La sociedad hedonista de Michel Houellebecq

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David Pérez Vega relee "Las posibilidades de una isla" del escritor francés Michel Houellebecq

 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Bajaba por la cuesta de Moyano, sin intención de comprar nada (como siempre) cuando vi en un puesto un montoncito de libros de Alfaguara. Entre ellos se encontraba La posibilidad de una isla, la única novela de Michel Houellebecq (Reunión, Francia, 1958) que no había leído. El libro costaba 10 € y estaba nuevo. Entonces conté las monedas de un euro que llevaba en la cartera, que resultaron ser justo 10 y que me abultaban en el pantalón desde hacía algunos días. Me dejé llevar por el pensamiento mágico: no podía ser una casualidad que el libro costase 10 € y que justo tuviera 10 monedas de un euro. Lo compré. Y digo que me dejé llevar por el pensamiento mágico porque creía recordar que La posibilidad de una isla lo tienen en la biblioteca de Móstoles y que lo podía sacar de allí en cualquier momento sin necesitad de pagar nada. Sin embargo, el libro entró en mi casa y ha permanecido en mi montaña de libros sin leer durante unos pocos años.

Al fin me decidí a tomar La posibilidad de una isla de mis estanterías y acercarme a ella. Por un lado me parecía recordar que no había leído demasiadas buenas críticas sobre ella y, por otro lado, cuando apareció me extrañó que Houellebecq hubiera pasado de publicar en Anagrama y ahora lo hiciera en Alfaguara. Yo había leído de él en Anagrama Las partículas elementales, Ampliación del campo de batalla y Plataforma. En mi cabeza aparecían dos hipótesis que podían explicar el cambio de editorial: la nueva novela era notablemente peor que las otras y Anagrama, que no se casa con nadie, no había querido publicársela, o bien Houellebecq se había vuelto un autor tan mediático que Alfaguara le hizo una oferta por la traducción de su nueva novela con la que Anagrama no puedo competir. Después de leer La posibilidad de una isla me inclino por la segunda hipótesis. Sin embargo, después de este cambio a Alfaguara, Houellebecq ha vuelto a publicar sus dos últimas novelas con Anagrama.

Houllebecq había publicado, hasta el momento en el que me acerqué a ésta, siete novelas y ésta era la única que me quedaba sin leer. El protagonista principal de La posibilidad de una isla es Daniel, que le será presentado al lector a los diecisiete años, justo cuando se va a subir por primera vez a un escenario en un hotel de la playa para ejecutar un número cómico, que iniciará su exitosa carrera como humorista satírico. «Yo era un agudo observador de la realidad contemporánea.», apunta Daniel sobre sí mismo, parafraseando a los críticos de sus espectáculos. Como suele ocurrir en todas sus novelas, el protagonista de los libros de Houellebecq suele ser un álter ego de él mismo. Cuando en 2005, Houllebecq publica La posibilidad de una isla ya ha conocido el éxito literario y los protagonistas de sus novelas se convierten en personas de gran éxito económico, lo que las hace vivir un tanto apartadas del resto de la sociedad. Daniel declara que casi no tiene ningún amigo, siempre piensa que la gente se le acerca para aprovecharse de su dinero.

En la página 27 leemos: «Ahora me resulta casi imposible recordar por qué me casé con mi primera mujer (…). Probablemente vivimos juntos dos o tres años; cuando se quedó embarazada, me largué enseguida. (…) El día del suicidio de mi hijo me hice unos huevos con tomate. (…) Nunca quise a ese niño: era tan idiota como su madre y tan malo como su padre. Su desaparición estaba lejos de ser una catástrofe; podemos apañárnoslas sin seres humanos como él.» Es por párrafos como éste por lo que un porcentaje alto de los lectores dicen que no aguantan a los cínicos y descarnados narradores de Houellebecq. Diría que Houellebecq no gusta a los lectores que necesitan sentirse identificados en todo momento con la voz narrativa de la novela que leen. Houellebecq es un cínico y un provocador, que no pretende complacer al lector sino zarandearlo, hacer que sus convicciones tiemblen, que se pregunte por sus deseos más hondos.

En La posibilidad de una isla, Daniel nos va a hablar de su relación con dos mujeres. La primera será Isabelle, de su edad, y redactora jefa en Lolita, una revista de tendencias para jovencitas cuyo público objetivo empieza a ser, en realidad, el de mujeres de más edad. La segunda será Esther, una actriz española, veinticinco años más joven que él; la conocerá cuando ella tenga veintidós años y él cuarenta y siete.

Con Isabelle, Daniel empezará a tener cada vez menos relaciones sexuales según pasa el tiempo y ella se acerca a sus cuarenta años, edad en la que parece abandonarse y aceptar una decadencia sin retorno. Ya no se sentirá segura, ni tan siquiera, para dirigir la revista Lolita, porque en ese ambiente laboral la competición profesional pasa, en gran parte, por la belleza y la juventud propias. Por su parte Daniel cada vez se siente más mayor y desapegado de sus espectáculos cómicos, tomando la decisión de jubilarse a sus cuarenta y siete años, periodo de su vida que coincide con el comienzo de su relación con Esther, una joven que –literalmente– va a volver loco de amor y deseo a nuestro cínico.

