Cuando Bioy Casares descubrió a Pedro Mairal

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David Pérez Vega escribe sobre Una noche con Sabrina Love, novela de Pedro Mairal galardonada con el premio Clarín en 1998

 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Creo que fue en 2002 cuando en la biblioteca de Móstoles vi por primera vez, en los estantes reservados a las novedades, Una noche con Sabrina Love de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) publicada en la colección Contraseñas, esa sección de Anagrama más gamberra que Panorama de Narrativas o Narrativas Hispánicas. Tuve la impresión de que nunca había visto un libro escrito originalmente en español en esa colección. Lo leí y me gustó. Fue una de esas narraciones, en apariencia ligeras, que se acaban instalando en el recuerdo del lector. Cuando apareció la película dirigida por Alejandro Agresti en España también fui a verla. Desde entonces he leído todos los libros de Pedro Mairal que han ido apareciendo en España (Una noche con Sabrina Love, Salvatierra, El año del desierto, La uruguaya y Maniobras de evasión) y se ha convertido en uno de mis escritores favoritos de la actualidad. Cuando se publicó Maniobras de evasión en España, se lo solicité a la editorial Libros del Asteroide para poder reseñarlo y, ya que iba a volver a Mairal, me apeteció releer Una noche con Sabrina Love, que también había vuelto a lanzar esta editorial después del éxito de La uruguaya.

El protagonista de Una noche con Sabrina Love es Daniel Montero, un joven huérfano de diecisiete años que vive con su abuela en el pueblo (inventado) de Curuguazú, en la provincia de Entre Ríos. Ha conectado su televisor al cable del vecino y así puede acceder a una gran cantidad de canales, entre ellos los pornográficos. Se ha hecho seguidor del programa de Sabina Love, «la primera porno star argentina». En el programa se sortea pasar una noche con ella en un hotel de la capital. Daniel llamó al teléfono de pago y consiguió su número, que es el que va a salir en el sorteo; así finaliza el primer capítulo.

Me parece significativa la primera escena del libro: un adolescente hace zapping viendo la televisión. Es una imagen moderna para el momento en el que se escribe la novela, una imagen muy noventera, una rapidez en el salto de una narrativa a otra que antecede en unos años a la revolución que supondrá internet. En este sentido, Una noche con Sabrina Love es una narración que sigue la tradición de influencias radiofónicas y heterodoxas de Manuel Puig y deja al lector en el umbral de un nuevo mundo que se puede intuir de forma velada (o imaginativa) en el libro. Es significativo, en este sentido, la escena final de la novela, con su protagonista reflejándose en una pantalla apagada, una pantalla que se va a encender ya en el siglo XXI de los blogs, las redes sociales y los mails.

Daniel ha de recorrer quinientos kilómetros desde la provincia hasta la capital para poder perder la virginidad con la mujer que representa su ideal erótico. La novela está planteada como una aventura, porque además de que Daniel no tiene dinero, su pueblo se encuentra anegado por una inundación. Deberá tomar una balsa y hacer autostop; como una especie de Huckleberry Finn moderno. En el camino se irá encontrando con diversos personajes, pintorescos, pero a la vez muy realistas. El viaje de Daniel, que tiene un trabajo poco estimulante en un frigorífico de pollos en su pueblo, a la gran ciudad será iniciático, un viaje de descubrimiento y paso hacia la vida adulta.

La mirada narrativa de Pedro Mairal es muy visual, muy cinematográfica. En Maniobras de evasión escribía esto sobre su ideal de escritura: «Aunque hay autores que confrontan al lector, y lo hacen bien, yo prefiero ir desplegando las escenas delante de los ojos, a la par del lector, sin obstruir el paisaje, prefiero hacerme a un lado, quedar hombro con hombro, escribir como quien va manejando un camión y lleva al lector de acompañante». Esta premisa explica perfectamente el estilo de Una noche con Sabrina Love, que está escrita en tercera persona, pero con un punto de vista muy apegado al del personaje. El narrador rara vez le hace ver al lector que sabe más que su personaje, aunque esto llega a ocurrir en alguna ocasión, sobre todo cuando Daniel llega a la capital, en la que se encontrará perdido, y se le explica al lector por qué calles o plazas está pasando.

