Solipsismo trumpiano de Peter Handke

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Una lectura en profundidad de la obra del gran escritor Peter Handke

 

 

 

 

Texto: JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA

 

Las (no tan) nuevas tecnologías nos han convertido en ese personaje oprimido por una autoridad vigilante a la que no oponemos resistencia. No sabemos muy bien qué hacer: analizamos la realidad en busca de contenido, la retransmitimos mediante el desmantelamiento de la identidad, a base de hacer y deshacer perfiles en Facebook. Hemos perdido la habilidad de conjurar nuestra historia personal en la imaginación y los sentidos de los demás, a través de la palabra hablada y su conexión humana. Nos defendemos del fracaso mediante la autoestima virtual; a la búsqueda del éxito oponemos el autocontrol. Hemos olvidado la costumbre de estar presentes para escuchar de viva voz el relato, contado de manera sencilla, sin accesorios, disfraces, efectos o artificios.

            Vivimos en la continua tensión de una anticipación derivada de saber que el significado está ahí, esperando a ser puesto en un idioma que podamos entender. Los detalles de la cotidianeidad digital, mientras tanto, nos distraen del caos. Internet lo sabe, nosotros también; aun así, disfrutamos encerrados en la cámara claustrofóbica de la inmediatez. Lo aparentemente banal nos ayuda a cambiar de enfoque para iluminar proyectos ligados a inquietudes de estilo. La obra de Peter Handke (Griffen, Carintia, 1942) es la encarnación aplastante de nuestra era neonarcisista: no solo es impenitente, sino vengativa. No proporciona certezas, sino un contexto privilegiado para las preguntas. Se abre a lo que huye, contempla cuanto inscribe en su aislamiento ilustrado. Anota pensamientos, sin preocuparse por las exigencias de lo urgente, mientras contabiliza lo intemporal.

Sonámbula seriedad

Autorreferenciales, determinadas lecturas limitan su propia e interesada interpretación: “Sabía lo que era estar perdido, quería ser responsable y estaba penetrado por el afán de buscar formas, diferenciarlas y describirlas, más allá del paisaje” (“Formas…”). En algunas narraciones, el orden aleatorio de los términos es incompatible con lo convencional: “El lugar, como cualquier otro lugar, era un país extranjero donde ya no había necesidad de huir ni de volver a casa (…) era posible el aislamiento personal sin tener que someterse a las costumbres” (“Formas…”). En contra de una prosopopeya no ligada a lo grave, la atemporal colección de fragmentos recupera el deleite de la apreciación incondicional. Entre aspiraciones frustradas y sociales distensiones, egoístas conformidades deflactan las pretensiones del esnob como crítico, a través de la ironía. 

Disfrutamos de las ideas en imágenes evocadas aparentemente de la nada, o al menos de ese material cotidiano en el que la mayoría de nosotros nunca pensamos. En el curso de la disquisición aleatoria, la voluntad de mantener las palabras con vida. En la obra de Handke la modestia nunca es afectación: “La idea primera de Sorger había sido ésta: describir las formas del campo de (su) infancia; dibujar planos de “puntos interesantes” que fueran completamente distintos; levantar secciones transversales y longitudinales de todos los campos de la infancia que habían sido para él un signo” (“Prohibición…”). Sin necesidad de corrección, firme en su sentido del ser, el deseo sirve a la realidad que se intenta describir. En la novela Lento regreso (1979) se decodifica lo imborrable a través de las gemelas demandas de negación y necesidad, territorio en que el testimonio del guionista y director de cine austríaco despliega sus estrategias para escapar a lo sublime.

El exceso de autoconciencia es, además del mal de nuestro milenio, que despliega en el tema recurrente de una escritura egocéntrica. A través de las impresiones y los argumentos, menos involucrados con el significado que con la representación, los párrafos suponen provocadores intentos de esbozar una tradición alternativa: “[Valentin Sorger] llevaba a cabo sus actividades con la cerrada sonámbula seriedad de un lego; apartado de todos, sin compartir su tiempo con nadie, se sentía a veces rodeado de una belleza mágica” (“Prohibición…”). Frente a la condición transformadora a la que el autor de La mujer zurda (1981) aspira, pensamientos inocentes pero no absurdos, observaciones admiradoras de lo intrascendente. Clarividente frente a lo que permanece oculto, el héroe asiste a los acontecimientos, va y viene, hasta perderse en multitudes.

