Poesía para leer este verano, en la playa o en la montaña

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Como cada verano, las mejores recomendaciones poéticas de la mano de Enrique Villagrasa

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

La poesía que nunca se ha ido regresa, o al menos vuelve esa razón poética de la que hablaba María Zambrano, pues anida esa misma razón en los poemarios que les propongo leer en este verano: días de sol y montaña, también playa. Y es que la poesía es el fundamento del mundo. Así pues, nos encontramos de nuevo con un lenguaje poético que es capaz de bucear en la memoria, en el mar de la realidad, con los útiles del mismo, del lenguaje. Esta realidad y lenguaje que venía necesitando de un planteamiento poético. Hablo de poemarios como Interferencias (La Bella Varsovia) de María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967), donde la profesora y poeta realiza un imbricación de textos acertadamente elegidos, en una experiencia cómplice con la persona lectora o que a ellos, a los poemas se acerque. Hay textos que son verdaderos latigazos para el cerebro. Poemas que harán que la palabra nos alcance. Poemas de Dante, César Vallejo (2), Blas de Otero (3), Quevedo, Shakespeare, Alberti, León Felipe, Lorca (2), Luis Rosales (2), Miguel Hernández (2), Octavio Paz, Kavafis, Neruda, Cristina Rivera Garza, Pizarnik, Dámaso Alonso, Vicente Gerbasi, Néstor Perlongher y Enrique Lihn. La poeta Pérez López acierta y logra en sus imbricaciones, con una fina ironía, esa transustanciación de la realidad que nos rodea, en 25 poemas duros, muy duros. Pero, no dejen de leerlos. ¡Atrévanse!

Esa razón poética que encontramos también en El cielo y la nada (Edhasa-Castalia) de Toni Quero (Sabadell, 1978), que fue XXXII Premio Tiflos de Poesía, con un jurado de gran sindéresis poética: “sobre la cuartilla unos insectos,/ (…)/ sabiendo que/ la eternidad/ se construye/ muy lentamente”. Este es un poeta que calibra muy bien el uso de los espacios y los tiempos en el poema en ese laberinto circular y todo con un acertado lenguaje cinematográfico: poesía plástica, que desde una óptica culta nos enseña la sencillez de la imagen: “La brisa y el eco lejano de las bestias elevan algunos copos,/ el azul metálico del gladio obtura el riego de las yemas”. La poesía con poetas como Toni Quero recupera su equilibrio.

También la poeta Azahara Palomeque (El Sur, 1986) anda por estos derroteros pues nadie descansará en paz tras leer su poemario RIP (Rest in Plastic) (RIL), con prólogo de Alberto López Martín, pues son sus versos latigazos cerebrales, pura conciencia de supervivencia en este mundo de hoy. No deja de ser un curioso viaje al bosque de la noche, con versos que ahondan en el esclarecimiento existencial. Esta es una poeta que atraerá a los y las lectoras de poesía. Son poemas pensados y escritos en el anhelo de y con la complicidad lectora: “Piensen/ que lo que arde por el cielo/ llevaba años calcinando la huella del cadáver”.

Otro poeta que sabe lo que se hace es Víctor Peña Dacosta (Plasencia, 1985), quien con su poemario Obsolescencia programada (RIL), con unas breves pero certeras palabras del también poeta Ben Clark, no dejará a nadie que a él se acerque y lea sus versos indiferente: “Te celebras y cantas a ti mismo,/ emprendedor de tu quiebra”. Poemas con poderosas imágenes, con fina ironía, evocación, sugerencia y ritmo que reflejan y retratan de manera inteligente aquellas y estas generaciones (jóvenes y no tan jóvenes, de toda condición y pelaje) a la que tanto les gusta el me gusta. Un flujo constante de ideas ante la necesidad de dar cuenta del momento con la poesía, de un poeta de ahora. Su mirada es certera, al igual que su memoria y lenguaje. Será este un texto clave del falso modernismo campante. Una primicia mundial: “Tal vez el futuro sea yo”. Peña Dacosta dixit.