La prosa de la novela es de sencillez aparente, de fluir rápido y frase corta y elegante. En una sola ocasión me ha parecido observar un rastro de Gabriel García Márquez (que desde luego no parece ninguna de las influencias fundamentales de este libro), en una frase, inusualmente larga del primer capítulo, cuando Daniel se regocija por haberse conectado al cable del vecino: «Esa noche, teniendo ya todo enchufado, pasado el estupor de las primeras imágenes del canal para adultos, comprendió que ya no serían las revistas compradas por vergüenza en el quiosco de la terminal, con fotos de mujeres que la imaginación debía tomarse el trabajo de articular, sino que ahora una corriente erótica continua llevaría hasta su cuarto aquellos cuerpos en todas sus posturas y jadeos, y se entregó con felicidad a un onanismo estival que lejos de dejarlo ciego lo hizo ver por vez primera los secretos más recónditos de la existencia» (pág. 7). Aunque en principio el libro parece plantear una historia muy masculina, con esa obsesión por el sexo puro, desprendido del afecto, esa obsesión por la mujer como un objeto de deseo, en realidad plantea un camino de revelación para Daniel hacia el mundo de los afectos (y el mundo de los adultos) una vez superados los rituales de paso.

Daniel se va a ir encontrando en su periplo con distintos modelos de masculinidad: desde el hombre casado, que desea la libertad del soltero, hasta el hombre machista y resentido, que no puede olvidar una relación del pasado. También se encontrará con la opción de la homosexualidad, algo difícil de imaginar para él. Daniel observa a los demás, pero no parece juzgarlos. Lo curioso es que la mayor lección de lo que es una mujer real se la dará la persona que se encuentra bajo el disfraz de Sabrina Love: «¡Qué asquerosos! Después de esas cosas cómo los hombres no nos van a tratar a las mujeres como animales. Ustedes son los animalitos». Para Daniel, la Sabrina Love más real será al final, y éste será uno de los grandes descubrimientos de la novela, la que ve en la pantalla de una televisión y no la de carne y hueso, la que tiene al alcance de la mano.

Si bien La Uruguaya, la última novela de Mairal, está escrita casi dos décadas después de Una noche con Sabrina Love, la primera novela de Mairal, me percato ahora de que tienen bastantes elementos en común: las dos representan un viaje masculino en busca de una idealización de la mujer. De Entre Ríos a Buenos Aires, en el primer caso, y de Buenos Aires a Montevideo, en el segundo. Si en la primera novela el protagonista (Daniel Montero) era un adolescente que quería perder la virginidad con una mujer adulta, un sueño erótico; en la última, el protagonista (Lucas Pereyra) es un cuarentón que quiere revivir la pasión erótica liándose con una mujer más joven que él. Dos momentos de masculinidad en crisis, de masculinidad falta de reafirmación. He leído alguna crítica que acusaba a Mairal de machista, pero en realidad tengo la impresión de que es un autor que refleja con bastante dignidad la fragilidad del hombre y de la masculinidad como construcción social.

Esta edición de Una noche con Sabrina Love está precedida del texto El sobrino de Bioy, que yo acababa de leer en el libro Maniobras de evasión. En este prólogo, un Mairal adulto reflexiona sobre lo que supuso en su vida ganar el premio Clarín de 1998 a sus veintiocho años. Su novela fue elegida entre 800 candidatas por un jurado compuesto nada menos que por Augusto Roa Bastos, Guillermo Roa Bastos y Adolfo Bioy Casares. Este último le dijo en la entrega del premio: «Arranqué a leer tu novela y no la pude largar hasta terminarla».

He disfrutado mucho con esta relectura de Una noche con Sabrina Love. Es una novela de iniciación deliciosa.