Cronista de lo ordinario, Handke esboza patrones, cataloga instintos, observa y anota lo que encuentra a su paso, lo envuelve en redes de significado, lo proyecta en su autoabsorción: “El regreso no sólo a un país, no sólo a una determinada región, sino a la casa donde nací; y, sin embargo, quería estar cada vez más lejos, en el extranjero, con unas cuantas personas en torno a mí, pero que no estuvieran demasiado cerca” (“Prohibición…”). Entre notas al pie de una mitología, en apéndices de lo extraordinario, encuentros marginales en sitios que son al mismo tiempo prisión y huida. Consecuencia de una realidad solo en su memoria, la lírica búsqueda de una interior Tierra de Nadie. En Lento regreso, el personaje es la geografía a través de la cual el sentido se disipa hasta armar el manuscrito.

La narración es el resumen enciclopédico de cosas y conceptos. Los pensamientos del emigrado informan una hilaridad que evoca desolaciones de súbita simplicidad, “el vacío de una zona de muerte que envolvía toda la tierra y que lo debilitaba y de repente lo hacía retroceder hacia sí mismo tambaleándose” (“Ley…”). Cuarenta años después de haber sido concebido, el resultado sigue remontando a través de sus manifestaciones, se adapta a los propósitos de su propia discusión: “No deseaba trasladarse a ningún otro tiempo, pero lo que en este momento estaba alcanzando y delimitando el mundo, incluso con la pasión más pura y más ferviente, seguía siendo a pesar de todo demasiado poco” (“Ley…”). Captura el erudito del Ensayo sobre el cansancio (1990) la incipiente desesperación de su febril compuesto de éxtasis y frustración, se involucra en su creación, mientras analiza las dinámicas históricas a través de las obsesiones intelectuales, lo abstruso en compañía de fantasmas, lugares y protagonistas de una búsqueda en libros que ahonda en la inquietud de haber ascendido al limbo.    

 

Tranquila insolencia

Se requiere entrar en un estado narcótico profundo antes de ceder a la hipnotizante sobrecarga sensorial. Es necesario mantenerse a raya, no llegar a tocar el etéreo material. Memorial inventado, aventura de lo subjetivo, en esta escritura lo real adolece de espacios de maniobra: “Veo ante mí a un narrador que llora y a otro que ríe: el uno, al margen; el otro, en el centro, afirmando su derecho” (I). Todo lo supervisa el prejuicio. Tal vez por ello, el atractivo de un opúsculo como La repetición (1991) radica en lo que no sucede, en las libertades que se toma el interlocutor para (no) contar la historia. El artefacto insiste en el ruido y la furia de la perorata. Se reiteran los engendros de la duermevela, se incurre en el reportaje fingido, en la crónica de lo plausible, donde “las constelaciones que hacía un momento se podían leer, una por una, eran ahora un centelleo ilegible” (I).

Sin rumbo y autoindulgente, la diatriba se convierte en la deriva absorbente de un ser disfuncional que, a veces cómica, a veces trágicamente, no puede ver más allá de sí. En la narrativa de Handke el mundo se vislumbra incidental, abrumado por la ferocidad de sus propios argumentos. El control se logra mediante una proximidad condicionada por su pérdida, entre “ventanas ciegas que se repetían, daba igual a dónde, como los objetos de mi investigación, los compañeros de viaje, los guías” (I). Las improvisaciones aleatorias del prosista de La ausencia (1993) adquieren el peso de relatos por derecho propio, donde una multiplicidad lateral da paso a una narrativa unidireccional sin nada que mostrar, salvo la realidad (aparente). La inmersión sostenida, furiosamente reiterada, recalibra las nociones de lo que parece una transcripción fiel, entre calidades de ensueño.