Los poemas representan el estado mental de los y las poetas, como la poesía de Pascual Izquierdo (Sotillo de la Ribera, Burgos, 1951) de su libro Historia de este instante (Ars Poetica), donde realiza una pertinente radiografía del momento actual, de su existencia y de su cultura; y del lenguaje con que expresamos todo esto, dado: “el silencio de la inteligencia/ y el crepitar de la barbarie”. Gracias a este poeta y a su escritura donde suena el alegre y gozoso piafar de sus versos: “en un arroyo de ternura que apaga los incendios”.

Por su parte Paola Laskaris (Pavía, Italia) escribe en castellano su Horizonte inerte (El sastre de Apollinaire), con cuatro señeras ilustraciones de Caterina Zaira Laskaris, y destaca ese juego de miradas, memoria, lenguaje: a la par que la evocación, sugerencia y ritmo poemático, dejando claro que: “La poesía tiene el más suave sabor/ de la ausencia."

También y como es verano y la música marca las noches aparece con el mismo nombre que aquella corriente musical de los 90 el libro de poemas de Antonio Javier Fuentes Soria (Azuaga, 1973) Donosti Sound (Sr. Scott), que con toda la ironía del mundo pergeña una realidad existencial de aquellos y estos años, con poemas que retratan “el triste vertedero en el que vives”. Y es que: “La noche/ ha dejado su húmeda huella/ en el asfalto/ y botellas rotas/ y vasos aún llenos,/ a modo de reliquia,/ en los portales”. ¡Ahí es nada! Es un poemario muy visual, como los frutos de la ciudad. De una inmediatez pasmosa, a la vez que lleno de iluminaciones y muy fértiles resonancias: “Debe ser el otoño, impaciente,/ pidiendo explicaciones”.

Por su parte, Carolina Sarmiento (Asturias, 1981) presenta Ikiru (vivir) (Gravitaciones), con preciosas y evocadoras ilustraciones de Carlos Rivaherrera. Es este un breve y sencillo poemario, para llevar en el bolsillo de la chaqueta y leer en cualquier momento, que nos habla de querer, admirar y mimar la vida, la naturaleza. Tiene tintes franciscanos que nos traen buenos recuerdos, a la vez que los ecos japoneses; pero no de la poesía de los sobrevalorados haikús y si de la contemporánea, donde el verso libre permite con mayor amplitud la búsqueda gráfica de y en el poema. Viaje luminoso que intencionalmente, en sus versos, la poeta Carolina plasma los sentimientos, la belleza, la tristeza, la soledad, en y desde muy diversos paisajes: “Por eso ahora,/ abrazado y mecido encuentras la calma.// Esta nana/ tiene el poder de las llamas”.

También son dignos de tener en cuenta los versos de Teresa Domingo Català (Tarragona, 1967) en la segunda edición de Destrucciones (Los Papeles de Brighton), con prólogo de Josep Moya y epílogo de Eduardo Moga. Poemas en prosa para relatar el qué de esa naturaleza de la locura, pues “La furia golpea con saña el umbral de la desesperación”. Los versos de Agustín Calvo Galán (Barcelona, 1968) en Y habré vivido (La Garúa), con prólogo de Eduardo Moga. Poemas de paisajes vitales de ese yo poético sin ataduras: “Insisto:/ Escribo sin acatarme/ al límite de mí”.

La poeta Silvia Rodríguez escribe Padresueño (Tragacanto), con prólogo de Benjamín Prado, donde con su mirada y memoria nos habla de la vida cotidiana, con versos abiertos, sin comas ni puntos, que sea el lector quien ponga los límites, si los hay, parece decirnos: “y en el plato quedan las migas/ de aquel tiempo que nos devora”. Por su parte, Alberto Beceiro (Ferrol, 1982) en Crónicas del último videoclub (Sr. Scott) tiene versos como estos: “nosotros/ ya no podemos recordarnos”. E Isabel Tejada (Lisboa, 1973) en Manual para nadie (Piedra Papel Libros) pregunta y se pregunta: “Dónde huir cuando no hay// Y yo no sé qué decir”. Fermín Herrero (1963) en Nunca será bastante (poemas casi de amor) (La Garúa) presenta una selección de poemas aparecidos en diversos poemarios y trece inéditos que nos hablan de vida amante y amada con bellas imágenes mayúsculas: “En la ribera escucho su cuerpo/ sin palabras. Y cae la tarde,/ horizontal la noche espera”.

