Los oasis y milagros de Jordi Esteva

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Antonio Iturbe habla sobre los viajes del escritor Jordi Esteva

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Jordi Esteva es escritor, cineasta, viajero. Es un perseguidor de lo asombroso que trata de encontrar grietas en la superficie de las cosas que le permitan mirar lo profundo y, en la medida de lo posible, sin hacerse banas ilusiones desde nuestro irrenunciable confort occidental, formar parte de eso. Como mínimo, dejarse hipnotizar. Fascinado por los rituales ancestrales del animismo, resultaba fascinante su viaje a Costa de Marfil para captar de manera delicada, con su aire de europeo educado y un poco tímido, la brutal transformación de una chamán en mujer pantera en su documental Retorno al país de las almas. O su visita a ese lugar de otro planeta que es la Isla de Socotra, sentado alrededor del fuego escuchando antiquísimas historias de yins y seres del más allá en Socotra, la isla de los genios. (con maravillosa edición de la editorial Atalanta).

En Los oasis de Egipto, una de sus estaciones con parada en lo asombroso, publicado en los años 90 en la editorial Lunwerg, se reedita ahora en la editorial RM y nos lleva con él de viaje a unos oasis que ya solo existen en sus fotografías e impresiones. Porque hasta los oasis han cambiado. El barro y la paja ya es cemento.

Me conmueve que para viajar al calor de Egipto y sus mil recovecos para un occidental, aunque sea alguien tan buen conocedor de su cultura que incluso habla árabe, se llevara como compañía y lectura un ejemplar de El Quijote. Jordi Esteva persigue mundos fabulosos que tal vez sólo existen en su cabeza. Explica su sorpresa al encontrarse en Egipto tan cerca del ambiente que relata Cervantes: “mucho de lo que leía lo estaba reviviendo allí. Las tahonas, las almazaras, los hornos de pan, los útiles de campo y de barbería, las forjas humeantes, las tinajas de agua fresca o la actitud pícara de algunos habitantes”. Ya el hormigón, los materiales industriales prefabricados y una idea del confort alejada del ritmo de las estaciones ha hecho que los lugares que nos muestra hayan desaparecido o se hayan transformado en otra cosa.

“Paseé por vergeles frondosos, vi cavar pozos con métodos tradicionales, extraer agua con norias tiradas con bueyes, luchar contra las dunas que invadían un poblado sepultando la mezquita. Me sorprendieron los templos faraónicos semienterrados, las necrópolis romanas, las murallas de las ciudades islámicas. Dormí en pueblos de barro sacados de un cuento, recorrí callejuelas de una textura orgánica a punto de palpitar…” Y sobre en ese mundo de maravillas remotas afirma que le “cautivaron la extrema sencillez y el inmenso valor que se daba a las cosas que en nuestra sociedad de la abundancia despreciamos”. Unos frutos, un té, un cuenco de agua fresca…

A uno le hubiera gustado que dedicara Jordi Esteva a este volumen más páginas escritas porque para un lector ávido sus impresiones son esos cuencos de agua fresca. Pero sus fotografías son el relato, momentos de vida detenidos para nosotros, en conserva. Miradas en blanco y negro con luces y sombras a un mundo de vida sencilla y manual que ha ido quedando sepultado por el desierto de los tiempos. Nos lo recuerda Jordi Esteva y después de mucho girar y mirar, algo sabe del mundo: “un oasis es un milagro”.