Las percepciones particulares son el producto de un debate interiorizado en el que el mundo termina siendo una proyección de nuestra inquietud. De forma compulsiva, se nos muestra una idea y su rechazo. Se privilegia una distancia clínica. Se adopta un tono pseudo-factual que culmina en registros falibles. Polígrafo que no detecta mentiras, sino verdades, La repetición nos conduce a un lugar imposible de verificar, a partir del cual “continuar el camino (…) descifrar, seguir leyendo, grabar en la memoria, tomar notas en silencio” (II). En formaciones deformadas, cúmulos de significado, enfrentados a un celestial pandemónium inexpresivo. La incertidumbre mesmérica replica a escala épica nuestra inquietud, con efectos secundarios, réplica de una reorganización sísmica. No sabemos qué sucede, incluso si nos sucede, se nos obliga a “estar balbuciendo sílabas sin parar, sílabas de las que no sale ninguna frase utilizable, atenazado[s] hasta la muerte por una narración que se ha convertido en un monstruo” (II).

En mitad de un ególatra desconsuelo, luchamos por ver el mundo con ojos nuevos, flotando entre lo banal, tropezando con los deberes y las descripciones superfluas. Indiferente a la trama, enhebra el pensador del Ensayo sobre el lugar silencioso (2015) su recuento sin argumento, ficción pura, en diversos grados de superstición, a base de “los últimos restos, los residuos, los fragmentos de algo que se había perdido irremisiblemente, que ya no se podía recomponer y cuyo brillo provenía únicamente de la fantasía de su pueril descubridor” (III). Las anécdotas se desvían en ángulos agudos contra la corrección política, hasta urdir una parodia donde lector y creador se encuentran “inmóviles uno frente al otro, inalcanzables, inabordables, unidos en la tristeza, la serenidad, la despreocupación y el abandono” (III). Concluida la lectura, la expresión se convierte en una impresión que, a su vez, se torna trampantojo: el de alguien que escribe sobre no haber escrito, el autor (o no) del libro que has leído.

Las revoluciones se desencadenan a expensas de las formas establecidas. Traicionar la tradición revitaliza el impulso de retroceder. Confiar en el narrador, en definitiva, es lo único que nos queda, asumir el diagnóstico incompatible con la interpretación del misterio: “Encontraba mi paso”, concluye, “avanzaba balanceándome sobre los pies, sintiendo rodar sobre el suelo la sucesión de talones, plantas y dedos (…) un sentimiento de tranquila insolencia que – lo experimenté luego en la repetición – es lo que antaño caracterizaba mi infancia” (II). La rebelión subyacente redime la imaginación devastada por el horror. En manos del Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alcalá, la novela no ha muerto (ni siquiera agoniza). Se debate en las arenas movedizas de la autoficción. Renuente en términos de configuración, emerge a modo de examen forense, de cirujano pavonearse entre estribillos, de ortopédico reproducir las atenciones de un dolor cósmicamente lúcido.

 

Inquietud obsesionada consigo misma

Las novelas son el espejo de nuestras propias neurosis. La crónica de una rebelión que fracasa, a cargo de un rebelde obligado a hacer concesiones. Nos hemos convertido en ese narrador que se mueve en círculos para llegar a ninguna parte, una forma de arte antigua, quizás la más antigua, que no necesita de tecnologías y es accesible a todos. Contar historias es un intento de dar sentido al mundo. El compromiso del escritor con su trabajo es la compensación psíquica por las insuficiencias y los resentimientos de vivir desconectado. Presencia silenciosa en los márgenes, referida en ausencia, la velocidad de escritura se suma a la mística que amuralla al proyecto, proporcional a la ansiedad del lector que espera el significado.

            Víctima de una inquietud obsesionada consigo misma, la narrativa de Handke, reeditada por Alianza, en traducción de Eustaquio Barjau, (la implacabilidad con la que repasa los acontecimientos, una y otra vez, su transgresión abrumadora) expone miedos viscerales. Se ajusta como un guante a estos tiempos de solipsismo trumpiano: ofrece una selección predefinida de estados emocionales entre los que elegir. Podemos retransmitir nuestras respuestas emocionales en red. A pesar de sí misma, permite que florezcan las abstracciones: monótona, intenta preservar su universalidad mientras da dado paso a una leve irritación doméstica, en el fondo, un ejercicio de teleología: un viaje inverso que comienza con los logros y funciona al revés, en un intento de establecer lo que aún no ha sucedido.