Además, Encarnación Pisonero (Villalba de la Loma-Valladolid) con mirada ácida denuncia en su poemario Los niños amargo caramelo (Ars Poetica) la injusticia social, la corrupción generalizada, la destrucción del planeta, la perversión del lenguaje y el olvido del espíritu. ¡Ahí es nada! Cuenta con acertadas palabras sobre ella y su obra de Ilia Galán y C. Hermann Adler. Versos que fustigan al lector sin piedad ninguna: “¿Quién clava la espuela/ para que una nostalgia infinita/ persiga a los infantes?” Recaredo Veredas (Madrid, 1970) en su poemario Esa franja de luz (Bartleby) en breves poemas en prosa o fragmentos marcados por números romanos nos habla de deseo y muerte: “A los hombres que mueren arropados por extraños, con/ la memoria llena de amenazas”. Paloma Fernández Gomá (Madrid) ha escrito el poemario Iris (Ánfora Nova) donde muestra su gran saber y quehacer poético marcado por el ritmo de versos de esta talla: “Estar al lado de la lluvia,/ de los ojos necesitados”.

Poetas como Sergi Gros (Sabadell, 1974) en Historia de la música sobrenatural (La Garúa) juega con pareados blancos en las páginas pares y poemas de verso libre en las impares muy bien hilvanados, donde alcanza su madurez poética, pues son cual tañidos de amor convertidos en el tañido del poema, música del alma que del pasado nos conduce al futuro, viviendo el presente: “Todas las voces/ detrás del fuego”. Sandra Sánchez en el cuaderno Poemas del frío (Heracles y Nosotros) poeta que escribe lo que ve y le es cercano, de ese su ser entre las cosas: “El devenir de nuestros sueños/ que no se cumplirán jamás”.

Y, finalmente una antología de trece poetas madrileñas: Del alma a la boca (Huerga&Fierro) a cargo de la editoras Rosa García Rayego y Marisol Sánchez Gómez, que se agrupan el quehacer demiurgo poético de las madrileñas Carmen Pallarés, María Antonia Ortega, Almudena Guzmán, Cristina Morano, Esther Ramón, Marta Agudo, Julieta Valero, Ana Merino, Esther Muntañola, Marta López Vilar, Sandra Santana, Bárbara Butragueño y Martha Asunción Alonso. Cada una de estas poetas están presentadas por otros tantos escritores y aspez, ﷽﷽﷽﷽﷽ens, Mara, Alberto Garcos, Ada Soriabo, Luintañola, Marta L cosas: "alacanza su madurez ponscisacnos Antonio Javier Fí son respectivamente: Israel Prados, Ada Soriano, Luis Alberto de Cuenca, Alberto García-Teresa, Rosa Benítez Andrés, Jenaro Talens, María Ángeles Pérez López, Josefa Álvarez Valadés, Xosé Bolado, Aurora Luque, Ignacio Vleming, Juan Antonio Marín y Pablo Romero Velasco.

Si es justa y necesaria la lectura de estas 13 poetas también lo es el prólogo y los textos críticos que les preceden. Seguramente ya es hora de reivindicar que en Madrid también nacen poetas, dicen. Un pretexto tan bueno como otro para este florilegio de buena poesía y pasar este caluroso verano entre verso y verso.

Y una última poeta también madrileña, que bien podría figurar en la antología mencionada, Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) quien en su poemario Combustión espontánea (Calambur), acompañado de preciosas e inteligentes palabras -en llamas- de Fernando Beltrán, refleja esa pasión de todo y toda poeta por intentar plasmar esa llama de amor viva. No me cabe duda de que es una relectura y actualización de san Juan de la Cruz, pues como pocos la poeta logra plasmar esa complicidad del sentimiento como aventura interior y exterior: ha poetizado esa fascinante afirmación de vida y esa otra fascinante apuesta por y del arte, de la literatura, en un fresco y nuevo hechizo: “-canción de vuelo y pluma transparente,/ corteza de los besos, sombrero en flor/ y amor,/ un trozo luminoso de esperanza”.