Como es habitual, en esta novela se pueden rastrear las relaciones que guarda su protagonista, Daniel, con su autor: ambos encumbrados por una sociedad, que consideran decadente, gracias a sus ideas cínicas (las de uno expresadas mediante sus espectáculos cómicos y las del otro mediante la literatura); ambos han sido acusado de racistas e islamófobos por sus palabras y ambos (posiblemente) están obsesionados con el suicidio y el sexo, la pulsión de muerte y la de vida, el Eros y el Tánatos.

Houellebecq no suele destacar por sus tramas (aunque a mí me parece que la de El mapa y el territorio está muy bien planteada) ni por la creación de personajes (sobre todo femeninos), ni por un gran lenguaje metafórico y literario; y de estos tres problemas se puede acusar a La posibilidad de una isla. Y si no destaca por sus tramas, ni por la creación de personajes, ni por el lenguaje literario, ¿por qué Houellebecq se ha convertido en un autor tan leído, seguido y polémico? La fuerza de las propuestas de Houellebecq está en la potencia de sus ideas, en sus intuiciones fulminantes de la decadencia de nuestra sociedad. «Cuando se me califica de sociólogo, se hace como crítica a mi arte narrativo, pero yo lo recibo como un cumplido. La literatura sin ideas, el estilo como arte puro, no es lo mío. Los partidarios de una literatura purista, bella, son prestidigitadores que no tienen nada verdadero que decir.», leo en una entrevista que Romain Leick le hace a Houellebecq.

En La posibilidad de una isla Houellebecq nos habla de una sociedad hedonista que ha encumbrado a la juventud por encima de todo. «Juventud, belleza, fuerza; los criterios del amor físico son exactamente los mismos que los del nazismo.» (pág. 67); «Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resultara cada vez más difícil: ése era el principio único en el que se basaba la sociedad occidental.» (pág. 76); «La vida sexual del hombre se divide en dos fases: la primera, en la que eyacula demasiado pronto, y la segunda, en la que ya no se le pone dura.» (pág. 184); «La belleza física desempeña exactamente el mismo papel que la nobleza de sangre en el Antiguo Régimen, y la breve conciencia que estas chicas guapísimas pueden tener en la adolescencia del origen meramente accidental de su rango pronto cede el paso a una sensación de superioridad innata, natural, instintiva, que las sitúa lejos y por encima del resto de la humanidad.» (pág. 197) Además de hablar sobre la fuerza de la juventud –encarnada en el cuerpo de Esther–, también nos informa Houellebecq de los ancianos que mueren abandonados en Francia durante las olas de calor de todos los veranos y del incremento del número de suicidios a partir de los cincuenta años. En La posibilidad de una isla, Houllebeq recicla algunos temas narrativos de su novela Lanzarote, que para mí es (con diferencia) su novela más floja. En La posibilidad de una isla, Daniel entra en contacto con la secta de los elohimitas que creen en la vida eterna a través de la clonación de los cuerpos. Quizás las páginas en la que se habla de esta secta sean las menos creíbles del libro, pero gracias a ellas Houellebecq alcanza una vía narrativa interesante.

Es cierto que Houellebecq es un escritor de ideas potentes sobre la decadencia de Occidente y que éstas se repiten de un libro a otro, con ligeras variantes. En sus novelas, después de analizar los problemas del presente, los últimos capítulos trasladan la ficción hacia el futuro y se establece una especulación con una posible evolución del ser humano. Esto ocurría, por ejemplo, en Las partículas elementales y en El mapa y el territorio. En La posibilidad de una isla se da una variante: desde el principio el lector se acerca a los capítulos de la narración de Daniel –llamado, en realidad, Daniel1–, que se encuentran intercalados con los de Daniel24 y Daniel 25, que son clones de Daniel y que comentan la narración de Daniel1 desde una distancia de 2000 años. Esto hace que la estructura de La posibilidad de una isla sea una de las más complejas en las novelas de Houellebecq.

Como me suele ocurrir con Houellebeq, pronto he sucumbido al leer La posibilidad de una isla a la fuerza de su voz narrativa (aunque en realidad, en este caso, había tres voces narrativas). Lo cierto es que tengo la sensación de que las voces narrativas de los libros de Houellebecq son siempre la misma –siempre habla él mismo–, pero su discurso es tan potente y reconocible que me arrastra por la página y siempre quiero seguir leyendo. Los personajes de Houellebecq (posibles trasuntos de sí mismo), tras sus palabras cínicas y nihilistas, muestran tanto desencanto y soledad que acaban inspirándome compasión y ternura. Su deseo de sexo (Eros) es lo único que parece hacerles que se aferren a la vida y venzan su pulsión de muerte (Tánatos).

Pensaba que La posibilidad de una isla me iba a defraudar, pero no ha sido así. Sin haberse convertido en mi libro favorito de Houllebecq, me parece una novela en perfecta consonancia con su obra (como ya he apuntado, sólo Lanzarote me parece claramente inferior). Ya he leído todas las novelas de Houellebecq y en cuanto publique la próxima sé que me apresuraré a leerla. No se me ocurre un elogio mayor para un autor.