 2010), una novela híbrida de neovanguardia, que mezcla una prosa cinemática con una suerte de anti-parábola. En un entorno parsimonioso, lleno de mugre, a un hombre le es anunciada la muerte de su hermana y se echa a vagar a la noche acompañado de una misteriosa mujer (la femme fatal). Despierta entonces una violencia feroz en el ambiente que le servirá al autor para, a través de la figura del desposeído, realizar una crítica brutal al capitalismo. Los Estratos (Periférica, 2013), también de Juan Cárdenas, puede entenderse como un desbaste de Zumbido. Esté llena de fantasmagorías y de locura, e igual que el noir clásico, queda impregnada de una fructífera ambigüedad moral. Es una novela paradigmática de lo que nos proponíamos expresar en este artículo, pues que ciertos rasgos del noir más canónico pueden verse en una literatura que escapa del género porque se hibrida con muchos otros. Y, en particular, de una diferencia palmaria del noir arquetípico y de este nuevo noir sui generis (al que podemos llamar también noir sentimental), pues que cuando aquí comienza la novela, la tragedia ya ha sucedido. Y la única opción que le queda al protagonista es investigar los detritos de esta, sus funestas consecuencias, para, en sus pesquisas, tratar de encontrar esa verdad (que tiende a ser íntima y privativa) y que es “siempre elegante y sencilla”, como escribe Juan Cárdenas.